Autor: Azaola, José Miguel de. 
   Réplica lamentable     
 
 El País.    10/01/1979.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TRIBUNA LIBRE

Réplica lamentable

JOSÉ MIGUEL DE AZAOLA

El haber provocado la intervención televisada y radiada del ministro Martín Villa en la noche del 3 al 4 de enero ha sido uno de los tantos de más entidad que el terrorismo se ha apuntado en los últimos meses. Difícilmente podría haber suscitado, frente a sus crímenes, una réplica lamentable.

Lamentable —y esto es lo de menos— por su forma: monotonía y premiosidad en el tono, falta de trabazón en las frases, incorrecciones gramaticales, evidente improvisación, pese al tiempo que tuvo para prepararse..., lamentable —y esto es lo peor—, por su fondo. La mayor parte de aquellos interminables veintidós o veintitrés minutos, se la pasó el ´ministro ofreciendo excusas inconsistentes; como si se las estuvieran exigiendo, y no acabase de encontrar la manera de darlas. Anunció luego, siempre como disculpándose, que el Gobierno no va a suspender las garantías constitucionales. Y declaró dos cosas (que, por cierto, teníamos ya muy oídas): que no se darán nuevas amnistías y que el Gobierno no negocia, ni piensa negociar, con ETA. Soltó después unas cuantas verdades que, dichas en otra forma y en otro contexto, habrían dado probablemente sensación de energía y de clara y firme voluntad política; pero que dieron más que nada, sensación de rabia impotente, quedando aplastadas y como neutralizadas y desdibujadas, bajo el peso plúmbeo de la primera parte de su peroración. Acabó con un ataque apenas velado a la Consejería del Interior del Consejo General Vasco: ataque no falto de razón, pero que, al parecer, de simplista, incurrió en el mismo abuso que denunciaba; pues las violaciones de los derechos del hombre por obra del terrorismo etarra no deben ser pretexto para ignorar las que comentan (aunque sean menos graves y menos frecuentes) los encargados de proteger esos derechos.

Su intervención fue la de un gobernante gastado, acorralado, con el agua al cuello, desbordado por los acontecimientos; la de un hombre políticamente decrépito que emplea sus restos de energía en aferrarse al poder.

Eso de que, si no acabamos con ETA, será

ETA quien acabe con nosotros, ¿cómo hay que entenderlo? Hace 45 años, otro ministro —Indalecio Prieto— dijo que, si la República no acababa con Juan March, éste acabaría con la República. ¿No serán estas palabras de Martin Villa, la expresión poco afortunada de una intuición clarividente? Porque March no acabó, él sólo, con la República; ni puede ETA acabar, ella sola, con la democracia española; pero puede —y no se priva de ello— provocar, hostigar y exasperar a quienes pueden acabar con nuestra democracia, hasta lograr que se decidan a hacerlo. Acabar con ETA no es nada fácil, y me atrevo a decir que no será Martín Villa quien lo consiga. Pero hay que demostrar —y demostrarlo cuánto antes, fehacientemente— que acabar con la democracia española es todavía mucho más difícil. Para que se entere ETA y para que se enteren todos aquellos a quienes ETA provoca, hostiga y exaspera. Bien temerario será quien afirme que el ministro Martín Villa es el hombre capaz de hacer esa demostración. A la vista de sus obras y de sus palabras, es bastante más lógico afirmar que, si el ministro Martín Villa conserva su puesto durante mucho tiempo, podrá acabar con la democracia española cualquiera que se lo proponga en serio.

Si alguien exigió al ministro que hablase —o si fue él mismo quien quiso hablar— al país entero para restablecer la confianza, la serenidad y la sensación de seguridad en el ánimo de los ciudadanos, el tiro le ha salido por la culata. Sus palabras han dado la sensación de que España no está gobernada. Y cuando un país tiene esa sensación, no puede tener confianza ni serenidad, ni sentirse seguro.

Hoy más que nunca, hace falta un Gobierno de ancha base democrática, libre de cualquier resabio de un pasado que debe estar superado definitivamente; un Gobierno seguro de sí mismo, dispuesto a gobernar y capaz de hacerlo con la energía y la eficacia que sólo un amplísimo respaldo popular puede proporcionarle. Hay que acabar, cuanto antes, con el desgobierno actual, para que no sea el desgobierno el que, quizá rriuy pronto, precipite una crisis que muy bien podría acabar con nuestra democracia.

 

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