Autor: Galán, Lola. 
 La vida cotidiana en el País Vasco/1. 
 "El impuesto revolucionario es una segunda Hacienda", afirman algunos empresarios     
 
 El País.    11/01/1979.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

EL PAÍS, domingo 11 de febrero de 1979

REGIONES

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La vida cotidiana en el País Vasco /1

Dominando la playa bilbaína de Ereaga, un monolito novísimo, casi reluciente, recuerda a los caídos en la guerra civil. Este y otros muchos iguales volaron por los aires en su día en los primeros atentados incruentos que detectaron la presencia de ETA, entre 1956 y 1958, en el País Vasco. Desde entonces todo ha crecido y ha cambiado espectacularmente en este territorio, que ha pasado de ser las provincias vascongadas de los años franquistas, para convertirse en un Euskadi discutido y discutible. Veinte años de historia se han visto coronados por una escalada de violencia sin precedentes en otras zonas del Estado español, que ha coincidido, además, con el proceso democrático y con un incipiente reconocimiento de las autonomías regionales de España. El País Vasco atraviesa una profunda crisis económica, agravada por una situación de inestabilidad política, violencia e incomprensiones, que correr el riesgo de hacer insoluble un problema de autodeterminación particularmente espinoso. El impuesto revolucionario es una segunda Hacienda, afirman muchos empresarios.

Muchos son los factores que intervienen en esta situación social, que ha sido calificada por el propio Consejo General Vasco, en términos de «gran deterioro de la convivencia social» en las Jornadas de Reflexión sobre la Violencia en Euskadi, celebradas hace dos semanas. Lola Galán ha recorrido el País Vasco para trazar, a lo largo de tres capítulos, esta imagen compleja que ofrece hoy.

"El impuesto revolucionario es una segunda Hacienda", afirman algunos empresarios

La carretera de Neguri, barrio residencial de la oligarquía vasca centralista, ostenta desde hace tiempo una doble y compleja señalización. Los carteles de Guecho y de Bilbao, rectificados en rojo violento, advierten que las cosas han cambiado.

Y si, han cambiado, aunque menos de lo que la mayoría de la gente desearía. La playa de Ereaga, sucia en la bruma de febrero, descubre un paisaje de chimeneas industriales. Santurce y Portugalete cierran las perspectivas inmediatas en la interminable línea industrial del Gran Bilbao. Los planes del superpuerto y el desarrollo desmesurado de la industria que puebla el Nervión han acabado con un grato lugar de residencia para los magnates vizcaínos.

La carretera que sigue hasta la lujosa zona de El Golf descubre a un lado y otro imágenes de villas en ruinas. Unas, de estilo francés, completamente deterioradas, jardines llenos de maleza, verjas rotas. Otras, cerradas a cal y canto, con los muros descascarillados, oxidados los balcones. Los años dorados de Neguri se han ido. Las grandes mansiones se han visto sustituidas, en muchos casos, por casas confortables de tres pisos y un jardín común, o chalets funcionales, pero nadie construye ya palacios como el que edificaron los Lezama-Leguizamón dominando la playa, y que hoy es una de las pocas muestras vivas de la fastuosidad pasada. Terrazas interminables un poco a la inglesa, donde ya no se dan más fiestas, ruinas espléndidas de una grandeza que nunca se sintió particularmente vasca.

£1 éxodo millonario

Los secuestros de grandes industriales, muchas veces terminados trágicamente, como en el caso de Ibarra, el «bunker de Neguri», han tenido también una influencia nada desdeñable en esta especie de éxodo silencioso de millonarios. Algunos, como Pedro Careaga Basabe, conde de Cadagua, presidente honorario del Banco de Vizcaya, presidente de Iberduero, anteriormente ligado a Altos Hornos, han trasladado su residencia a Madrid, aunque sigue abierta la casa de Neguri; otros, como Orbea, se han marchado a Alicante.

«Yo podría decirle que otros están en Marbella, pero la cosa no es para tanto, son diez o doce los que se han ido, y tampoco les necesitamos en Euskadi.» Luis Olarra, uno de los doce grandes del acero, fuma puros en la sobremesa triunfal de su presentación como candidato al Senado por la Unión Foral del País Vasco —nombre que toma Coalición

Democrática en Euskadi—. Se han marchado ya los últimos periodistas, y el locutor de Radio Nacional que hablaba de «horas trágicas para el País Vasco», «momentos de crisis y de dolor», ha cerrado el micrófono.

Luis Olarra, emprendedor en medio de las crisis y los momentos de incertidumbre, no ha dudado.en tachar de traidores y cobardes a los empresarios que han dejado Vizcaya. Contra las amenazas siempre habrá soluciones, y piensa en los fornidos guardaespaldas y en el impuesto revolucionario que algunas lenguas dicen que paga religiosamente. El, que se llevó bien con el franquismo, augura para Euskadi tiempos de paz siempre que se depositen con rapidez los destinos del país en el Partido Nacionalista Vasco.

Cuando se le pregunta a Luis Olarra Ugartemendía, nacido hace 46 años, en Tolosa, si el capital vasco se va, si es cierto que en Valladolid, en Logroño y hasta en Jaén se siente cada vez con más intensidad la pujanza de los largos apellidos llenos de erres y vocales, la respuesta es evasiva. «Hay una parte de verdad en todo . eso. Es cierto que la violencia está creando una tensión grave en Guipúzcoa, pero en Vizcaya o en Álava no se ha dejado sentir mucho. Son cosas que se magnifican y se agrandan. Lo que realmente crea angustia, desazón e incertidumbre hacia el futuro es la profunda crisis económica que vivimos. Tenga usted en cuenta que precisamente esta crisis está afectando al tipo de empresas que se encuentran en el País Vasco, donde en un área de quince kilómetros tenemos fábricas enormes, como Altos Hornos, Babcock Wilcox, Astilleros, etcétera, un tipo de industria que se ha visto muy afectada por la crisis de la energía. Luego, la violencia y, sobre todo, la indefinición del clima político han contribuido a dificultar la inversión, qué duda cabe, en esta zona. De todas formas, tanto Neguri como Las Arenas están en decadencia desde hace ya, por lo menos, seis. años. Se han terminado los tiempos de las grandes mansiones, los hijos de quienes las construyeron tienen otra mentalidad.»

Y, sin embargo, se siguen produciendo secuestros en Euskadi, algunos, como el del director de la fábrica de Cementos Portland, en la localidad navarra de Olazagutia, terminaron bien, con la huida del rehén, otros un poco peor, como en el caso del director de la Michelín de Lasarte, que recibió un tiro en la pierna antes de ser puesto en libertad. Secuestros y amenazas que han provocado algunas deserciones entre la gran oligarquía y los funcionarios del Estado.

Unas veces, las razones son estrictamente políticas, otras son los problemas financieros. «La industria guipuzcoana no se ha visto afectada por la violencia, sino por la crisis general», opinan algunos técnicos de Adegui, la patronal democrática que engloba a casi 1.100 empresas medianas y pequeñas de toda Guipúzcoa. Y de hacer caso a algunas encuestas elaboradas por esta asociación, este factor ni siquiera aparece entre las causas que impiden la inversión económica. «La debilidad de la demanda», «las dificultades financieras», «otras causas no especificadas» y «los conflictos laborales» son las razones que se aducen para justificar la crisis de una industria floreciente hasta hace muy poco y que, contrariamente a la vizcaína, se autofinancia en un 90 %.

Ni siquiera en la zona del Goyerri, el «Ulster vasco», cuna de etarras, la industria parece acusar el impacto de la violencia. «Se paga el impuesto revolucionario lo mismo que se paga anualmente a Hacienda», comenta la gente, y al contrario que en Vizcaya, los empresarios no se marchan.

El humo ciega Neguri

Las villas con jardines enormes, que no previeron nunca la amenazante proximidad de la industria, se abandonan, igual que los proyectos de expansión frenados, en primer lugar, por una situación de saturación física.

Las chimeneas que asfixian la margen izquierda han saltado la ría infiltrándose en la zona residencial de la derecha. «La ferocidad del capitalismo vasco, que ha actuado sin la menor planificación, es difícil de encontrar en otra parte», afirma Jesús Omeñaca, metido de lleno en impugnaciones urbanísticas, denuncias y demás avalares del movimiento ciudadano. La soledad de Neguri se explica también en esta dinámica: «Cuando piensas que han construido las fábricas incluso en madre de la ría, lo que provoca constantes inundaciones sin remedio, y ves que ya no hay espacio por ninguna parte, porque la zona de expansión de Bilbao que era Sondica está taponada por el aeropuerto, comprendes que tengan que invertir fuera.»

Por eso se han levantado bien lejos las ciudades residenciales de Castronovo, y los empresarios se van a Guernica. Otros, los grandes, que pasaron siempre largas temporadas en Madrid, como los Lequerica, o los Oriol, ni siquiera han tenido que cambiar de residencia.

Mientras las empresas guipuzcoanas todavía boyantes piensan en nuevas operaciones sobre el País Vasco, en Vitoria —la ciudad vasca del futuro—, o en las provincias del sur de Francia, buena parte de la oligarquía vizcaína ligada a la política proteccionista de Franco prefiere invertir en otras zonas. Llueven los expedientes de crisis de la mediana y pequeña empresa, arrastradas por la caída de las grandes. El mes de enero pasado batió todos los récords, con 92 expedientes pertenecientes a este tipo de empresas presentados en la Delegación de Trabajo de Vizcaya. Empresas de 5.000 obreros, como la Babcock Wilcox, mantienen una situación de regulación de empleo que incluye la jubilación anticipada, y que amenaza a miles de empleados con reestructuraciones de plantilla. Otro tanto sucede en Echevarría, SA, o en Euskalduna Naval, mientras otras fábricas trabajan a bajo rendimiento.

A la conquista del País Vasco francés

«La maquinaria es vieja y los salarios altos», dicen los empresarios,mientras Jesús Dorao, de la Cámara de Comercio de Bilbao, intenta juzgar neutralmente la cuestión. «Los trabajadores de Euskadi tienen salarios de país desarrollado cuando la técnica es de país medio; esto es algo que desconocen tanto los empresarios como los obreros. Luego" está la conflictividad laboral de la ría, lo que se llama el Gran Bilbao, que ha sido elevadísima. Las huelgas políticas de 1976 y las estrictamente laborales provocadas por la dinámica de lucha de clases han tenido una repercusión enorme en la situación que hoy se vive. La crisis ha llegado aquí más tarde que al resto de España, pero, nos afecta más duramente. La siderurgia, la construcción naval y de bienes de equipo han sido muy atacadas. La conclusión de todos estos factores es que un buen número de grandes empresas están completamente descapitalizadas. La violencia que se ha desencadenado sobre el País Vasco, que atenaza las expectativas, es un freno más al proceso inversor. El paro aumenta y a partir de junio de 1977 el saldo migratorio en Euskadi empieza a ser pequeño. Si las cosas siguen así, dos o tres años más de violencia acabarían por paralizar esto.»

La inversión industrial media de Vizcaya en los cinco primeros meses de 1977 fue la tercera parte de la efectuada en 1976 y el proceso ha continuado empeorando en el último año. El crecimiento de los depósitos bancarios de esta zona ha sido también el más bajo de toda España, debido probablemente a un deseo de camuflar los saldos ante la amenaza de los impuestos revolucionarios. «Los ingresos se hacen en los mismos bancos, pero en las sucursales de otras ciudades», asegura un alto cargo de la banca confidencialmente.

La saturación económica, la inseguridad, y quién sabe si otras nostálgicas razones, han hecho desplazarse la inversión vasca a lo que aquí se denomina Euskadi norte. Tres provincias de economía casi medieval, totalmente enfocadas hacia el turismo y centradas en la agricultura, están siendo invadidas industrialmente por un grupo tan importante como la Caja Laboral Popular de Mondragón. Se trata de una experiencia cooperativista, de un moderado ímpetu socializante, que se ha decidido a cambiar el panorama bucólico de Zuberoa, Lapudir y Benaparoa.

Mientras tanto las fábricas enormes de Sestao, Baracaldo, Santurce, Portugalete... envejecen al bordé de la ría.

 

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