Guardia civil de tráfico asesinado en Madrid  :   
 Dos terroristas le dispararon a quemarropa cuando iba a entrar en su casa. 
 ABC.    16/01/1979.  Página: 1,4. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

MADRID, VIERNES 16 DE FEBRERO DE 1979 . NUM. 22.729 VEINTE PESETAS

ABC

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GUARDIA CIVIL DE TRAFICO, ASESINADO EN MADRID

Dos terroristas le dispararon a quemarropa cuando iba a entrar en su casa

MADRID. (Da nuestra Redacción.) Un disparo en la cabeza, hecho a bocajarro y por la espalda, acabó ayer por la tarde en Madrid con la vida del guardia civil de Tráfico don Gabriel Cristóbal Vozmediano.

Hacia las tres menos cuarto, cuando regresaba de su trábalo y se disponía a entrar en su casa, en la calle Palantos, 31, dos terroristas que le esperaban en las inmediaciones se acercaron a él y le dispararon a quemarropa. Un impacto de bala le alcanzó en la cabeza y le produlo la muerte. Media hora más tarde Ingresaba, ya cadáver, en la Ciudad Sanitaria Francisco Franco. Frente a la tachada de Palaritos, 31. habla sólo dos casquillos de bala «gecco» Parabeltum y un gran charco ¿fe sangre.

Este nuevo atentado, qne se ha cobrado la enésima -victima entre las Fuerzas de Orden Público, ha sido perpetrado siguiendo un «modus operandi» que se corresponde, con trágica exactitud, con el de todos los asesinatos a sangre fría cometidos en los • últimos tiempos tanto en Madrid o en el País Vasco por comandos terroristas de ETA o GRAPO: entre otros podemos recordar los del general Ortín, el magistrado Cruz Cuenca y, el más reciente, el del teniente coronel Borrajo Palacín, perpetrado el miércoles en Vitoria. En todos los casos la estrategia desarrollada por los asesinos es prácticamente idéntica:´una vez obtenida la máxima información sobre el futuro «blanco» (en muchos casos sin motivaciones especificas) se estudia con minuciosidad sus pasos y costumbres y un día cualquiera, cuando viene o va a su trabajo a la hora habitual, junto a la puerta de su domicilio, se te dispara por la espalda y a quemarropa.

DISPARARON POR LA ESPALDA

Aunque en este caso no ha habido, al parecer, testigos directos del hecho, todos los indicios recogidos a posterior apuntan a que el asesinato fue hecho siguiendo la táctica descrita. En suma cabe deducir que era una acción perfectamente premeditada y planeada hasta sus últimos detalles.

Los asesinos debían saber que el señor Cristóbal Vozmediano acostumbraba a llegar a su casa a comer casi todos los días pasadas las dos y media, una vez cumplido su servicio. ES probable que le aguardaran, pasando inadvertidos, en las inmediaciones, o incluso que le siguieran durante algún trecho. Lo cierto es que cuando el guardia civil caminaba por la acera siguiendo la fachada del número 31 de la calle Pajaritos —donde se encuentra el bar llamado El Nido— y estaba a punto de torcer hacia el pequeño callejón que le conducía a su vivienda, en la parte posterior del edificio, se le acercaron por detrás y le dispararon dos veces.

Los clientes del bar, una veintena en esos momentos, escucharon las detonaciones, pero, según declararía más tarde el dueño, no le dieron importancia, pensando que eran petardos infantiles. Una persona, probablemente un obrero de un edificio en construcción, contiguo al número 31, salió a la calle al oír los disparos y vio cómo dos individuos jóvenes, vestidos de marrón, huían a Pie hacia la calle Valderribas, perpendicular a la de Pajaritos.

Según las primeras estimaciones policiales, es casi seguro que en la citada calle les esperara otro miembro del comando al volante de un coche, con el que salieron a toda velocidad hacia la M-30, una vía fácil para la huida y a la que lleva directamente la citada calle Valderribas.

VEINTE MINUTOS EN EL SUELO

La primera persona que, sin embargo, llegó junto a la víctima fue su propia madre, que a] escuchar los disparos —como ella misma manifestaría más tarde— salió a la calle gritando, aun antes de ver lo sucedido: «¡Ay!, hijo mió, te han asesinado, te han aesinado.»

(PASA A LA PAG. 4)

ABC. VIERNES 16 DE FEBRERO DE 1979. PAG. 4.

NACIONAL

EL GUARDIA CIVIL RECIBIÓ UN IMPACTO DE BALA EN LA CABEZA

Al parecer, estuvo tendido en el suelo más de veinte minutos, hasta que llegó un «jeep» de la Policía

(VIENE DE LA PAG 1)

El agente Cristóbal Vozmediano se encontraba, al parecer, todavía vivo, en medio de un gran charco de sangre. Había caído justo en la esquina del callejón, al lado de un poste de tendido eléctrico, al que. con toda seguridad, había intentado agarrarse cuando se vio agredido. Inmediatamente después comenzaron a congregarse numerosas personas de la vecindad, entre otros, clientes del El Nido, cuyo dueño llamó a] 091.

Un compañero de la víctima se lamentaba horas después en el lugar de los hechos de que el cuerpo del señor Cristóbal hubiera estado tendido en el suelo cerca de veinte minutos, sin que nadie de los presentes le prestase auxilio. Doña Dolores Vozmediano, madre de la víctima, nos repetiría amargamente la misma queja en el velatorio de la Ciudad Residencial Francisco Franco.

Lo cierto es que hasta que llegó el «jeep» policial el señor Cristóbal Vozmediano, quien, al parecer, todavía tenía pulso, no fue trasladado a la Sección de Urgencias de la Ciudad Sanitaria Francisco Franco. El médico de guardia sólo pudo certificar su defunción e, inmediatamente, el cadáver fue trasladado a los velatorios. El parte facultativo era absolutamente escueto: «ingresó cadáver».

A la hora de redactar esta Información no es posible precisar si le alcanzaron los dos disparos o sólo uno y cuál fue exactamente el órgano afectado. Estas incógnitas no se desvelarán hasta que se haya realizado la autopsia. Por el momento, y a tenor de testigos que habían visto el cadáver, parece que recibió un solo impacto de bala, que le entró por la nuca.

UN HOMBRE AUSTERO

Gabriel Cristóbal tenía cuarenta años y estaba soltero. Compartía con su madre una modesta y antigua vivienda situada, como ya decíamos, en la parte trasera del edificio enclavado en Pajaritos, 31. Según parece, no tenían otros parientes cercanos y hacían una vida muy familiar y austera.

En el bar El Nido —nos manifestaría el dueño— sólo se le conocía porque pasaba todos los días por delante de la puerta, pero nunca había alternado en el establecimiento. Los vecinos nos confirmarían la impresión: era poco conocido, sólo se le veía en la calle, pero no tenía relaciones en la vecindad. «Yo le he visto a veces —nos diría el encargado de la obra cercana— jugar al ping-pong o leer en la terraza.»

El señor Cristóbal Vozmediano llevaba, al parecer, adscrito a la Agrupación de Tráfico varios años y desempeñaba sus servicios en las dependencias y talleres que la Agrupación tiene en la calle del General Mola. Vivía en la casa de Pajaritos, con su madre, desde hace al menos veinte años. A media tarde, una de las salas de la zona de velatorios del Francisco Franco estaba ya repleta de compañeros de la víctima, acompañados por sus espesas. Sentada en un banco, doña Dolores Vozmediano, de unos setenta años, vestida todavía con bata de estar en casa, miraba a unos y otros visiblemente desencajada, pero conservando una extraordinaria entereza. «Hijo mío, qué sola me has dejado, me quedo sola», repetía una y otra vez. O también dirigiéndose a alguien que acababa de llegar le gritaba: «Me lo han matado, los asesinos le tiraron a la nuca. ¡Me han dejado sola!

«Mire, señorita, lo han asesinado, mire cómo tengo las manos manchadas de sangre.»

En la sala, algunas esposas de los compañeros de la víctima no podían ocultar el dolor y las lágrimas.

Doña Dolores daría prueba una y otra vez de su entereza. Cuando alguien le dijo que debía de tomarse una pastilla «para estar tranquila», la anciana le miró casi ofendida: «Perdone usted, señor, pero yo no tomo nada. Cuando té asesinan a un hijo no es para querer estar tranquila. No necesito tranquilidad.»

Hacia las cinco y media de la tarde, en una ambulancia de la Guardia Civil, los restos mortales del agente Cristóbal Voz-mediano fueron trasladados al Hospital Militar Gómez Ulla, donde estaba previsto que se le practicara la autopsia.

 

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