Diálogo terrorista     
 
 ABC.    24/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Diálogo terrorista

Los asesinatos perpetrados por ETA replican con sangre a las palabras de concordia: y de paz recién pronunciadas en Vitoria por Marcelino Oreja en el acto de toma de posesión de sus responsabilidades como gobernador general del País Vasco. Recrece así ETA sus prácticas de sangre, como en cada ocasión que el proceso autonómico alcanza una nueva cota.

«Nadie puede contemplar impasible cómo la demencia criminal y la violencia sectaria degradan y destruyen la conciencia de un pueblo», había dicho el gobernador general. La respuesta ha sido de la ferocidad que hacen posible las pasividades y las complicidades, las inhibiciones sociales nacidas de las dejaciones y de los errores. ETA saluda de esta manera la activación institucional de la autonomía vasca. Es su retórica y su dialéctica de las ocasiones mayores. ¿Cuántos no dijeron que en cuanto la autonomía se activase ETA desaparecería? Muchos lo dijeron. Nosotros, no. Y no suscribimos tal apreciación por resistencia o recelo crítico ante una dinámica de recomposición y reforma del Estado que no veíamos clara, ni la seguimos viendo, sino por el entendimiento de que el fenómeno terrorista de los etarras responde a otras claves y a otros propósitos que los del autonomismo. Para ETA toda concreción de la autonomía es una posibilidad más que se le cierra en sus pretensiones separatistas y en sus aspiraciones revolucionarias.

ETA no renuncia a una cosa ni a la otra, aunque para ello tenga que destruir y desmontar la propia conciencia del pueblo vasco.

Siendo, pues, en el nivel de la conciencia donde ETA aplica su terapia de terror, hasta conseguir resultantes psicológicos de inhibición y pasividad, es hacia ese mismo nivel donde, políticamente, deben dirigirse los gestos y asentarse actitudes. En este sentido, la propia de Marcelino Oreja ha sido ejemplar en un doble sentido: como aliento a los españoles vascos que pudieron sentirse olvidados del Estado y como aldabonazo en la conciencia de los demás españoles al significar de manera muy clara que ser español allí, en las actuales condiciones, resulta más difícil y meritorio que en ninguna otra circunstancia de lugar y tiempo.

Nosotros, que en nuestro liberal entendimiento de la política no entra ni cabe la posibilidad de que las urnas determinaran sin apelación la quiebra de la unidad de España, apoyaríamos siempre, al margen de ello, la idea de que en Euskalerría debería permanecer siempre la presencia del Estado mientras existiera un solo vasco que siguiera proclamándose español. Esa idea la hacen cada vez más robusta y vigorosa los euskaldunes que plantan cara a la ETA por el solo hecho de querer ser españoles en su tierra, aunque en ello les vaya la vida.

 

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