Autor: Angulo, Javier. 
 Regiones. El delegado de Educación en Guipúzcoa llegó a las siete de la mañana de ayer a San Sebastián. 
 Jamás pensé que mi vida corría peligro     
 
 El País.    02/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

El delegado de Educación en Guipúzcoa llegó a las siete de la mañana de ayer a San Sebastián

"Jamás pensé que mi vida corría peligro

JAVIER ÁNGULO, San Sebastián

«En todo momento recibí un trato cordial y amistoso. Me decían continuamente que no tenían nada contra mí. Por ello estuve tranquilo y relajado todo el tiempo. Me daban pastillas para dormir. Jamás pensé que mi vida corría peligro. Cuando leí en EL PAÍS que el comando amenazaba con matarme si se estrechaba

el cerco policial en mi búsqueda me derrumbé. No tengo nada contra mis secuestradores.» Estas fueron las primeras palabras pronunciadas por José Javier Crespo a llegar a las siete y veinte de la mañana del viernes a su casa de San Sebastián, después de permanecer más de tres días secuestrado por un comando de ETA político-militar.

Eran las siete y veinte de la mañana. Comenzaba a amanecer en San Sebastián cuando tres coches oficiales llegaban al aparcamiento existente frente al domicilio del señor Crespo, en el paseo del Doctor Marañen. De uno de los automóviles, nervioso y emocionado, desciende José Javier Crespo. La barba crecida acentúa la expresión de cansancio de su rostro. Cuando se despide de la escolta de policías que le ha acompañado desde Madrid, aparca su coche el hermano mayor, que trae la prensa de la mañana. Se funde con él en un fuerte abrazo que repetirá con la casi instantánea llegada de los otros hermanos. Las escenas emotivas se intensifican cuando al pie del ascensor de su casa encuentra a su esposa: «Tranquila, mujer, ya ha pasado todo. ¿Qué tal están los niños?»

En compañía de su esposa y sus hermanos, el señor Crespo, aún nervioso y confuso, recibía a los tres únicos periodistas que aguardaban su llegada. Enviados especiales de la agencia Efe, el Diario Vasco, de San Sebastián, y EL PAÍS asistían a esa primera rueda de prensa improvisada. Luego las llamadas de otros medios informativos se sucedieron a lo largo de toda la jornada de ayer.

Con ,un café en la mano, el señor Crespo dedicó sus primeros minutos a los informadores para excusarse por su espantada del tren que presumiblemente debía de traerle a San Sebastián. «El reloj mío estaba atrasado. Tenía el billete para las siete, pero hablando por teléfono con el ministro Cavero se me pasó la hora y perdí el tren.»

El delegado en funciones del Ministerio de Educación y Ciencia en Guipúzcoa conoció la aventura vivida por la treintena de periodistas que esperaron inútilmente su llegada en la estación de San Sebastián.

Relato del secuestro

Con ciertas dificultades y de forma imprecisa y desordenada el señor Crespo hizo para los informadores presentes un primer relato del secuestro y de la liberación.

«Me sacaron de casa pasadas las seis del martes. Bajé al garaje con dos miembros del comando que vigilaron mientras yo mismo sacaba a la calle mi coche. Luego uno de los jóvenes se puso-al volante en tanto el otro pasaba al asiento de atrás conmigo; en otro coche viajaban dos jóvenes más. Me llevaron hasta Bilbao y de allí, por la autopista vasco-aragonesa, hasta Miranda de Ebro. Allí me pusieron unas gafas cubiertas con "pegatinas de ETA que me impedían ver nada. Me pidieron que tuviera los ojos cerrados. Viajamos durante muchas horas e hicimos algún cambio de coche. Yo iba sentado o tumbado en el asiento trasero.»

Recuerda el señor Crespo que tras un larguísimo viaje le condujeron a una casa de aspecto rural, de escasas dimensiones, que, por las características, podía hallarse en campo abierto. Sin embargo, no quiere ser demasiado explícito

a la hora de dar detalles sobre el lugar de cautiverio.

«Era una casita sencilla. Tenía pocas estancias y pocos objetos que dieran impresión de habitabilidad. Era muy rudimentaria. Parecía estar situada en el campo —había pocos ruidos—. La luz natural me llegaba a través de unos ventanucos.»

José Javier Crespo califica de «exquisitamente correcto y amistoso» el trato que recibió de sus secuestradores. «En todo momento me insistieron —ha comentado— en que no tenían nada personal contra mí. Eso me tranquilizaba.»

«Durante el tiempo .que pasé en la casa estuve medio atontado. Me daban unas pastillitas que me sumían en un sopor. De todas formas, hablaba de vez en vez con mis secuestradores sobre temas intrascendentes y algo sobre cultura, lengua, del problema del euskera. Debo decir que nunca les vi la cara. Eran bastantes y se turnaban en mi vigilancia. Todos eran jóvens. Entre sí se expresaban en euskera, pero a mí se dirigían en castellano.»

Preocupados por la salud de Bumedian

«No tenía reloj, mi único contacto con la realidad fue un ejemplar de EL PAÍS —no recuerdo de qué día— y algunas noticias que oía en la radio que tenían los secuestradores. Cuando la radio hablaba del secuestro subían el volumen para que yo pudiera escuchar. A ellos les preocupaban las noticias que hablaban del estado de Bumedian.»

Un día, antes de hacerlo público, los miembros del comando entregaron al señor Crespo un estudio técnico de dieciocho folios en torno a la situación del euskera y al problema del bilingüismo en Euskadi.

«Me lo dejaron leer para que les diera mi parecer. Yo soy técnico en sociolingüística y les di mi opinión. No discutieron conmigo; me dijeron que ellos tenían equipos de expertos en toda clase de temas. Me dieron una copia del documento para que se la entregara al ministro Cavero.»

El día anterior a la liberación, los secuestradores comunicaron al señor Crespo que a la mañana siguiente debía madrugar. «Sal-

dremos de viaje a las siete de la mañana.»

«No me dijeron que me iban a poner en libertad. Yo no se lo pregunté, pero lo deduje. En ocasiones mis vigilantes me decían que me iban a tener tres días, otras veces que el secuestro duraría más. Una de las veces, en un tono casi de broma, me dijeron que no votaría la Constitución.»

Liberación

El jueves los miembros del comando despertaron pronto a José Javier Crespo. A las siete, con las mismas gafas con que llegó, le metieron en un coche con destino a Madrid.

«Recuerdo que pasamos muchas horas en el automóvil. A las cuatro menos veinte de la tarde, aproximadamente, me liberaron. Me quitaron las gafas oscuras y me dijeron que estaba en libertad, pero que antes de tres horas no diera parte a la policía de mí liberación. Me bajaron del coche en el andén de la avenida del Generalísimo, de Madrid, dirección a Burgos, muy cerca de la clínica de La Paz, y casi enfrente de la entrada de la ciudad deportiva del Real Madrid. Me recomendaron que me sentara en un banco cercano, simulando leer algo. Me compré un ejemplar de EL

PAÍS y leí en el periódico que mi vida había corrido peligro, mi ánimo se desvaneció y me derrumbé.»

«Durante las tres horas que pasé en los alrededores del lugar donde me dejaron estuve sin mis gafas, preferí quitármelas para evitar que alguien pudiera reconocerme y diera la voz de alarma antes del plazo convenido con mis secuestradores. Cuando el plazo pasó me dirigí a La Paz, y desde la cafetería llamé a información de Iberia. Al no haber billetes para Fuenterrabía o Bilbao, hablé con Renfe y reservé un billete para el tren Puerta del Sol. Después de comer un bocadillo me fui a la estación de Chamartín. Desde allí llamé a mi casa y les di la noticia. Luego llamé al ministro Cavero. La conversación se prolongó demasiado y perdí, por cuatro minutos, mi reloj estaba retrasado en siete, el tren.»

«Tras telefonear a mi madre —que vive en Pamplona—, leí algo y cené. Luego volví a llamar a mi casa. Vinieron a buscarme varios funcionarios que me trasladaron a la Dirección General de Seguridad, donde hice una primera declaración. Luego, desde allí, hacia las doce de la noche, salí por carretera en coche oficial.»

 

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