Autor: Saralegui, Francisco José de. 
   La sangre del espíritu: vascuence y español     
 
 ABC.    02/12/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

VIERNES. 2 DE DICIEMBRE DE 1977. PAG. 3

LA SANGRE DEL ESPÍRITU: VASCUENCE Y ESPAÑOL

Así llamó Unamuno al idioma: sangre del espíritu. Y es que no hay nada tan humano como la lengua maternal. Sólo la iguala, creo, el color y el olor de la aldea nativa; ese deseo carnal y sensible, dulce y tierno, envolviendo los paisajes primicia de la´ tierra y del alma.

—En mi niñez había, aún, la Patria; identificada —quizá, en exceso— con la nación. España significaba algo. Las canciones de la posguerra encerraban una ilusión nacionalista avasalladora y cálida. Sin duda, irreal; pero nosotros éramos los únicos capaces de no verlo.

La Patria, en toda Europa, estuvo unida a la nación. Y querellas nacionalistas han protagonizado las dos últimas guerras mundiales, ese atroz fracaso histórico que ha causado millones de muertes y una inmensa desilusión. ¿Quién dijo que no hay más amor que el de la Patria?

La nación está acabada. Subdimensionada para las grandes misiones mundiales insensible —por centralismo y burocratización— para las pequeñas. Su autoridad, su prestigio y sus adhesiones le huyen por ambos extremos: por el superior, a los organismos supranacionales; por el inferior, a las regiones.

—Pero los idiomas llevan el nombre de las naciones y sobreviven a ellas. Después de siglo y medio de su independencia, nuestra América habla castellano; la del Norte, inglés y francés. Y después de mil quinientos años de la. caída de Roma los países mediterráneos hablamos un latín deteriorado, vivo, puesto al día, y una y otra vez en los solares patrios de España, Portugal, Francia, Rumania e Italia.

El problema político de la regionalización es muy distinto del asunto de las lenguas regionales.

—Este año, y en San Millán. se ha celebrado el milenario del castellano. Porque hace mil años un monje -—navarro, probablemente—, explica en el habla popular conceptos teológicos de San Agustín, escribendo al margen del pergamino en romance y en euskera. Pero ¿quién podrá decir dónde y cuándo nace un gran río?

Fue en el núcleo de la Reconquista —Asturias, León, Santander y Burgos, Vascongadas, Navarra, Alto Aragón— donde brotaron las mil fuentes de un idioma simpre popular y democrático que había de ser universal.

¡Cómo marca la Historia! En los dos extremos del arco —-Cataluña y Galicia—, con lengua propia, se hizo la lírica; en el Centro, las dos constantes que han hecho el destino del país: la literatura religiosa y la épica: los milagros de Nuestra Señora y el Cantar del Mío Cid. El Toledano medieval y la Castilla gótica añaden la picaresca; el Corbacho, la Celestina, el Lazarillo de Tormes, él Libro del Buen Amor.

Toledo, «La ciudad de las tres religiones» (judíos, moros y cristianos), desgraciadamente influyó poco en el país. El peso histórico y militar del catolicismo combatiente arrolló, desde 1492, aquel espíritu de tolerancia mozárabe y mudejar de la Castilla Central, que hubiera cambiado la Historia de España y aun !a de Europa entera.

Pero es 1492 la fecha clave del castellano; en ese año increíble se remata la unidad nacional, se descubre América, son expulsados los judíos, Nebrija escribe la primera gramática. El español —luces y sombras— tiene 1a fuerza política de la unidad, la expansión imperial, la diáspera sefardí, la técnica.

—Se dice del vasco que no tiene historia. Efectivamente, no ha sido nunca idioma oficial; ni en Navarra. Pero es el único superviviente de las lenguas que se hablaban en Europa hace tres mil

años. Conservar su identidad treinta siglos, ¿no es suficente historia?

Cierto que el euskera nunca fue un vehículo cultural, Creo que el primer libro de calidad escrito en vascuence es el de Bernat Decbepare (1545), desvergonzado y creyente, como los del Arcipreste de Hita. Sin embargo, entre el valle alto del Ebro y los doscientos kilómetros de costa cantábrica, de Bayora a Bilbao, permanece la dura y humilde realidad del vascuence.

En aquellas tierras, tantos siglos pobres, donde la familia numerosa y el sistema hereditario forzaban la emigración. Los grandes de entre los vascos no han sido los mayorazgos rurales. Ni han escrito o hablado vascuence, sino castellano o francés. Los vascos y navarros universales han sido los segundones, los que salieron casi niños de la casa natal, vitalizados por el contacto con los Ejércitos imperiales, las grandes órdenes religiosas, las Universidades de España, Francia o Italia.

Así Loyola. Javier, Juan de Mayorga, Esteban de Zudaire, el padre Vitoria, Lizarrague, Juan de Huarte. Malón de Chaide, Martin de Azpilicueta. Y tantos juristas y soldados: Caray, que fundó Buenos Aires; Irala, la Asunción; Zabala, Montevideo; Legazpi, Manila. Y el baztanés Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre —de Oñate—, que descubrieron el Amazonas. Elcano y Urdaneta; Tibnrcio de Reding- y Churruca. La compañía guipuzcoana de Caracas y los trabajos de Servet; las Sociedades de Amigos del País; Unamuno, Bar o ja, Peñaflorida, Juana de Ibarbum y Gabriela Mistral —Premio Nobel—. cuyo verdadero apellido es Alcayaga.

La fidelidad a la propia tierra ha sellado a lo euskérico su identidad irrenunciable. La integración en España y «1 castellano han dado al alma vasca su expresión universal. Que ambos estilos —y ambas lenguas— coexistan en paz. Francisco José DE SARALEGUI.

 

< Volver