Autor: Lobo Aleu, Félix. 
 Los farmacéuticos y la Seguridad Social /y 3. 
 Falsos problemas, falsos descuentos, falsos interlocutores     
 
 El País.    28/06/1977.  Página: 28. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

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SOCIEDAD

EL PAÍS, martes 28 de junio de 1977

Los farmacéuticos y la Seguridad Social/y 3

Falsos problemas, falsos descuentos, falsos interlocutores

J. FÉLIX LOBO Profesor encargado de Estructura Económica de la Universidad Complutense

Cuando se creó e! Seguro de Enfermedad se intentó - e incluso se legisló - que tuviera en sus

ambulatorios sus propias farmacias. Los farmacéuticos se opusieron con tesón. Fue una batalla perdida

por el INP en toda la línea. Hasta 1962, incluso los hospitales, por grandes que fueran, habían de comprar

los medicamentos necesarios para sus servicios en la farmacia de la esquina. Las recetas de los enfermos

en asistencia ambulatoria siempre han tenido que pasar por el monopólico circuito de distribución

minorista y sus altos costes. Dadas las ineficiencias de éste era, y es, lícito presuponer que unas oficinas

de farmacia gestionadas por la Seguridad Social e insertas en sus ambulatorios originarían costes sociales

muy inferiores a los actuales.

Pero no es en este estrecho planteamiento economicista, que es el que en su día se hizo la Seguridad

Social, donde reside el quid de la cuestión. No se trata sólo de sustituir las farmacias privadas por

farmacias públicas y de aprovechar las economías de escala inherentes a su concentración. De lo que se

trata es de alterar la estructura de la prestación de servicios sanitarios, ajustándola a las necesidades

técnicas modernas logrando, entre otras cosas, que el experto en drogas sea parte integrante del equipo

sanitario.

Y esta, más que batalla, guerra, de la sanidad española si que la ha perdido el INP en todos los frentes.

Tienen parte de razón los farmacéuticos cuando al caos y a la insuficiencia de los servicios sanitarios de

la Seguridad Social oponen la existencia de un amplio número de farmacias desparramadas por todo el

país, con turnos de guardia permanentes y proporcionando un servicio, muy caro y muy por debajo de lo

deseable, pero proporcionándolo al fin.

¿Qué iban a esperar del INP los farmacéuticos como profesionales ante el ejemplo de la política seguida

con los médicos? ¿Un trato similar al recibido por los MIR? En muchas poblaciones con elevadísimo

número de habitantes que carecen ¡todavía! hasta de ambulatorio, ¿dónde va a instalar el INP sus

farmacias?

Malos interlocutores son, por tanto, los viejos políticos del Ministerio de Trabajo y los directivos de

siempre del INP para negociar con los farmacéuticos sobre su futuro.

Pero tampoco son buenos negociadores para defender frente a éstos los intereses de los trabajadores.

La Seguridad Social, al ampliar su ámbito ha ido configurándose como monopolio de demanda de los

medicamentos y, por tanto, también de los servicios de distribución farmacéuticos. Si en España se

reconociera este hecho y desapareciera la actual dualidad de competencias entre Dirección General de

Sanidad e INP, en cuya virtud la primera fija los precios (tanto de los medicamentos cómo el margen de

farmacia), pero no los paga; y la segunda los paga, pero no los discute, se daría un gran paso adelante.

Una administración sanitaria unificada y controlada, además, por Parlamento y sindicatos obreros, se

vería forzada a usar de su poder en el mercado como monopolista de demanda. Tratando de obtener los

precios más bajos posibles negociaría con los monopolios existentes por el lado de la oferta: los de las

medicinas con los fabricantes; el de la distribución con el monopolio colectivo que son los farmacéuticos.

Así, todos los protagonistas interpretarían el papel que, hoy por hoy, les corresponde en este drama para

el que los economistas tenemos un título: el de monopolio bilateral.

La Seguridad Social hasta ahora no ha optado por tal solución más que marginalmente. Como es otro ente

el que fija el precio, el INP no negocia sobre precios, sólo exige descuentos. Y, claro está, negociar sobre

descuentos es negociar con desventaja.

En realidad, pues, las negociaciones entre farmacéuticos y Seguridad Social son asimétricas. Aquéllos

quieren elevar el precio de sus servicios disminuyendo o suprimiendo el falso descuento. Esta sólo puede

pretender que el descuento se mantenga. ¿Por qué no que el precio baje?

De hecho los descuentos no han hecho sino decrecer desde que se crearon. Esto es, el precio que la

Seguridad Social paga por los servicios de distribución minorista no ha cesado de aumentar.

El descuento inicial del 6,66 % fijado en 1948, y parcialmente cubierto con la subida del margen del 25 %

al 30 %, fue elevado hasta el 11,3 % en 1953. Esta sí fue una apreciable rebaja de precios consentida por

los farmacéuticos: Por contra, los convenios de 1967 y 1972 redujeron el descuento (elevaron el precio) a

través de una absurda escala que primaba a las farmacias de mayores ventas. En 1971, el descuento se

situaba como media en torno a un 10 %. Desde 1972 bajó al 7,5 %. En febrero de 1974 baja de nuevo

ligeramente. En una palabra, los descuentos son hoy seguramente los más bajos de la historia; esto es, los

precios que paga la Seguridad Social a los farmacéuticos por sus servicios no han dejado de crecer.

La solución a los problemas suscitados está claro que no radica ni en seguir como hasta ahora, ni en

acceder de plano a las peticiones de los farmacéuticos. Esta última sería una salida que a largo plazo

lamentarían los propios farmacéuticos. De momento obtendrían un respiro económico; pero ante las

nuevas expectativas de beneficio, otra vez se forzaría el ritmo de apertura de farmacias, caerían las ventas

y los farmacéuticos estarían en la posición de partida, tras haber hecho pagar al resto de los españoles una

importante factura.

Para que la supresión del descuento (léase alza del precio) sea económicamente racional ha de venir

acompañada de unas restricciones mucho más estrictas a la apertura de nuevas farmacias. Y esto, ¿lo van

a consentir los estudiantes de farmacia o sus padres?

Soluciones

Sólo dos vías parecen entonces practicables:

1. Eliminar los descuentos y, conjuntamente, todas las demás restricciones a la libertad del mercado.

Suprimir la intervención del margen y dejarlo fluctuar libremente. Permitir que cualquiera, y por supuesto

unos grandes almacenes comerciales, o un sindicato, o una asociación de consumidores, pueda ser

propietario de oficinas de farmacia, sin sujeción a distancias mínimas. Y, desde luego, que la autoridad

sanitaria única, negocie el precio, no el descuento, que por los servicios de distribución prestados a la

Seguridad Social van a cobrarle los farmacéuticos.

2. Que los farmacéuticos se dispongan a dar la batalla contra los laboratorios y con el apoyo de los

médicos para conquistar el espacio profesional que les corresponde ocupar: el de la información

farmacológica, el del trabajo en el equipo sanitario, en los controles de calidad hospitalaria, análisis

bromatológicos, etcétera. En esa batalla la nueva Seguridad Social y la sociedad española les prestaría su

apoyo como guardianes del asalto químico a la vida que deben ser, ofreciéndoles puestos de trabajo

atractivos, bien remunerados; negociando la paulatina concentración de las farmacias y su medido

traslado a los centros sanitarios de barrio o rurales que han de crearse.

Una solución, en fin, a largo plazo, inserta en la reforma de la Sanidad española, y que toca al problema

verdaderamente latente en el fondo: el del capitalismo monopolista internacional de los laboratorios

farmacéuticos.

Se opte por uno u otro camino es obvio que en el INP no hay hoy interlocutores válidos para los

farmacéuticos. Las organizaciones sindicales es indispensable que estén presentes en la negociación; si se

adopta el primer camino, como defensores de los intereses de los trabajadores (es su salud y muchos

miles de millones de pesetas lo que está en juego); si se sigue el segundo, como expresión, en este campo

concreto, de la unión de las fuerzas del trabajo y la cultura.

Por una y otra vía - aunque con costes diferentes - se puede avanzar en la dirección apuntada ya por el

doctor Jaime Vera terciando en una polémica que entre la Mutualidad Obrera y la Corporación

Farmacéutica tuvo lugar nada menos que en 1914. Que «el farmacéutico es su ciencia lo que ha de

administrar y no mercancías, aunque sean farmacéuticas».

 

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