Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   Los antidemócratas     
 
 ABC.    05/11/1982.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

VIERNES 5-11-82

De ayer a hoy Los antidemócratas

«En una Monarquía constitucional las funciones de la Corona son estrictamente arbitrales, de respaldo al poder elegido por el pueblo», decía el miércoles un editorial de ABC con notable precisión. La frase «poder elegido por el pueblo» es la clave. Porque si el Rey arbitrase, por ejemplo, a demócratas y antidemócratas, no sería un Rey constitucional, sino un poste, un augusto cero. Si es cierto que la Constitución otorga sentido al Rey, no lo es menos que el Rey la ha colmado de sentido con sus actitudes constitucionales. No es el Rey una lejana joya engastada en un cielo de abstracciones, sino la primera persona constitucional, que, además, salió por la Constitución cuando la Constitución se nos quemaba como un pan a la puerta del horno. De modo que los antidemócratas no son una parte del juego que debe ser arbitrada. Los antidemócratas han sido expulsados del campo de juego. Lo que pasa es que no se quieren ir.

Va acercándose la hora, o ya es llegada, de evitar por medios constitucionales que ¡a libertad inherente a la democracia se convierta en un instrumento de opresión de la democracia, y que la ecuanimidad de la Corona, de la que se deriva su función arbitral, sea utilizada como contrapeso de las acciones y palabras sistemáticamente anticonstitucionales. La paciencia se reconoce porque termina alguna vez. Si no termina nunca, no es paciencia, es insensibilidad ética. Y la impunidad no es un concepto democrático, sino anárquico. No es de sentido común consentir que día tras día la Constitución sea agredida y los agresores corran de seguido a refugiarse en el privilegio constitucional. La comprensión que supone el sentimiento democrático no puede ir más allá de sus límites naturales, a trueque de convertirse en una manera de ironizar acerca de la «profundidad» de esa misma comprensión.

Los antidemócratas pulsan el prejuicio democrático, que es donde piensan que está su coartada. Viene a ser como si a un cristiano, que debe poner la otra mejilla, le diésemos durante todo el santo día de puñetazos. Una de dos: o se muere, que es de lo que se trata, o ataca inopinadamente y nos muele a golpes, con lo que podemos acusarle de anticristiano. No hay salida. Los antidemócratas piensan que la democracia entró en el franquismo por la puerta de atrás, que la democracia es una especie de tonta del bote en casa ajena. Pero no soportarían que el carácter del padre se reprodujese en esta situación, ya que la primera víctima de ese carácter iban a ser ellos. Por eso todo esfuerzo se dirige a hacer concebible una situación en la que el totalitarismo sea te alternativa de la democracia, siendo aquél la «síntesis superadora» de las alternancias sugeridas por la Constitución. Primero se intentó esto bajo el arbitraje del Rey, y ahora contra el Rey.

La sentimentalidad es un prejuicio democrático. Es justamente de la que se burlan los totalitarios, que presumen de una mentalidad fuerte, y para quienes los partidos son grandes trivialidades, porque la mayoría, la mayoría democrática, no se compone, según ellos, de partes. En general estamos asistiendo a una obra maestra de la perfidia, porque, ofendiendo los antidemócratas a la democracia con sus actos y sus papeles, quieren probar aquel prejuicio de! que hablaba, forzando al Poder a observar una conducta democrática, tolerante, exenta de instrumentos coercitivos, de modo que así queden ellos con las manos libres para proseguir su obra anticonstitucional.—CANDIDO.

 

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