España y el Mercado Común Europeo     
 
 ABC.    10/02/1962.  Página: 32. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

SÁBADO 10 DE FEBRERO DE 1962. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 33

Publicamos más adelante la puntual y circunstanciada historia de la Comunidad Económica Europea,

traducida en hechos y en cifras; cifras y hechos fulgurantes, porque el éxito de esta organización, a la que

oficialmente ha solicitado España negociar su incorporación, es un islote de triunfo auténtico en el

proceloso mar de fracasos de un mundo angustiado que busca inútilmente la paz y el equilibrio.

Queda por determinar—y comentar—el hecho en sí por lo que a España y a su política económica se

refiere. En este caso creemos que cualquiera, por muy ajeno que se considere el juego de los factores

económicos que priman hoy y hasta alzapriman sobre muchos factores políticos, tiene que mostrar su

satisfacción por el paso dado por el Gobierno español y sobre su evidente oportunidad. Mientras existió la

posibilidad de elección y—¿por qué no decirlo?—la posibilidad también de un aislamiento expectante,

tan certeramente definido por La frase inglesa- del wait and see, las urgencias podían parecer oficiosas y

tal ves indiscretas. Resuelto ya con la des-, aparición de la llamada zona de libre comercio o asociación de

los "Siete" que la unificación económica de Europa está decidida por el éxito de la Comunidad

Económica Europea, y que su instrumento idóneo es el Mercado Común, todas las especulaciones y

distingos para el mundo occidental, que no está sobrado de triunfos para desdeñar los que se le vienen a la

mano, como es el Mercado Común, tenían que desaparecer. Y si a mayor abundamiento la difícil

regulación de las economías agrícolas, que eran el nudo gordiano en que agitaban todos los recelos de

integración para muchos países de estructura económica especial —y el nuestro lo es en grado sumo—,

ha sido negociada y resuelta con visos de viabilidad para el futuro, debe comprenderse el rápido

movimiento de aproximación que ha suscitado el Mercado Común en sus nuevas características,

movimiento que no se ha limitado a los países europeos que no formaban parte del grupo de la "Pequeña

Europa" o de los "Seis", sino que se ha propagado hasta América, a cuya cabeza, los Estados Unidos, ha

llegado la preocupación de tomar contactos y establecer colaboraciones con un grupo que representa en

cantidades y en valores una suma equivalente al propio gigantesco mercado interior norteamericano.

Se han desvanecido ya, todos los pretextos y han desaparecido todos los motivos que podían tutelar la

indecisión o la neutralidad. El camino se ha abierto ya de una manera franca y decidida, porque al mismo

tiempo se han creado los antecedentes precisos para que España pueda obtener en las posibles

negociaciones las facilidades razonables que exige su especial estructura económica para solicitar los

plazos prudentes y holgados en su adaptación al nuevo orden económico europeo. Porque lo que sí es un

hecho incontrovertible, sobre todo después de las posiciones adoptadas por países de una complicación

económica muy superior a la nuestra, que España no podía adoptar la extraña actitud de los robinsones de

la economía, de los náufragos olvidados en una isla desierta. Cierto que España esperaba andando, es

decir, alcanzando con un dinamismo acelerado metas valiosísimas en el proceso del desarrollo

económico, que se ha demostrado es compatible con el equilibrio y la estabilidad básica de su economía.

Queremos y podremos seguramente llegar, de una manera racional y lógica, a cumplir todos los requisitos

en que se funda la solidaridad europea que se está plasmando a través de la Comunidad Económica

Europea, pero necesitamos amplios créditos de confianza para acabar de desarrollar los programas que

tenemos entre manos. Entre tanto, el autobús pensaba, quizá en su último viaje, y España es un viajero de

creciente importancia en el concierto europeo. Simplemente se ha hecho lo que se debía, hacer: plantear

honradamente nuestro deseo de asociación a una Europa que tanto si se pierde como si se salva ha de

hacerlo sólidamente unida en los principios de la civilización occidental.

 

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