La ambigüedad de los nacionalistas     
 
 Diario 16.    09/02/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La ambigüedad de los nacionalistas

Salvo para los ciegos de profesión estaba y sigue estando claro que las fuerzas democráticas y de izquierda vascas se verían tarde o temprano —y aquí debemos constatar que una vez más ha ocurrido´ tarde y mal-obligadas a unir sus fuerzas contra la ofensiva terrorista. Las primeras iniciativas de este paso acuñaron la fórmula de «frente antiterrorista» para enunciarlo. No es que se trate de una nomenclatura especialmente brillante, pero sí exacta.

Pues bien, ya no hay tal «frente antiterrorista», sino algo parecido bajo el nombre «frente democrático», üue el PNV cierre filas unitariamente con otras fuerzas democráticas obliga a renuncias terminológicas como ésta, destinadas a no nombrar bajo ningún pretexto la soga en casa del ahorcado. Lo más curioso de este escrúpulo terminológico es que si la soga se llama ETA el primer ahorcado por ella sería el propio PNV.

¿Simple cuestión de palabras? No lo creemos.

La pasión matizadora del PNV, que en no pocas ocasiones ha contagiado a los partidos de la izquierda vasca, viene de antiguo. El PNV se resiste a renunciar a la imagen de los etarras como hijos pródigos suyos, que algún día habrán de volver a su apostólico redil.- De esa resistencia, que tiene efectiva traducción política en actos y no sólo en palabras, procede la persistente y ciega negativa de los dirigentes peneuvistas a ser explícito*. En defínitiva, para el PNV hay violencia, no terrorismo; hay métodos equivocados, no asesinatos.

Los más agudos analistas del fenómeno vasco no dudan en interpretar esta constante del PNV como la expresión de su mala conciencia frente a las tradiciones del nacionalismo independentista vasco. El PNV sabe que, desde sus posiciones .ideológicas moderadas, no hay ni remota posibilidad de acceso real a plantear ahora, y ni siquiera en plazo previsible, la ideología sabiniana. Como contrapartida, los etarras, que también se saben esto al dedillo, congruentemente apoyan su independentismo de la única manera posible: en posiciones revolucionarias extremas.

Sin atreverse a soltar amarras sentimentales con el independentismo tradicional y todavia más encogido a la hora de interpretar, políticamente, a dónde le conduce este hecho, el PNV se ve forzado a mantener una permanente ambigüedad ante el fenómeno terrorista, del que ni siquiera se atreve a hablar a estas

alturas, tal vez para no perder una clientela radical que tiene ya irremisiblemente perdida. Bien recientes están los acontecimientos que enfrentaron durísiniamente al párroco de la iglesia de Durango con un grupo de asistentes al funeral del etarra Goyo Olabarría, muerto durante el atentado de Lequeitio en que perdieron la vida seis guardias civiles y dos terroristas. Las pacíficas elucubraciones del cura peneuvista sobre la violencia le valieron un buen rapapolvo del sector radical de su parroquia.

Las declaraciones de Carlos Garaicoechea, tras la detención de tres miembros de ETA militar en el País Vasco-Francés, en el sentido de que «su extradición supondría un factor perturbador en la convivencia de Euskadi», son un ejemplo casi cómico de esta patente de ambigüedad. ¿No es ésta la manera inimitable que el PNV tiene de decirnos que un terrorista encarcelado es menos perturbador para la paz que un terrorista suelto? ¿Habrá que deducir que en Euskadi, como en la España franquista, todo es diferente y que un acto de justicia indiscutible como la detención de un presunto homicida es, al revés que en el mundo entero, menos deseable que el propio homicidio?

 

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