Autor: Aparisi, Antonio. 
   Mercado Común y formación profesional     
 
 Pueblo.    19/02/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

MERCADO COMÚN Y FORMACIÓN PROFESIONAL

Cuando el 25 de marzo de 1957 se firmaba en Roma el Tratado de la Comunidad Económica Europea, el

naciente bloque de los "Seis" no se limitaba solamente a suscribir un programa de acción común en el

campo de la economía. Leemos en aquel documento: "Decididos a crear las bases de una unión cada vez

más estrecha entre los pueblos europeos, dispuestos a conseguir mediante una actuación común el

progreso económico y social de sus respectivos países eliminando las barreras que dividen a Europa;

considerando como fin esencial de sus esfuerzos el mejoramiento constante de las condiciones de vida y

de trabajo de sus pueblos..." Y así, con esta exposición de motivos, una representación de la vieja Europa,

un grupo de países que forman en vanguardia de la cultura occidental, señala al mundo entero qué sin

unos objetivos de índole social no tendría sentido cualquier programa económico. Una vez más triunfa el

espíritu cristiano y se considera como "fin esencial" la elevación del nivel de vida, a la que se ha de llegar

no sólo con el progreso económico, sino con el social, de los países afectados.

La reciente petición española de asociación a este bloque, generalmente conocido por "Mercado Común",

petición que ha merecido sincero y auténtico beneplácito de españoles y extranjeros, nos mueve a repasar

aquel tratado original de 1957 y ver en qué grado y medida pueden quedar afectadas nuestras tareas de

formación profesional; es decir, tras un proceso de adaptación, de revisión, de redoblados esfuerzos que

nos lleven a ser uno más en el equilibrio de los intercambios, en la estabilidad de la expansión económica

y, en definitiva, en ese concierto armónico de unos pueblos que han decidido acercarse y no distanciarse.

El tratado dedica uno de sus títulos — el tercero — a la política social. En doce artículos—del .117 .al

128—desarrolla un amplio programa de cooperación a fin de "promover la mejora de las condiciones de

vida y de trabajo de la mano de obra de forma que permita su igualación en el progreso" (artículo 117);

propugna por "una estrecha colaboración entre los Estados miembros en el terreno de lo social y

especialmente en las materias referentes al empleo, al derecho del trabajo y las condiciones de trabajo, a

la formación y, al perfeccionamiento profesionales..." (artículo 118); sigue ocupándose de la seguridad

social, protección contra los accidentes y enfermedades profesionales, higiene, en el trabajo, derecho

sindical y negociaciones colectivas entre empresarios y trabajadores; el concepto de retribución es

ampliamente definido (artículo 119), y para que esta política tenga una base sólida, "a fin de mejorar las

posibilidades de empleo de los trabajadores en el Mercado Común y contribuir de esta manera a la

elevación del nivel de vida (obsérvese cómo en todo el tratado se repite este concepto), se constituye, de

acuerdo con lo dispuesto posteriormente, un Fondo Social Europeo, que tendrá por misión promover

dentro de la Comunidad las facilidades de empleo y la movilidad geográfica y profesional de los

trabajadores" (artículo 123).

Todo un capitulo se dedica a precisar las normas de administración de esté Fondo; sus fuentes de

ingresos, posibles beneficiarios, etc. (artículos 124 a 127), y es aquí donde de una manera solemne queda

consagrada, con un sentido de unidad, la preocupación de los Estados miembros por las tareas de la

formación profesional. Dice el artículo 128: "A propuesta de la comisión, ,y después de consultado el

comité económico y social, el consejo aprobará los principios generales para la aplicación de una política

común de formación profesional que pueda contribuir al desarrollo ordenado, tanto de las economías

nacionales como del Mercado Común."

El grupo de los "Seis" comprendió desde el primer momento que el éxito o el fracaso del Mercado Común

dependía del alcance que en sus países se dieran a las recomendaciones que contenía el tratado. Si todo

cuanto en Roma se había acordado, no iba a tener más trascendencia que la de unos protocolos, con bellas

declaraciones de muy brillantes teorizantes, y si el espíritu de abierta cooperación y el paso firme y

decidido hacia la unidad de fines y propósitos no señalaba una norma de conducta a la que sería preciso

entregarse con toda lealtad..., el Mercado Común podía perecer, con grave quebranto para la unidad

europea. Y a Dios gracias no fue así, pues los hechos nos demuestran que en la hora de hacer inventario,

el balance es bueno y las perspectivas halagüeñas. No hemos de referirnos a metas alcanzadas en el

terreno de lo económico, sino por ser el problema que más nos afecta, queremos señalar que aquella

preocupación que el tratado llamaba "una política común de formación profesional" constituyó desde el

primer momento grito de combate, toque de rebato, de países que nos han dado ejemplo de cómo debe

estudiarse un problema y cómo se pueden aplicar soluciones para su resolución.

Primero fue Italia, que ya en su Plan Vanori de 1955, al pretender cubrir, entre otros objetivos, el pleno

empleo en el curso de la década 1955-1964, tuvo que adoptar drásticas medidas para que aquellos cerca

de cuatro millones de puestos de trabajo que sería preciso crear tuvieran la adecuada preparación en el

campo de la profesionalidad. El pasado año, un informe de la Ó. E. C. E. (Organización Europea de

Cooperación Económica), al analizar los efectivos de escolaridad logrados en la formación profesional, le

adjudica a Italia 232.342 alumnos.

Francia, en 1959, daba a conocer un informe sobre los obstáculos a la expansión económica francesa. Este

informe, debido a Jacques Rueff, precisaba como punto débil de la enseñanza las graves lagunas de la

formación profesional. Que hicieron caso los-franceses lo demuestra el hecho de que en la misma

estadística a que antes nos hemos referido se acusa un notable aumento de la población escolar de

formación profesional, con una matrícula de 347.500 escolares. Del bloque de los "Seis" citemos a Bél-

gica, con 186.319 (92.772 alumnos en jornada completa y 93.547 en jornada reducida); Holanda, con

210.000, y Alemania, con cerca de un millón...

El dato estadístico es elocuente. Pensemos que si en España, en los momentos actuales, nos movemos con

75.000 alumnos de formación profesional, ningún país ha de sentir mayor preocupación que nosotros para

que la entrada en el Mercado Común pueda hacerse con las debidas garantías de que nuestra mano de

obra, tanto en calidad, como en cantidad, esta preparada para cubrir las etapas que se avecinan. De ese

mismo informe de la O. E. C. E. del pasado año —y cuándo ya los efectivos escolares de formación

profesional habían alcanzado las cifras que hemos dejado señaladas— son los párrafos siguientes: "La

evolución de la estructura de las actividades profesionales en función de los progresos técnicos y, en

particular, del desarrollo de la automación, necesita una adaptación más acentuada de los programas de

formación profesional a estos cambios. Se han hecho ya en este sentido grandes esfuerzos educativos,

pero deberán acentuarse. Esta adaptación supone un conocimiento más profundo de las modificaciones

que hayan ocurrido, o que ocurrirán, en la distribución profesional de la mano de obra y en su distribución

jerárquica. Igualmente se ha comprobado que los medios disponibles de formación profesional son

notoriamente inferiores a las necesidades estimadas. Precisamente por esto no es superfluo aunar todos

los esfuerzos en este terreno. La formación profesional se revela cada vez más como un instrumento

indispensable, tanto para impulsar a las economías como para aumentar las posibilidades de empleo".

Que estas palabras de quienes van a ser nuestros compañeros de grupo nos sirvan de norma de conducta y

reflejen nuestro plan de actuación.

Antonio APARISI

 

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