Autor: Guimón, Julen. 
   Entre la "anomía" y la revolución     
 
 Diario 16.    22/11/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

JULEN GUIMÓN

Diputado y presidente de UCD de Vizcaya

Entre la «anomia» y la revolución

«La gravedad de la situación social del País Vasco no puede medirse por el simple recuento de víctimas del terrorismo. La repugnancia y el miedo no aumentan en dosis aritméticas. Un acto terrorista no es un fin, sino un medio para amedrantar-aterrorizar a toda una sociedad. Hoy nadie puede negar que ese objetivo se ha cumplido en buena parte.»

Ante lo irreparable de la muerte, nos vemos obligados, paradójicamente, a volver la vista a los vivos, a nuestra sociedad vasca enferma. Los síntomas de su mal no son sólo los centenares de víctimas inocentes de la acción criminal. Con inusitada frecuencia, grupos de alucinados en calles, mítines o asambleas piden a gritos más asesinatos que, a veces, se consuman. Monumentos, discursos, homilías o acuerdos municipales, glorifican a conocidos delincuentes. Sus autores no son locos aislables por procedimientos médicos o policiales, sino grandes colectivos. Estos y otros son acontecimientos de una inmensa repercusión social y muestra indudable de la gravísima enfermedad social que padecemos.

La enfermedad vasca tiene un nombre: anomía. La anomía es un fenómeno infrecuente, pero no nuevo.

Los clásicos griegos utilizaban el vocablo para describir la «desintegración de los valores y criterios tradicionales para distinguir el bien del mal, basados en las convicciones religiosas de una sociedad».

Anomía quiere decir ausencia de normas, pautas de conducta, leyes.

Horror al vacío

Como la naturaleza tiene horror al vacío, la ausencia de normas provoca la aparición de otros valores nuevos, utópicos y no contrastados. Devaluado el principio de que el ñn no justifica

los medios, sectores fanatizados se proponen alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Así, la anomía crea una situación prerrevolucionaria. En ella se encuentra ahora el País Vasco.

A la crisis de valores de Occidente, en el País Vasco se han sumado algunos factores suplementarios. Nuestra Iglesia ha sufrido el descalabro de que un considerable número de sus miembros, obnubilada o perdida la fe trascendente, han desviado sus fervores, sustituyendo la redención por la lucha nacional o de clases, la salvación por la libertad popular, la mística por la revolución. En suma, bajo el pretexto de la encarnación, abandonaron a Dios por el mundo, y en vez de la buena nueva predicaron una teoría de la lucha social basada en la equiparación de dos violencias, las llamadas institucional y revolucionaria.

Paradojas nacionalistas

Al finalizar el régimen de Franco, el nacionalismo apareció investido de la suprema legitimidad democrática, como premio a la persecución y testimonio que, aunque no en exclusiva, había protagonizado durante cuarenta años. Pero, confiando en vano en que las aguas volverían a su cauce, se dejó arrastrar por una corriente que, creían, discurría en su misma dirección.

Es cierto que, también en este sector, se está produciendo una toma de conciencia. Pero, todavia hace unos días, el Gobierno monocolor vasco presentó a la opinión pública un programa en el que se dignificaba al terrorismo con el sobrecogedor nombre de «lucha armada» y en el que se contemplan para él medidas de gracia. Se convierte así el Gobierno vasco en la única autoridad legítima del mundo que concede tratamiento militar a bandas de asesinos que operan en el ámbito de su jurisdicción.

La idea revolucionaria

Al llegar la simultánea crisis política y económica, en pleno colapso de los valores del orden social, triunfó en el País Vasco su empeño de presentar al Estado como una nueva ramera de Babilonia, aquella madre de deshonestidades, ávida de sangre de mártires que describe el Apocalipsis.

Se ha dicho que la revolución devora a sus hijos, como Saturno. Pero lo cierto es que no los devora a todos. La revolución produce el desencanto de los idealistas. Cabe citar a Bolívar. También Rousseau, aclamado por algunos como el padre de la revolución, confesó al final de sus días su horror por ella. Desencantada por la revolución rusa, Rosa Luxemburg escribió su más lúcida crítica.

Hoy se insiste por doquier en que el desencanto es la mayor amenaza para el orden y las instituciones, cuando lo cierto es precisamente lo contrario. Un desencantado es un idealista que ha perdido la inocencia y todo idealista, despojado de fanatismo, es recuperable para la sociedad.

Hay muchos desencantados en el País Vasco y todas las fuerzas sociales responsables deben dedicarles una atención prioritaria. Ofrecerles objetivos razonables, reconocer los propios errores. Pedirles su colaboración, por última y definitiva vez, para aislar a los asesinos y provocar la reacción social que esta tierra necesita y que puede, sin duda, generar.

Entre la anomía y la revolución, queda todavía la esperanza de un sinnúmero de desencantados recuperables para la causa de la paz y la libertad.

 

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