Con sincero amor a los que matan y a los que son muertos. 
 Afirmamos el derecho del pueblo vasco a sobrevivir  :   
 Pastoral conjunta en apoyo del autogobierno y condena del terrorismo. 
 ABC.    11/11/1978.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

«CON SINCERO AMOR A LOS QUE MATAN Y A LOS QUE SON MUERTOS»

"AFIRMAMOS (dicen los obispos de bilbao y san sebastián) EL DERECHO DEL PUEBLO VASCO A SOBREVIVIR"

Pastoral conjunta en apoyo del autogobierno y condena de) terrorismo

Madrid. (Des nuestra Redacción.) tos obispos de Bilbao, San Sebastián y el consejero de vicarios de la diócesis de Bilbao han hecho pública una pastoral conjunta bajo el título de «Defendemos la vida del hombre para construir la paz». Reproducimos el sexto integramente.

«Estamos viviendo un tiempo de gran trascendencia histórica. Está en juego el futuro político, económico y cultural de nuestro pueblo, y aun la misma concepción del nombre sobre la que se edifica la futura sociedad. Nadie Ignora que ese futuro estará fuertemente condicionado por lo que hoy hagamos o dejemos de hacer. La coyuntura histórica es grave. El Estado español busca su propia forma constitucional; el pueblo vasco entre la esperanza y la frustración, lucha por conseguir las fórmulas jurídico-políticas adecuadas que le permiten sobrevivir como tal pueblo, en el reconocimiento de sus propios derechos históricos.

Los obispos hemos mantenido una postura de respeto ante estas debates políticos. Afirmamos el derecho de los pueblos y también el derecho del pueblo vasco a sobrevivir, a desarrollar su identidad histórica y sus valores culturales, y a gozar de sus propios órganos de gobierno. No nos corresponde entrar en la discusión de las modalidades más adecuadas para el logro de estos objetivos; no somos tampoco los llamados

a hacer el juicio de pasados procesos históricos.

Como hijos de este mismo pueblo vasco, hemos seguido con interés, con esperanza y con inquietud, todas las etapas de este momento. Ahora sentimos un profundo dolor y abrigamos también, lo decimos con pena, un grave temor. Una vez más sentimos sí deber de hablar ante la grave situación que estamos viviendo en Vizcaya y Guipúzcoa. El silencio seria contrario a nuestra conciencia pastoral; sería también la negación de un servicio que, aunque humilde, debemos a la paz y al futuro de nuestro pueblo.

Sentimos un profundo dolor por la sangra que se está derramando; nos duela y nos angustia e) pensar que es éste un procesa escalonado cuyo fin no es fácil prever. Nuestra conciencia cristiana y episcopal se sienta profundamente herida por la facilidad con que se lesiona el grave mandamiento de Dios: "No matarás". Sin el respeto a la vida, sean cuales fueren las motivaciones por las que se atenta contra ella y por las que se quiere justificar su eliminación, no es posible fundamentar ni la paz, ni el derecho de los pueblos, ni el orden necesario para la convivencia.

No queremos cargar sobre nuestra conciencia la grave responsabilidad de no haber lanzado un grito de alarma que llegue a todos, y particularmente a los que de una u otra manera tienen en sus manos el poder de suprimir unas vidas que sólo a Dios pertenecen.

Hemos de ser conscientes del riesgo que encierra una escalada de acciones y reacciones, lesivas de los derechos humanos. Como tantas veces lo hemos repetido, no es éste el camino de la paz. Con un sincero amor cristiano a los que matan y a los que son muertos, y a todos los que quieren de verdad al pueblo, su justicia y su libertad, queremos decir una vez más: ¡Basta de sangre!

No podemos callar, porque abrigamos también un grave temor. Temamos por el futuro de nuestro pueblo al que amamos con pasión; tememos, también, que a pasar de tanto dolor no se llegue a alumbrar los cauces jurídico-institucionales que posibiliten una verdadera pacificación; pero no debemos conculcar hoy los derechos sobre los que decimos querer edificar mañana una convivencia de justicia y de libertad. Una sociedad que pisotea y aniquila al hombre, sea quien fuere, carece del fundamento sólido necesario para conquistar la auténtica liberación del hombre y de la sociedad.

Son demasiado graves los problemas de todo orden con los que hemos de enfrentarnos ya ahora; no podemos aniquilar ni debilitar nuestro potencial humano y creador, del que han de pedirnos cuentas nuestros

hijos. Somos deudores de un legado histórico al que llenen derecho los que vendrán después de nosotros. Nuestra historia no comienza hoy, ha sido grande el sufrimiento y el trabajo sobre el que se ha ido haciendo nuestro patrimonio económico y cultural. Si el pueblo vasco tiene que ser distinto, hagámoslo entre todos, pero con las armas propias de una convivencia y de una dinámica humana.

Como cristianos que somos, no ignoramos el misterio profundo del oseado que anida en nuestra interioridad personal y en las relaciones sociales, económicas y políticas; la muerte de Cristo nos ayuda a descubrir la profundidad del misterio humano que se trasluce en las situaciones de dolor y de muerte que catamos viviendo. Esa muerte, y, en ella, las muertes de nuestros hermanos, nos juzgan a todos. La muerte y la resurrección de Cristo nos invita a confiar en el Dios que salva. También la paz entre los hombres es un don de Dios que hemos de pedir con humildad, porque no somos capaces de lograrla por nuestras propias fuerzas.

Queremos invitaros a todos los creyentes a pedir la verdadera paz que se edifica sobre la justicia y que sólo los justos serán capaces de desear y de crear. Los espíritus que abrigan sentimientos de odio y de venganza no pueden hacer [a paz. Más que nunca tienen actualidad entre nosotros las palabras de Jesucristo: "Bienaventurados los creadores de paz".

Esta mirada de fe nos lleva así a la esperanza. Tanto sufrimiento no puede ser inútil, como no fue inútil la muerte de Cristo. Seguimos creyendo en la bondad de los hombres, en sus esfuerzos creadores, la sensibilidad de nuestro pueblo, en la Imaginación creadora de los responsables de la política y del mismo pueblo. En la presencia del espíritu de Dios en la marcha de la historia humana. Creemos, en fin, en el Padre que está también hoy con nosotros. Por esto, nuestra llamada a la pacificación colectiva se convierte en una oración confiada al Padre: Señor, danos tu paz.»

 

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