En la guerra contra España     
 
 ABC.    10/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EN GUERRA CONTRA ESPAÑA

Las declaraciones de don Telesforo Monzón al diario francés «Le Fígaro» desbordan cualquier margen de tolerancia que pudiera establecerse en el juego político. El diputado de Herri Batasuna declara estar en guerra contra España y asegura que los asesinos terroristas de la ETA son «héroes que se baten por una causa nacional sagrada». Naturalmente, esta «causa sagrada» es la liberación del País Vasco, ocupado militarmente por España desde hace ciento cincuenta años. Según don Telesforo, España ha perdido ya esta guerra. «No hay una sola bandera española en todo él País Vasco. Y si un español gritara esta tarde ´¡Viva España!´ en San Sebastián, esto sería considerado como una provocación y se produciría un incidente.»

No aclara el parlamentario señor Monzón cuál sería la naturaleza y el alcance de este «incidente». ¿Quiere decir, tal vez, que el español causante de la «provocación» sería asesinado —como tantos otros— por los «héroes» de la ETA? ¿Es que se puede, publicar tranquilamente una amenaza de este género sin que se pongan en marcha, al .mismo tiempo, los mecanismos encargados de castigarla? ¿Y es que a- un diputado le está permitido decir públicamente «que no se incompora al Congreso en Madrid porque no quiere sentarse en un Parlamento extranjero»?

Nos da la impresión de que, en este tema de! País Vasco, alguien ha perdido los papeles. Un sistema de concesiones y debilidades como el que se ha seguido hasta ahora tenía que conducir fatalmente a esta insolencia, a este desprecio, a este reto jactancioso con que el señor Monzón desafía a las Cortes, al Gobierno y a España. A cada repliegue, a cada entrega del Poder se multiplica el desgarro de las provocaciones separatistas. Lamentable situación es esta en que la legitimidad democrática de Tos gobernantes no se acompaña de la fuerza moral, de la convicción necesaria para cortar de raíz, ejemplarmente, un despropósito como e! que comentamos.

¿Qué sucedería si un grupo de vascos decidiera afirmar su españolismo por las calles de San Sebastián, o de cualquier otra ciudad vascongada, con gritos de afirmación patriótica, con banderas y signos que la proclamaran?-¿Se les podría culpar si defendieran unas convicciones entrañables con los mismos procedimientos que se juzgan válidos y hasta admirables para los terroristas? ¿O es que habrá que admitir que un grupo de criminales imponga por la fuerza su ley particular, silenciando a golpe de metralleta las voces y las voluntades de todos aquellos que quieren, de corazón, seguir siendo fieles a un destino común con todos los pueblos de España?

Nadie podrá acusarnos de «catastrofistas» o «desestabilizadores». Diariamente tratamos de reducir los mil problemas de esta difícil etapa política a términos de diálogo razonable. Diariamente tratamos de comprender la razón ajena y de acercarnos a su parte de verdad, olvidando, a veces, matices de opinión que nos son especialmente próximos y respetables. Hoy, sin embargo, no nos queda otro tono que el de la indignación, el de una ira sobradamente justificada. Las concesiones tienen un límite, más allá del cual la moderación se transforma en gravísimo pecado, y la prudencia puede confundirse con la cobardía. Las declaraciones del diputado Monzón exigen una respuesta inmediata del Ministerio de Justicia, de las Cortes o del mismo Gobierno. Una respuesta clara y terminante que nosotros desearíamos reafirmase el precepto constitucional que establece «la indisoluble unidad de España».

 

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