ETA, o el terror como única dialéctica  :   
 El Estatuto acordado le despoja del último disfraz. Los "Etarras" han declarado la guerra a España entera. 
 ABC.    31/07/1979.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC. MARTES. 31 DE JULIO DE 1979. PAG. 7.

El Estatuto acordado le despoja del último disfraz

LOS «ETARRAS» HAN DECLARADO LA GUERRA A ESPAÑA ENTERA

Madrid. (De nuestra Redacción.) No hay guerras limpias, ni guerras hermosas, salvo en los libros de Historia. Pero sí existe gradación en el horror y en la suciedad. La guerra que ETA mantiene, en un principio contra las Fuerzas del Orden, luego contra el Gobierno de Madrid, ahora contra España entera, es una de las más salvajes, injustas, sangrientas y oprobiosas que hayan podido darse hasta el momento en estos últimos siglos vandálicos de la Humanidad.

Escribimos estas lineas poseídos por la tristeza, por la indignación y por el dolor, convencidos de haber llegado a un punto límite en la vil escalada de violencia que, originada desde el País Vasco, lleva cobrados más de dos centenares de víctimas. Después def acuerdo al que, sobre el texto del Estatuto, el Estatuto de Guernica, llegaron tanto el Gobierno como los partidos vascos todos —excepción hecha de Herri Batasuna, representante directo de la ilegal y asesina ETA—, ya no caben más excusas ni coartadas.

El presidente del PNV y de! Consejo General Vasco, Carlos Garaicoechea, al referirse a la negativa de Herri Batasuna a aceptar el Estatuto, señalaba su preocupación por este hecho a la vez que manifestaba: «Creo que se está produciendo una situación crítica en el interior de este sector.»

Coletazo acaso final de ETA, insolidaria con el resto de los habitantes del País Vasco para demostrar, tal vez, que sus miembros y simpatizantes, por no ser españoles no son tampoco vascos—, las tres bombas colocadas en el aeropuerto de Barajas y las estaciones de Chamartin y Atocha, poco después del mediodía del domingo, con su amarga secuela de los muertos y cerca de 120 heridos, enlazan con el asesinato de dos policías nacionales, en Bilbao, y el ametrallamiento de tres guardias civiles en la localidad guipuzcoana de Herrera, perpetrados entre la mañana y la noche del pasado sábado. Así resuelve ETA las disensiones producidas en su seno. Tanto da que se consideren los atentados como demostración última de una trayectoria crimina!, afirmación inequívoca de su condición de pistoleros y terroristas, o que se juzguen estas últimas acciones asesinas como el inicio de una guerra absoluta contra todos los españoles, vascos incluidos, en la que no cabe cuartel para nadie por razones de condición civil, sexo o edad. La única resultante es que ETA, sin más apoyo que su locura y utilizando, como siempre, el terror como única dialéctica, está en guerra y nos considera a todos los españoles como sus enemigos, dispuesta a no conceder ningún cuartel.

Ya no pide nada la ETA. Antaño escondía su condición gangsteril apoyando las peticiones de grupos y partidos geográficamente cercanos. Se aseguraba asi, cuando menos, una ausencia de condena explícita.

Pero todos los grupos y partidos han conseguido, siguiendo la cronológica evolución política del país lodo, sus objetivos. Y ya no tiene sentido solicitar de nuevo amnistías para asesinos probados.

Saben los pistoleros de ETA que no les quedan ya oportunidades de comerciar con el terror en el País Vasco. Que la autonomía, al conceder atribuciones y responsabilidades directas a los vascos, lea despoja de su último disfraz. Que no caben alusiones nacionalista» para enmascarar este relanzamiento del terrorismo, después del paréntesis de las dos últimas semanas. Y quizá por ello se lian lanzado • esta macabra orgía de bombas, con premeditada indiscriminación, buscando una reacción del Poder central, del Gobierno, que diese al traste con el acuerdo sobre el Estatuto y retrotrajera la situación al tiempo reciente en que las dificultades para (a consecución del mismo parecían a muchos insalvables.

La necesidad de la paz, de su logro, justifica la guerra que el Parlamento, el Gobierno y los españolea todos han de declarar, sin ambages, decididamente, a los criminales de ETA. Lo exige, además, nuestra propia definición democrática, la dignidad de nuestras instituciones, el honor de cuantos hoy viven en las Provincias Vascongadas, queriendo ser vascos para mejor ser españoles, y la propia seguridad de todos.

Acaso, desgraciadamente, esos muertos de Madrid —entre los que se encontraba una subdita alemana, uno de los millones de turista* que confiaban en nosotros—, esa niña de tres años herida en la explosión de una de las bombas y el casi centenar de personas que han sido atendidas en los varios centros sanitarios de la capital de España, no sean los últimos» No podemos hacemos ilusiones. No hay milagros en la lucha contra el terrorismo para su erradicación. Pero sí cabe Incrementar los efectivos, aumentar las dotaciones y adoptar las medidas de emergencia que se consideren oportunas. No caben ya reticencias políticas, ni existen ya posiciones contrapuesta*.

La guerra de ETA, con sus sangrientas y cobardes acciones del sábado y del domingo, es una guerra contra España entera, contra sus Fuerzas del Orden, contra los vascos que, mayoritariamente, han acordado un modelo propio de Estatuto con el Gobierno, y contra los españoles en general. Y es una guerra —vale repetirlo— absolutamente indiscriminada, que busca sus blancos entre las gentes pacíficas que se disponían a iniciar sus vacaciones, entre los que, tal vez, regresaban de ellas, que elige como escenarios estaciones de ferrocarril y aeropuertos, llevados sus lamentables provocadores por un loco jr cobarde afán de matanza, dejando maletas en las consignas, en la repugnante confianza de que todos, sin excepción, constituimos, en cuanto seres vivos, objetivo apetecible.

No hay ahora —no puede haberlas— motivaciones políticas. La formulación general de ruptura de los distintos entes regionales, protagonizada por ese personaje absurdo y cantor de criminales, llamada Telesforo Monzón, Inventando embajadores de Galicia y del País Vasco, no pasa de ser una anécdota ridícula. Es el momento, pues, para que el Gobierno, garante en primera Instancia de nuestras libertades y derechos, se lance a esa ofensiva en gran escala que nuestra integridad general y particular precisa.

 

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