Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   El pulso final     
 
 ABC.    31/07/1979.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ABC. MARTES, 31 DE JULIO DE 1979, PAG. 8.

EL PULSO FINAL

CUANDO hace unos días, inmediatamente después de redondearse el acuerdo político sobre el Estatuto vasco, un dirigente de ¡a izquierda nacionalista «firmaba que aquello era «el principio del fin de Herri Batasuna», quería significar que con esa misma fecha comenzaba a diluirse el apoyo popular a la lucha armada y se iniciaba la agonía de ETA como factor de incidencia continua en la realidad política vascongada. Casi simultáneamente los activistas de la rama «político-militar» se enfrentaban a puñetazo limpio a ios de la rama «militar» en las dependencias de la prisión de Soria, siendo la validez del Estatuto de Guernica el motivo de su trifulca.

Desde el mismo comienzo de la transición, la ETA ha actuado de acuerdo con una estrategia lógica y coherente, basada en la aplicación de! principio de gradualidad en el incremento de la tensión política que se obligaba a soportar e las nuevas Instituciones democráticas. En las propias publicaciones de ETA puede verse desarrollada la teoría de las «contradicciones internas», según la cual el mejor aliado de cara a la consecución de sus fines —un País Vasco independiente, convertido en república mar-xista-leninista— sería la propia sociedad española, dividida y cuarteada por la discusión sobre qué medidas conviene adoptar, subsiguiente a cada atentado terrorista, y por la sensación de frustración e impotencia que produce la impune repetición de los mismos. Guerra psicológica, pues, en el más elemental sentido del término.

Por esa razón los golpes de mano de ETA siempre se han producido de forma espaciada y selectiva. A un atentado contra un general no seguía nunca otro atentado contra otro general veinticuatro horas después, sino un periodo de silencio y al cabo del tiempo un golpe de mano contra un oficial de superior graduación. El listón iba subiendo poco a poco y, entretanto, en nuestra conciencia colectiva se iba incubando paulatinamente la tormenta de la irritación, la crisis de identidad y «I derrumbamiento de la fe en la aventura política emprendida. Era ésta una escalera fatídica, uno de cuyos últimos peldaños, previos a! precipicio, se caracterizaba por la intervención del Ejército en el País Vasco.

Era lo que todos denominábamos ya la «ulsterización» del problema. En ese contexto, la ETA pasaría a la guerra de guerrillas, robusteciendo su implantación popular y sentando -las bases de una auténtica insurrección y de una auténtica guerra civil en el sentido más crudo de la expresión. Y que nadie pensara en poder ponerle vallas al conflicto. La ETA actuaría también en la retaguardia de las supuestas «fuerzas de ocupación», engendrando la semilla del abandonismo. A esa fase pudieran corresponder dentro del diseño etarra los alentados cometidos anteayer en Madrid, nitida calcomanía da tos protagonizados por el IRA en Londres.

La gran diferencia reside en que mientras los soldados británicos continúan patrullando las calles de Belfast, el pacto político perfilado en la Moncloa y rubricado en el Congreso viene, precisamente, a disipar el fantasma de la intervención militar en el País Vasco. Nadie esperaba que la UCD y el PNV, que Suárez y Garaicoechea, pudieran llegar a un acuerdo tan rápido y pleno. Ni la mayoría de los observadores, ni los miembros de la clase política que se devanaban los sesos buscando fórmulas de negociación alternativas, ni tos estrategas de ETA contaban con ello.

Eso explicaría el silencio de las metralletas durante la propia tramitación parlamentaria del Estatuto —meteórica a más no poder— y durante los días transcurridos desde su terminación. Este nuevo Pacto de la Moncloa y su favorable acogida por parte de la práctica totalidad de Ias fuerzas políticas vascas, incluido un partido como E1A, nacido de la propia ETA, significaba la quiebra de todo un proceso basado en la explotación propagandística de la dinámica acción-represión-acción.

Para ETA no quedaba más que la huida «kamikaze» hacia adelante, la aceleración del ritmo de los acontecimientos, aun con el riesgo de terminar sucumbiendo en el empeño. El envite al «todo o nada».

Ese es el significado de unas acciones como éstas, desarrolladas sin la cobertura de una coyuntura política adecuada. La ETA necesita que esto —España, ia democracia, la paz civil— salte por los aires o al menos alcalce una fase crítica de podredumbre antes de que en octubre la inmensa mayoría del pueblo vasco acuda a decir «sí» al Estatuto de Guernica, antes de que sus conciudadanos empiecen a considerar a los agentes de la autoridad como garantes de un nuevo «statu quo» para ellos satisfactorio, antes, en definitiva, de que en el País Vasco se difumine el sentimiento antiespañol» y de que en el resto del Estado desaparezca el sentimiento «antivasco».

Comienza, pues, el pulso final. Un pulso tal vez especialmente desalentador y doloroso, pero en cualquier caso definitivo. Su desenlace depende de la fortaleza de todos, pero en especial de las fuerzas políticas del País Vasco y de los ciudadanos del País Vasco. En el otro lado de la balanza ya no hay simples declaraciones de buena voluntad, sino la realidad tangible de una autonomía generosa y amplia. Es, en definitiva, el derecho a disponer de su propio destino lo que ahora se juegan.—P. J. R.

 

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