Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Legitimación del golpe de Estado     
 
 El Alcázar.    21/08/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

NACIONAL

LEGITIMACIÓN DEL GOLPE DE ESTADO

ME impresionaron mucho las declaraciones del secretario de Estado para Asuntos Exteriores, nada más desembarcar en Malabo, antes Santa Isabel. He seguido con emoción las peripecias del golpe militar en Guinea. Hace muchos años que coincidí allí con Juan Velarde, encargado por la Presidencia del Gobierno de diseñar un plan de desarrollo en beneficio de los guiñéanos.

Juan y yo percibimos grandes posibilidades de aplicaciones ideológicas frustradas en la España del Movimiento por la derecha confesional. Tampoco fue posible ese sueño. Los tecnócratas que ya anidaban en los conductos del sistema, agudizaban el retrato que José Antonio hizo en su día de los metódicos productos humanos fabricados por Acción Popular. De aquella estancia volví con un caudal de buenos amigos guiñéanos. La mayoría de ellos murieron a manos de Macías. Dios se lo perdone a Antonio García Trevijano y a quienes éste servía. La sangre fraternal de aquellos guiñéanos me conmovió profundamente en Roma.

Deseaban un Estado asociado a España y se encontraron sepultados en una tierra comprada por el multinacionalismo capitalista y apropiada por el internacionalismo marxista. Igual que en otros tantos lugares de la Tierra, escenario de otros tantos gigantescos martirios silenciados.

Cuando algunos alzábamos la voz en son de exigencia reivindicativa por aquellos hermanos negros asesinados en Guinea, las vestales de la democracia nos arrojaban al lazareto de los fascistas. Macías, el invento de García Trevijano, era presentado como un liberador democrático. Capitalistas y marxistes estaban de acuerdo, igual que lo estuvieron cuando Fidel Castro bajó de Sierra Maestra de la mano de la CÍA y con escapularios de Acción Católica. E igual que lo están ahora en Nicaragua. Si entonces hubiéramos propuesto un golpe de Estado contra el tirano, nos habrían anatematizado y puesto en la picota por incitación a la revuelta antidemocrática. Todavía Macías era útil por aquel entonces a capitalistas y marxistas. Macías tenía una misión que cumplir, lo mismo que Idi Amín o Bokassa. Como estos dos, Macías no ha caído por sus crímenes, sino por haber cumplido a plena satisfacción los fines destructivos que tenía asignados.

Nada más llegar a Malabo, Carlos Robles Piquer proclamó su entusiasmo, su admiración y su solidaridad con las Fuerzas Armadas de Guinea por el golpe de Estado, merced al cual fue subvertido el régimen de Macías. También a mí me parece muy justificado que las Fuerzas Armadas guineanas hayan terminado de manera resolutiva con el régimen establecido por los internacionalismos capitalista y marxista, frente a España y los propios intereses de los guiñéanos. Las Fuerzas Armadas tienen, entre otras, la excelsa misión de salvar la Patria y defender al pueblo contra los enemigos del interior y del exterior. Está por ver todavía si los militares guiñéanos han salvado a su Patria y su pueblo o si, como recelan muchos exiliados, han sido utilizados para terminar con Macías por los mismos poderes que entronizaron a Macías. Pero el Gobierno español, por boca del secretario de Estado para Asuntos Exteriores, considera legítimo el golpe de Estado, por cuanto ha terminado con un sistema tiránico y un jefe despótico.

El Gobierno y los partidos conchavados con el Gobierno, se han mostrado igualmente satisfechos con el triunfo de la revolución en Nicaragua, por cuanto ha terminado con un régimen dictatorial y un jefe pretendidamente fascista. Para los demócratas españoles está justificado cualquier golpe de Estado, siempre que el régimen contra el que se produce no se considere suficientemente democrático. Todos los brazos de la partitocracia están de acuerdo en enviar a Nicaragua ayudas a la revolución triunfante. Me parece razonable que España repare, en parte, los daños humanos y materiales que contribuyó a ocasionar. Es sabido que España se sitúa a la cabeza de las naciones que financiaron la guerra revolucionaria contra Somoza, realizada por unas fuerzas que sólo eran nicaragüenses en un veinte por ciento escaso. Con dinero español, las «brigadas internacionales» (así fueron denominadas oficialmente, igual que casi medio siglo antes en España) causaron gran mortandad y daños sin cuento. Pero esta ruptura brutal de la fraternal neutralidad mantenida por España tradicionalmente en Hispanoamérica, se justifica en la teoría de que es lícito terminar con los regímenes dictatoriales, para restablecer, no ya la democracia, sino una mera presunción o falsificación de democracia.

Me temo que estas actitudes suponen el establecimiento de precedentes peligrosos para los mismos que los promueven. ¿Quién define el carácter de dictadura de un determinado régimen político? ¿Quién ostenta autoridad bastante para garantizar que el levantamiento contra un cierto sistema político, tildado de despótico, configura un camino legítimo hacia la democracia?

¿Y quién sanciona la pureza democrática de las intenciones e incluso del establecimiento?

Antes de pronunciarse de manera tan radical sobre la validez y legitimidad de los alzamientos armados contra unas u otras presuntas dictaduras, los políticos del «Estado español» deberían haber leído el penetrante ensayo del profesor Zafra Valverde, titulado «Balance necesario para España». Afirma, entre otras cosas, el profesor José Zafra: «...Lo que tenemos es esto: un sistema de oligarquías competitivas y plebiscitadas, que gira sobre el principio negativo de la libertad ideológica sin límites.» Una forma oligárquica de disfrute del poder no difiere demasiado de cualquier modelo despótico, dictatorial o tiránico, al menos en términos teóricos.

Pero tampoco el balance de la sangre juega a favor de la hipótesis democrática. ¿Qué más da si la sangre está decidida desde el poder o es vertida mediante acciones promovidas en los suburbios del sistema, sin una respuesta represiva adecuada por quienes tienen el deber de darla?

Ismael MEDINA

 

< Volver