Señor de Vizcaya, señor de la paz     
 
 Diario 16.    03/02/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Señor de Vizcaya, Señor de la paz

Cuando el avión real despegue esta mañana del aeropuerto de Madrid, nuestro joven Monarca dejará atrás el más complicado tejido de intrigas políticas en el que hasta ahora le ha tocado mediar. Los sucesos de los últimos días han puesto a prueba su poder moderador, su intuición y su prudencia.

Pese a que, por ahora Don Juan Carlos ha decidido esperar acontecimientos y todas las piezas del «puzzle» deben estar permanentemente en su cabeza, el sentimiento que dominará esta mañana en su ánimo no será, sin embargo, la preocupación, sino la esperanza.

¿Cómo podría ser de otra manera, si quien tanto ha aguantado por España y por la democracia, va a poder hoy al fin llenar uno de los grandes vacíos de la primera etapa de su reinado?

En un mámente tan importante para él, los corazones de sus conciudadanos deben acompañarle con toda la fuerza del afecto. Cinco años después de su Coronación, ya no quedará a partir de ahora ninguna tierra de España en la que su presencia física no haya reafirmado los valores de la transición pacífica que él encarna.

Y es que, de hecho, el viaje de Don Juan Carlos al País Vasco remata todo un periodo constituyente en el que las reglas del nuevo juego democrático han quedado trazadas. La baraja entera está ya, pues, sobre la mesa, al destaparse esta última y significativa carta.

Paradójicamente, fueron los parlamentarios vascos, a quienes se presuponía un irrefrenable afán disgregador, quienes durante los debates de la ley de leyes nos hicieron hablar a todos de la «unión en la Corona». Han pasado casi tres años de aquellas justas dialécticas y quienes tachaban de anacrónicos y obsoletos los planteamientos, basados en los derechos históricos de Euskalherría, están empezando a aprender a respetar la actualización de los viejos fueros.

No es de extrañar que muchísimos vascos vieran proyectarse la sombra alargada del Rey, tras los pactos políticos que posibilitaron el Estatuto de Guernica. Durante doce siglos sus antepasados supieron vivir y prosperar con la Monarquía. Primero se entendieron con el rey de Navarra, luego con el de Castilla, finalmente con el Rey de España.

Muchas de las ilusiones de los nacionalistas más combativos estuvieron durante cuatro décadas depositadas en la figura de don Juan de Borbón. También eso explica su emoción —sirvan, de ejemplo, los gestos de Julio Jáuregui— en el momento en que su hijo les visita con la mano extendida y una rama de olivo entre los labios.

Don Juan Carlos, «el pacificador», llega hoy a su Señorío de Vizcaya. A su lado, una mujer —la Reina que hace apenas cuatro meses tuvo la sensibilidad suficiente como para anteponer la solidaridad con el dolor a cualquier pequeña conveniencia política.

Es posible que su viaje choque con la hostilidad de un sector minoritario incapaz de captar ningún mensaje de concordia. Ello lo hará doblemente valioso. Tarde o temprano algo cambiará en Euskadi si el Rey empieza por derramar allí toda la carga de bondad que lleva en su equipaje.

 

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