Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   El Rey y Euskadi     
 
 Diario 16.    03/02/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

El Rey y Euskadi

«Grupos de extrema derecha, individuos para quienes la nostalgia de la pistola se trueca en incitación política, fanáticos para los que la paz ha de asentarse sobre cementerios para disidentes, acostumbran en sus extraviados círculos a atacar al hombre singular que ahora visita el País Vasco.»

Cuantos allí, durante el tiempo oscuro de la dictadura, vivíamos y luchábamos, cuando aún no habían surgido algunas manadas de abertzales que entonces confundían su medro con el silencio, posesíamos una opinión indiferenciadora sobre cuanto emergía en el extinto entramado institucional. Mas en relación a mi propia y peculiar contemplación del Rey, me percaté por primera vez de que quien iba a suceder a Franco no continuaría su peripecia, de que el sucesor no era el heredero, en el crispado mediodía del primero de octubre de 1975, viendo en San Sebastián las imágenes de la televisión.

Una multitud tensa, que buscaba ahuyentar sus temores crepusculares mediante incierto y aparatoso vocerío, se apiñaba en la plaza de Oriente bajo el balcón en el que se encontraban el decrépito dictador, sus íntimos, sus ministros... y el entonces llamado Príncipe de España. El mundo entero y una gran mayoría de españoles repudiábamos los fusilamientos de cinco militantes antifascistas.

El régimen terminaba como había comenzado, y la condena era clamorosa en las calles libres de Europa o en el silencio premonitorio de los que aquí advertían la llegada de una nueva época. El anciano general sacaba fuerzas de flaqueza para sonreír, complacido, a sus vasallos, lo mismo que cuantos le rodeaban, excepto uno, el cual, en el mismo lugar, miraba serio, preocupado, y con legítimo recelo, a la marea decadente de los vítores.

Forzado aislamiento

Porque aquel hombre, en su forzado aislamiento del momento, quizá vislumbrara otros futuros de espontáneas, cálidas, masivas y libres adhesiones suscitadas por la sensibilidad razonadora, y no por la visceralidad funeraria.

El Rey cuyo quehacer político futuro queríamos intuir en aquel lejano primero de octubre, y al cual la historia califica ya de clave rotunda del proceso democrático, viene a Euskadi, con la Reina. Han recorrido otros lugares, otras comunidades que armoniosa y complementariamente integran España, de forma distinta de quienes lamentablemente creen que el Estado puede ser el resultado de tensionar, crispadamente, las relaciones entre eso que llaman Madrid y lo que sea.

Los socialistas pensamos que el Estado no ha de construir su configuración moderna sobre penosos enzarzamientos, sino evidenciarse cúspide instrumental de la solidaridad entre los pueblos que componen España, de modo que el autogobierno de cada uno para realizar su personalidad no vaya en detrimento de la imprescriptible unidad, y ni al contrario.

La Corona y Euskadi

Por eso nos parece excelente que los Monarcas recorran las rutas de Euskalherría, se demoren en sus apasionados pueblos, conversen con sus gentes —tan llenas por el deseo de paz y trabajo—. Y cuando Don Juan Carlos se asome nuevamente a la bahía donostiarra, el bello paraje en el que los montes Igueldo y Urgull cercan el mar de los vascos, con seguridad —recordando su visión adolescente desde el palacio de Miramar— ha de recordar que el sereno paisaje que allí se admira es la adecuada imagen de mi País Vasco, y que esa serenidad planta su obstinada resistencia frente a coléricos e irrazonables encrespamientos, a los que terminará por doblegar.

Pero también a la luz de recientes declaraciones se ha de señalar que no vemos vínculos específicos entre la Corona y el pueblo vasco, que tipifiquen, diferencialmente, las relaciones entre Euskadi y el resto de España. Ramón Labayen, como portavoz del Gobierno peneuvista, ha dicho que el Monarca viene «a reforzar los lazos peculiares que siempre han existido entre la Corona y el pueblo vasco, y que constituyen, en resumidas cuentas, para nosotros el eje, el fundamento de nuestra asociación, nuestra solidaridad y nuestra presencia en el Estado español, actualmente la Monarquía española».

Aplaudimos la cordial disposición nacionalista hacia el viaje del Monarca, pero mucho temo que sus motivaciones sean distintas de las nuestras. Para ellos, para los abertzales pacíficos, Don Juan Carlos se desplaza a estas tierras resucitando unos anacrónicos lazos personales que tuvieron vigencia medieval, cuando la realeza era absoluta y la incorporación de los distintos territorios de la Corona se realizaba de forma familiar.

No se debe confundir el sentido que de Euskadi parece tener el PNV —hay que ver cómo cunde el nepotismo y el digitalismo en la función pública vasca— con el que no posee la Corona respecto a los diversos pueblos del Estado. La España moderna ha dejado atrás confusas reminiscencias arcaizantes y no debe asumir las características de una Commonwealth.

La Constitución nos habla de la sugestiva complementariedad del concepto de región y nacionalidad —por medio del cual vascos, catalanes, gallegos, andaluces, extremeños... prosiguen su singular peripecia histórica- con el de la nación española, patria indivisible de todos los españoles, y a cuyo través impulsamos nuestro común destino. Y en esa Constitución, el Rey aparece como símbolo de la unidad y permanencia del Estado, de un Estado de autonomías, enriquecedor y plural, y por ello visita Euskadi.

La independencia

La visita del Rey puede servir, entre otras cosas, para constatar que la claridad ha de imponerse, que la ambigüedad ha de rechazarse, que la solidaridad debiera institucionalizarse. El Gobierno español ha de marginar cualquier recelo que impida la urgente consolidación del autogobierno vasco. Por parte nacionalista se han de excluir todas las ambigüedades que alientan la desconfianza, apostando decididamente por la unidad de España.

Y en este sentido no resulta estimulante que antes de la llegada regia, el domingo 27 de enero, el dirigente máximo del PNV haya invitado en Munguía a «trabajar sin desmayo. Hay muchos que hablan de independencia y luego escurren el hombro. Si de verdad buscan la independencia deberían tener muy claro dónde se sirve más y mejor a este pueblo». ¿Y dónde mejor que en el seno de su propio partido, podríamos añadir nosotros, en consecuencia con sus palabras?

Por todo ello creemos que el viaje de los Reyes ofrece una magnífica pauta para el contraste e intercambio de opiniones, el conocimiento sereno de los diversos puntos de vista y, sobre todo, la destreza para encontrar convergencias que, sin conducirnos a callejones sin salida, nos lleve a prometedoras renovaciones.

La alta ocasión que el Rey de España nos depara ha de mover la complacencia y el afecto.

 

< Volver