Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Instinto y valor del Rey     
 
 ABC.    05/02/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

Pequeños relatos

Instinto y valor del Rey

Confieso mi perplejidad cuando supe el viaje de los Reyes al País Vasco. Pero la perplejidad es también una muestra de información insuficiente, y no era cosa de un escritor preguntar al Rey las razones por las que había decidido ir al País Vasco. Estoy seguro que las tendría, porque hay una evidencia que es preciso reconocer, y que es el Instinto político del Monarca; eso no quiere decir que el Rey esté siempre acertado.

Es un hombre, y tiene su capítulo abierto de aciertos y de errores. Este asunto, sin embargo, era tan grave que la persistencia del Rey en esta visita tenía que estar avalada por grandes caudales de conveniencia o de necesidad. La cosa es que, igualmente, ha probado otra cosa que tiene, y es valor, o «audacia contenida», que dicen algunos filósofos. Estoy seguro que el Rey esperaba algunas muestras de descortesía o de hostilidad. Pero no era su problema, sino el de los descorteses y hostiles. Un Jefe de Estado como el actual, que está por encima de los avalares políticos, que no tiene funciones ejecutivas en la Constitución, que ha traído a este país una democracia y ha abierto un proceso autonómico superior al de la II República, merecía, cuando menos, la recepción cálida y el respeto. Aguantó en la Casa de Juntas de Guernica la embestida abertzale con una invitación a entender la libertad de expresión, y con una afirmación de confianza en la democracia. Fue una gran muestra de serenidad. Pero este asunto no tiene precedentes en la historia de nuestro proceso constituyente español, desde las Cortes de Cádiz en adelante. Es otra nota decisiva para la afirmación de que estamos ante una verdadera crisis de Estado. La única manera de afrontar esta crisis es no andarse por las ramas. Ahora mismo hay una gran incógnita nacional sobre lo que va a salir de Mallorca, y no hay un solo camino abierto sin conocer antes ese resultado. Está por ello condicionado el futuro pacífico y estable de España a que un partido encuentre su identidad interna y se ponga de acuerdo en la baraja de sus titulares. Es, nada menos, que el partido en el Poder. Paralelamente a este suceso sorprendente, y cuatro años después de la instauración de la democracia, resulta que el proceso autonómico, lejos de estar en su madurez institucional, y con sus mecanismos listos de integración en el Estado, está todavía en aquella mezcla —con otras formas— de carlistas, de nacionalistas, de jesuítas y de racismo. Está todavía en período de barricadas. Parece claro que la autodeterminación no es posible, porque no está en la cuenta de 1977. Parece igualmente transparente que la comunidad autonómica de Euskadi tiene sus textos jurídicos en el Estatuto de Guernica. Ni al Rey le puede pedir nadie otra cosa ni debe dejar de abonársele que dirige un Estado que ha ido más allá de lo que Indalecio Prieto señalaba como las grandes y útiles pretensiones de Aguirre. Históricamente, por otro lado, la Corona ha sido siempre el vínculo de todo aquello que se indentificaba como «las Españas». Yo no sé si los vascos se dan cuenta de que están añadiendo al fervor de sus aspiraciones o reivindicaciones un elemento grave de provocación. Las cosas pueden empezar a ir políticamente en este país —y ya por cansancio— como no han ido hasta ahora en algunos asuntos. En España se está demandando liquidación de lo ambiguo y autoridad en el Gobierno.—Emilio ROMERO.

 

< Volver