Autor: Urbano, Pilar. 
 Visita oficial de los Reyes al País Vasco. 
 "¡Vivan los Reyes valientes!"     
 
 ABC.    05/02/1981.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

NACIONAL

Visita oficial de los Reyes al País Vasco

Hilo directo

«¡Vivan los Reyes valientes!»

SAN SEBASTIAN (Pilar Urbano, enviada especial). Hoy se me hace difícil terminar esta crónica. Hoy se me hace difícil empezar. Podría finalizar con cualquier colofón brillante, expresivo, emocionante...,

porque los tengo a mano. El Rey, que «so el árbol de Guernica», en el silencio de una Cámara serenada con la fortaleza de su enhiesta presencia, recita en buen éusquera estos versos del «Euskaldunak»: «Que el futuro pueda exclamar: aquí existió un pueblo. O mejor aún, démosle ímpetu para que pueda perdurar.»

Un santuario, Loyola, donde el gentío se arracimaba bajo la lluvia inclemente, ya anochecido, para ver a los Reyes, gritando como letanía de gozo: «¡España, España, España!», mientras las campanas de la torre se desmelenaban en volteo.

Una mujer del pueblo, vasca de la cabeza a los pies, que sin remilgos coge a la Reina por el brazo y le dice a la cara: «¡Vivan los Reyes valientes!»

Los Reyes valientes. Podría ser, ¿por qué no?, blasón y apodo egregio de los que el pueblo da a sus Monarcas para cuando el presente sea Historia.

Si ayer decía «el Rey viene... a venir», hoy tengo que decir que el Rey ha descrito con su presencia de ánimo, sólida, de una pieza y a pie firme, una página tan difícil como crucial para la historia de nuestra transición. Como me diría, conmocsionado aún por los acontecimientos, el ministro de jornada, Rosón: «Se ha cerrado hoy una etapa... y se ha abierto otra aquí, ahora.»

Lo que ha ocurrido hoy en Guernica tenía que ocurrir. Y si no era bueno demorarlo, sí será fecundo haberlo afrontado echándole coraje y valentía, como han hecho los Reyes: no perdió Doña Sofía ni su serenidad ni su sonrisa. No se crispó el rostro de Don Juan Carlos, ni le abandonó la buena calma. Incluso —lo vi y lo oí—, acodado en el atril donde los folios de su discurso esperaban que se hiciera el silencio, en pleno fragor de «parlamentarismo» duro, tuvo el humor «Borbón» de volverse hacia los reventadores «abertzalles», los junteras y electos de Herri Batasuna que, puño en alto, cantaban el «Euzko Gudariak», ahogados por el clamor de vítores al Rey y ensordecido su canto por la caliente y prolongadísima ovación —yo conté ocho minutos, sin pausa—, y les dijo con gesto muy expresivo: «Cantad más alto, ¡hombre!, que no os oigo.»

Fue la de esta mañana en la Casa de Juntas de Guernica sesión memorable y tormentosa. A nadie pilló de sorpresa. Herri Batasuna lo había anunciado. Los Reyes lo sabían, pero corrieron el riesgo. «El Rey ha arrostrado el riesgo de este incidente —me diría el socialista Txiqui Benegas—. Ha sido una decisión valiente de un Rey que ha sabido estar y mantener una actitud firme.» Ya antes de comenzar el acto, hasta los corresponsales extranjeros se extrañaban de «la incorrecta vestimenta» de una veintena de parlamentarios y junteras de HB, descamisados, descorbatados y con jerseys de llamativo colorín. Cuando entraron los Reyes, el hemiciclo y las galerías se pusieron en pie como un solo hombre y rompieron en aplauso. Ellos, con gesto ostensiblemente provocador, permanecieron sentados y cruzados de brazos. El Rey, al pasar, miró hacia esas gradas y les vio. La banda de música de miñones entró en la sala con su trompetería interpretando el «Agur Jaunak» («Os saludamos, Señor»), mientras se prolongaba la ovación de acogida. Ni HB, ni EE aplaudían. Sí, todos los demás. Y era de nudo en la garganta ver entonces y después cómo casi humeaban las palmas de las manos de un comunista, Lechundi; de un socialista, Rubial; de un peneuvista, Garaicoechea..., o de un ex etarra, Retolaza.

Comenzaron los discursos, en euskera y en castellano, de salutación y bienvenida «del pueblo vasco en este santuario de las libertades y de la democracia», dijo Macuá, presidente de las Juntas generales allí presentes. «A la sombra santa de este árbol de Guernica, y en nombre de este pueblo que ama tanto la vida como su libertad» —continuaría Pujana, presidente del Parlamento Foral...—, «volvéis a Guernica como Reyes de España... Aquí mismo, bajo el roble milenario, nuestros antepasados recibían a los Reyes de Castilla...; ésta era la puerta sellada con sagrado juramento por donde entraban a ser señores dé Vizcaya» —declararía el «lendakari» del Gobierno vasco, Garaicoechea—, para afirmar después su deseo de «autogobierno para Euskadi en solidaridad con todos los pueblos de España, a los que queremos entrañablemente».

Es entonces cuando el Rey se dirige al atril. Apenas ha despegado los labios: «Siempre había sentido el anhelo de que mi primera visita como Jefe del Estado a esta entrañable tierra vasca...», cuando un par de docenas —más o menos— de herribatasunos se alzan puño en alto, y empiezan a cantar el «Eusko Gudariak». Calla el Rey. Los demás, dos o tres centenares frente a veinte, prorrumpen en una ovación compacta, emocionada, caliente, de respuesta unánime...

El PNV y el Gobierno vasco asumen en ese momento y hora el desafío, el pleito interno, que es como de ellos, y serán los ertzañas, los hombres de la seguridad del PNV, quienes expulsen, arrastras y a empellones, a los reventadores. El Rey está aún con los brazos cruzados, serio, en silencio, en pie. Como un mástil erguido en una embarcación que capea un temporal. La Casa de Juntas parece impotente para contener el clamor de enaltecimiento, el entrañable aplauso que estalla. Y veo al Rey que, en esa hora inolvidable, es Rey de todos, cara fiel de su signo y de su idea. Es Rey de todos los hombres que quieren el juego limpio de la verdadera libertad en democracia.

Ha ocurrido que entre la intolerancia violenta de unos y la tolerante ambigüedad de otros, desde hoy hay en el País Vasco una frontera puesta en pie. Ha sonado la hora de las definiciones. Quienes tenían que dar la cara lo han hecho por sí mismos. El Rey, sí, el Rey, ha provocado esa importante reacción. El Gobierno vasco ha respondido gallardamente a quienes le venían desafiando.

Cuando horas más tarde, en el santuario ignaciano de Loyola el Orfeón Donostiarra entone la Salve solemne a la Virgen de Aránzazu, tendré enfrente a Sus Majestades, bajo dosel rojo y oro. Ambos en concentrada actitud de honda meditación.

En Loyola voltean con júbilo las campanas. La gente, bajo los paraguas, en la calle aclama a los Reyes, a sus Reyes. En adelante, que el Rey venga a esta tierra será una cosa norma!. Ha valido la pena.

 

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