Estancia de los Reyes en Euskadi. Ante el incidente protagonizado por los cargos electos de Herri Batasuna. 
 El Rey proclama su fe en la democracia y su confianza en el pueblo vasco desde la Casa de Juntas de Guernica     
 
 El País.    05/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Estancia de los Reyes en Euskadi

Ante el incidente protagonizado por los cargos electos de Herri Batasuna

El Rey proclama su fe en la democracia y su confianza en el pueblo vasco desde la Casa de Juntas de Guernica

Viene de primera página

Los 35 representantes de la coalición abertzale presentes —a los que se habían sumado en esta ocasión los electos del partido LAIA— seguían mientras tanto entonando el que fuera himno de los gudaris vascos en la guerra de 1936, repitiendo una y otra vez las mismas estrofas, que acabaron por resultar prácticamente inaudibles al subir el tono de los aplausos. Fue en ese momento cuando el Monarca, dirigiéndose a los electos de HB como si de un orfeón se tratara, les indicó con un gesto que elevasen el tono para que pudiera oírlos con mayor claridad. Algunos gritos de «¡Viva el Rey!» procedentes de los bancos de UCD, coreados por parte de los asistentes, fueron poco después sustituidos por los de «Fuera, fuera», dirigidos al grupo abertzale. A estos gritos se sumarian ya de forma más decidida la mayoría de los representantes del PNV, con lo que únicamente los miembros de Euskadiko Ezkerra permanecieron sentados en sus asientos, sin variar la actitud distante y silenciosa que observaron durante todo el acto.

La situación se mantuvo inalterable durante unos cinco minutos, transcurridos los cuales el presidente del Parlamento vasco, Juan José Pujana, tras pedir, tan repetida como infructuosamente, «silencio, por favor», ordenó a los cuerpos de seguridad dependientes de la restauracion del orden de Vitoria (los «hombres de Berroci»), que desalojasen a «quienes no cumplen el reglamento de esta Cámara».

El desalojo, dirigido personalmente por el viceconsejero vasco de Interior, Eligaldós, no estuvo exento de tensos forcejeos y cienos conatos de enfrentamiento provocados tanto por la resistencia de la mayoría de los electos de HB a abandonar sus escaños como a la contundencia con que se emplearon los cuerpos de seguridad. Varios de los desalojados fueron arrojados al suelo y al menos uno de ellos,-el senador Miguel Castells, repetidamente golpeado y pateado en el centro del hemiciclo antes de ser sacado de la sala. El senador abertzale acusaría posteriormente a «ciertos parlamentarios´» de ser los causantes de las violencias sufridas.

Antes de reiniciar su discurso, don Juan Carlos agradeció con un Eskerrik asko («Muchas gracias») la invitación del presidente del Parlamento a «disculpar el incidente» y hacer nuevamente uso de la palabra.

Fue en ese momento cuando el Rey pronunció las palabras sobre su fe en la democracia y el pueblo vasco, que suscitarían la casi unánime ovación de los asistentes. Por la forma como tales palabras fueron dichas, dio la sensación, sin embargo, de que se trataba de un texto previamente escrito, probablemente en previsión de una situación como la que efectivamente se produjo.

Todavía durante unos minutos fueron audibles en el interior de la Casa de Juntas los cánticos y consignas de los abertzales, que nuevamente entonaron el Eusko Gudariak, ahora bajo el roble foral, mientras que, desde el otro lado de la verja del recinto, gritos contrapuestos de «Amnistía» y «¡Viva España!» constituían el telón de fondo coral de la actitud de Herri Batasuna.

Un momento esperado

La sesión conjunta del Parlamento vasco y las Juntas Generales de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, que iban a presidir los Reyes, constituía el acto central de su viaje al País Vasco. Al interés que el mismo tenía por su significación histórica y política se sumaba la expectación despertada por el anuncio de la presencia en el recinto histórico de los cargos electos de Herri Batasuna (ausentes en la Cámara legislativa vasca desde su constitución) con el propósito de dejar bien patente su disconformidad con la visita de los Reyes.

Eso explicaría que una hora y media antes de iniciarse el acto, los parlamentarios y junteros convocados abarrotaron ya el reducido hemiciclo de la Casa de Juntas, insuficiente para acogerlos a todos. Otro tanto podría decirse del único palco que lo bordea, donde se apiñaban los escasos invitados y los representantes de los medios de comunicación.

En el exterior de la Casa de Juntas, el público iba tomando posiciones bajo la mirada atenta de un elevado número de miembros de la Guardia Civil, que habían ocupado prácticamente los alrededores del edificio foral. El dispositivo policial, desconocido hasta la fecha, había sido controlado de forma personal por los máximos responsables de la Guardia Civil y la Policía Nacional, generales Aramburu Topete y Sáenz de Santamaría, atentos a cualquier incidencia en el exterior de la Casa de Juntas.

A ambos lados de la carretera que une Amorebieta con Guernica, por donde debía pasar la comitiva real, se habían situado importantes contingentes de de la Guardia Civil, distribuidos de forma estratégica en puentes, cruces de carreteras, desniveles y núcleos urbanos. El imponente dispositivo se completaba con la presencia en los puntos más céntricos de Guernica de efectivos de la Policía Nacional con material antidisturbios y tanquetas.

Los Reyes llegaron hacia las 12.20 horas al exterior de la Casa de Juntas de Guernica. Allí se habían concentrado alrededor de unas 2.000 personas, que les recibieron con cálidos aplausos y algunos vivas, que se mezclaron con gritos de Independencia y Presos a la calle, cuando en la puerta de acceso a los jardines fueron recibidos por el presidente del Gobierno vasco, Carlos Garaikoetxea y su esposa.

Acompañados por el presidente de la Diputación Foral del Señorío de Vizcaya, los Reyes llegaron junto al árbol de Guernica —situado en la parte posterior de la Casa de Juntas—, donde una banda interpretó algunos acordes del himno nacional y del himno nacionalista Eusko abendaren (más conocido como el Gora ta gora), mientras entre el público se escuchaban muchos vivos. A los acordes del Agur Jaunak, los Reyes penetraron en el salón de sesiones, donde los junteros y parlamentarios de AP, UCD, PSOE y PNV les recibieron puestos en pie, en tanto que los representantes de Herri Batasuna, el partido radical LAIA y Euskadiko Ezkerra permanecían sentados.

En el palco de invitados se situaban la esposa de Carlos Garaikoetxea, el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el delegado del Gobierno en el País Vasco, Marcelino Oreja, y su señora.

Junto a los reyes se sentaron en la presidencia el lendakari del Gobierno de Euskadi, el presidente del Parlamento Vasco, Juan José Pujana, y el diputado general de Vizcaya, José María Makua, quien en euskera y castellano dio la bienvenida a los Monarcas, a los que manifestó su complacencia «por recibirles en Guernica, santuario de las libertades y la democracia del pueblo vasco».

Hizo también referencia Juan José Pujana, en su intervención en lengua vasca y castellana, al significado que el árbol de Guernica tiene para los vascos («que aman», dijo, «tanto la vida como su libertad»), para dar la bienvenida a los Reyes. «El pueblo vasco», señaló, «ha optado por las vías de la paz, la democracia y de las instituciones, que no abandonará».

Tras los discursos de Carlos Garaikoetxea y el Rey Juan Carlos, (este último largamente aplaudido por los representantes, puestos en pie, de todos los grupos, con la excepción de Euskadiko Ezkerra) los Monarcas se dirigieron hasta el pie del árbol de Guernica, donde, en compañía del lendakari Garaikoetxea, escucharon el himno Gernikako arbola, que fue coreado por la mayor parte de los presentes. El público que esperaba en el exterior de la Casa de Juntas despidió también cálidamente a los Reyes, cuando éstos abandonaron el recinto de la misma para subir al coche que les conduciría hasta un caserío situado en la zona del duranguesado, donde la Diputación Foral del señorío de Vizcaya les ofreció un almuerzo, en el que se pretendía repetir el menú que tomó el rey Alfonso XIII en la visita que efectuó al País Vasco en 1929.

Un muelle con nombre de príncipe

La segunda jornada de los Reyes en el País Vasco se había iniciado poco después de las nueve de la mañana, con la visita de los Monarcas a las instalaciones de Altos Hornos de Vizcaya, la vieja siderurgia de la margen izquierda de la ría, que simboliza, a la vez, el pasado fulgor y actual declive del sector metalúrgico vasco. Los soberanos, que iban acompañados por el príncipe Felipe y diversas autoridades, recorrieron el interior de la factoría.

Los Reyes se interesaron por la problemática laboral actual de la fábrica, deteniéndose especialmente ante el puesto de trabajo de José María Cabriada, que, con sus 43 años de antigüedad, es el más veterano de la plantilla.

A bordo de una patrullera de la Armada, la comitiva se dirigió posteriormente, por la ría, a la vecina localidad de Santurce, en la desembocadura del Nervión, donde el príncipe Felipe inauguró uno de los espigones del nuevo puerto, que llevará el nombre de Príncipe de Asturias. El presidente de la entidad Puerto Autónomo, Adolfo Caregada, pidió el apoyo real a los proyectos en curso para culminar las obras del superpuerto.

Terminado el acto oficial, el Rey tuvo ocasión de saludar al trabajador Emeterio Cuesta, actualmente barrendero de muelle, y al que el Monarca conoció como marinero enrolado en la tripulación del yate del conde de Barcelona, cuando Juan Carlos era un niño de diez o doce años.

 

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