Autor: Urbano, Pilar. 
 Regreso de los Reyes a Madrid. 
 Reinar en el País Vasco     
 
 ABC.    06/02/1981.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

NACIONAL

Regreso de los Reyes a Madrid

Hilo directo

Reinar en el País Vasco

La palabra clave, la que yo voy a guardar en el registro de mi memoria, la que encierra la esencia de estas cincuenta horas del Rey en el País Vasco la pronunció un macero, junto a la puerta del hemiciclo en la Casa de Juntas de Guernica. La pronunció en éusquera. Sonó bronca, escueta y solemne, en el mismísimo instante en que el Rey entraba. Y dicha esa palabra, todos los hombres de todos los partidos se pusieron en pie. Todos, salvo los veintisiete electos de HB y los quince de EE: «¡Erregeak!» («¡El Rey!»). Nada más. Oigo que guarda claves esa sola palabra por cuanto dice «Rey», por cuanto lo dice en éusquera viejo... y por cuanto tiene de virtud de provocar una adhesión, una puesta en píe, que es saludo y es acogida, es reconocimiento y es respeto. «¡Erregeak!», dijo el macero, y se hizo el encuentro: el Rey y su pueblo. Así de sencillo. Asi de magnífico.

Y es que un viaje del Rey es siempre, en definitiva, un encunetro: Rey y pueblo, sin distancias ni valedores. Un venturoso «cuerpo a cuerpo». Y así ha sido en Vitoria, en Ba-saurí, en Bilbao, en Baracaldo, en Sestao, en Guernica, en el valle de Atxpndo, en Loyola, en Azcoitía, en San Sebastián, en Fuenterra-bía... Un encuentro estrecho, directo, cuando se le aclamaba en la plaza bilbaína de Moyúa y cuando se pretendía amordazar su palabra en Guemtea. Cuando los «arrahtxales» de Fuenterrabía le hacían rústico arco de honor con sus remos inclinados, y cuando allí mismo otros pescadores pintaron la noche antes en las paredes de la calle «Erregeak kampofa», «Erregeak ez amnistía bai». Cuando las campanas de Loyola volteaban con júbilo y cuando las familias de los policías nacionales de Basauri le estrujaban, queriendo tocarle y hablarle. Cuando un centenar de jóvenes «abertzales» radicales le abucheaban al pasar en su coche azul y cuando el viejo socialista Baskara se echaba a-Jtorar emocionado sin poder decir palabra. Cuando los obreros de Altos Hornos, casco y mono, se empeñaban en la «foto de recuerdo» con el Rey, y cuando el «txistular» de Álava le regalaba su «txapela». Un encuentro, cuando las mujeres de Ondárroa blandían la «ikurriña»: «¡Gora Éuzcadi!», «¡Danos las doscientas millas y una mar libre!». Y cuando las mujeres de Neguri y de Algorfa ondeaban banderas nacionales, gritando: «¡Viva el Rey!, ¡Viva España!».

Y ese primer registro del viaje del Rey ya hace valiosas las cincuenta horas vascas. «El pueblo ha acudido espontáneamente. Y ha expresado lo que es y lo que quiere —diría Garaicoechea—. No estamos ya en los tiempos de las convocatorias forzosas repartiendo bocadillos y vino. Aquí ha venido el que ha querido.»

Pero hay algo más. Si dije el otro día que el Rey no venía a traer nada, y si el Rey tampoco se ha llevado nada, ¿qué han sido estas cincuenta horas?

Si se me interpreta bien el lenguaje americano de ejecutivo diré que ha sido «un rentable viaje de negocios regios». Negocios del Rey con un pueblo. El Rey ha desbloqueado un «impasse» que ya se prolongaba peligrosamente. El Rey ha «provocado» una reacción sin tibiezas del pueblo vasco hacia una autonomía sensata, que se anuda en una españolidad seria.

El Rey ha desencadenado una onda de sinceridad. Un «destape», sí, de actitudes. Una tabla nueva de definiciones. Peneuvistas, centristas, socialistas y comunistas del País Vasco han salido de las madrigueras de la ambigüedad, del temor y de la conveniencia y han dicho de una vez lo que son y lo que quieren, y han barrido de la escena —con buenas palabras o con empellones, según fuera preciso— a quienes hasta ayer creíamos sus cómplices, sus brazos largos o sus atemorizadores.

Son claras las palabras del comunista Lertxundi: «Los de Herri Batasuna que, puño en alto, convertían en desfachatez y grosería antidemocrática el "Euzko Gudariak, para que el Rey no hablase, además de hacer mal uso de la democracia, usurpaban el sentido de una canción de guerreros y adulteraban el puño en alto, que es expresión de obreros.» Y las del peneuvista Garaicoechea: «El radicaliso, al fin, ha tocado fondo.

En ese mismo episodio estridente de Guernica el pueblo vasco ha encontrado un motivo más para no caer ya en tentaciones radicales. Pero habrá que investigar las complicidades con que cuentan ciertos grupos ultras" en el Parlamento vasco, hábilmente situados en sitios oportunos.»

Y un máximo dirigente de esos «cómplices» en el silencio, Mario Onaindía, de Euskadiko Eskerra, que fue de los que en Guernica quedó clavado en el asiento, por no sé qué oscura «simpatía» con HB; que en el Ajuria Enea sí fue a ver al Rey —con pelliza y pañuelo al cuello—, y que, fuera, nos anunciaba a los periodistas: «Le plantearé al Rey el tema de los indultos»; pero luego, cara a cara, no se atrevió y pasó al marqués de Mondéjar un papel con su demanda escrita, ese mismo Mario Onaindía diría al pie del árbot de Guernica: «Lo que han hecho aquí hoy los de HB es todo un síntoma de su debilidad: ai no poder concentrar gente en la calle, han venido aquí a montar el número.»

Yo no puedo permitirme el lujo de la ingenuidad. Sé lo que la Corona y el pueblo vasco se jugaban en estas cincuenta horas. Sé que en el momento de más subido climax de tensión en Guernica, todos nos jugábamos mucho. Sé que el Rey puso sus «arrestos» de entereza: la incuestionable autoridad que emanaba de su persona. Y que los «ertzañas» y los «hombres de Berroci», dando la cara, pusieron el valor y la eficacia. Sé que aquello no fue un pulso. Fue un acto de reinado.

No puedo permitirme el lujo de la ingenuidad. Sé, porque el propio «lendakari» Garaicoechea lo ha dicho, lo que querían decir exactamente aquellas palabras suyas («hace falta un esfuerzo gigantesco por parte de todos para pacificar este país»): «El tema de las medidas de gracia ha es*do flotando a lo largo de la visita del Rey. Greo que con esas palabras de mi discurso "el esfuerzo gigantesco por parte de todos", dichas en el lugar y en el momento solemne en que tas dije, fui bastante explícito.»

Y sé también que el Rey no ha abierto la mano.

Pero, sin confundir los deseos con los hechos, ni la confianza con la ingenuidad, creo que puedo afirmar que en estas cincuenta horas el gran «negocio del Rey», el gran «negocio del pueblo», que vienen a ser lo mismo, ha sido el compromiso histórico. Compromiso que aquí se ha rubricado sin firmas, para de hoy en adelante como nudo gordiano de la unidad de España: la Corona, garante e impulsora de la autonomía progresista. El Gobierno vasco, ejecutor responsable de una apolítica autonómica solidaria con el resto de España.

Todo ello salda ganancialmente estas cincuenta horas en las que el Rey Juan Carlos estuvo en el País Vasco sencillamente reinando.—Pilar URBANO.

 

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