Ejemplo de dignidad y de moderación. 
 España entera elogia la serena reacción del Rey en el incidente de Guernica     
 
 ABC.    12/02/1981.  Página: 7, 12-13. Páginas: 3. Párrafos: 45. 

Ejemplo de dignidad y de moderación

España entera elogia la serena reacción del Rey en el incidente de Guernica

Toda España pudo seguir a través de la radio o de la televisión cómo una treintena de representantes de la coalición «abertzale» Herri Batasuna intentaba, en la Casa de Juntas de Guernica, impedir que el Rey de todos ios españoles pudiera dirigir su mensaje a la comunidad vasca. Con toda España por testigo, Don Juan Carlos fue ejemplo, pese a lo difícil del momento, de cómo un Rey con voluntad Irrtegradora es capaz de sobreponerse al intento estúpido de boicot de quienes se dicen defensores de una democracia (?) y luego pretenden impedir la más elemental libertad de expresión faltando, incluso, a sus deberes de anfitriones.

Los detalles de este incidente ios narra Pilar Urbano en otro iugar de este número. Esta es simple crónica del viaje de Sus Majestades al País Vasco, celebrado entre los días 3 y 5 pasados.

EN VITORIA

Las jornadas se iniciaron el martes, 3, a tas 10,52 de la mañana, hora en que tomó tierra el DC-6 que conducía a Sus Majestades en el aeropuerto internacional de Vitoria-Foronda. El aeropuerto estaba totalmente invadido por la niebla y existían serías dudas de si podría tomar tierra. Acompañaban a los Reyes et ministro del Interior, Juan José Rosón, y el gobernador general del País Vasco, Marcelino Oreja.

Fueron recibidos por el presidente del Gobierno Vasco, Carlos Garaicoechea. Los Reyes saludaron a las autoridades y se dirigieron ai coche oficial. Allí recibieron los aplausos y gritos de una amplia representación monárquica que portaba banderas españolas.

Un pequeño grupo de miembros de Herri Batasuna interpretaron también allí el «Eusko Gudariak» —«Soldados Vascos»—, pidiendo amnistía puños en alto. La comitiva oficial se trasladó al Palacio de Ajuria Enea, en Vitoria, residencia oficial del «lendakari» Garaicoer.hea. A la entrada, la misma reacción favorable del pueblo alavés, únicamente enturbiada con algunos gritos de solicitud de amnistía para presos vascos.

A las dos menos veinte, Sus Majestades abandonaron el Palacio —en cuyos balcones se habían visto obligados a saludar varias veces— y donde recibieron, en el transcurso de la mañana, a miembros del Gobierno vasco, a la mesa y Junta de Portavoces del Parlamento; a miembros de la Diputación y del Ayuntamiento. Toaos declararon que las entrevistas habían sido más distendidas que políticas.

A las dos menos cinco los Reyes eran recibidos con aplausos y vivas en el Palacio de Escoriaza-Esquibel, donde presidieron el almuerzo que ofrecieron af Gobierno vasco. Asistieron hasta un total de 120 comensales. Al fina), toda ia comitiva se desplazó a la residencia de Los Olivos, donde había centenares de personas esperando ver a los Reyes. Portaban banderas españolas y lograron romper el cordón policial para aplaudir af Rey.

Después de varias horas de vida intensa, Sus Majestades emprendieron viaje hacia el acuartelamiento de Basauri, a donde llegaron a las seis. Iniciaban su visita a la provincia de Vizcaya.

EN BILBAO

Hacia las siete menos diez Sus Majestades llegaban a Bilbao. Varios miles de personas que enarbolaban banderas españolas proferían vivas a los Reyes y a España cuando el coche real llegó a la piaza de Moyúa, donde está el Gobierno Civil. Los Reyes saludaron desde el balcón, saludo que se vieron obligados a repetir. En ese momento llegaba el Príncipe de Asturias, que tenía previsto inaugurar un espigón del superpuerto de Bilbao, que lleva su nombre

Hacia las ocho se iniciaron las recepciones oficiales y at filo de las nueve y media Sus Majestades se retiraron para cenar en privado.

Paralelamente a la llegada de Sus Majestades a la capital, jóvenes de la izquierda «abertzale»

protagonizaron diversos incidentes en distintos puntos de Bilbao, en protesta por la de un mitin a celebrar en El Arenal en contra de la presencia de los Reyes en el País Vasco.

Atravesaron tres autobuses del servicio urbano y colocaron barricadas en las proximidades de la plaza de España. A partir de esos momentos, los enfrentamientos entre manifestantes y Fuerzas del Orden se prolongaron por distintos puntos de la capital, aunque en ningún momento en las proximidades del Gobierno Civil. Grupos de manifestantes incendiaron dos autobuses urbanos, realizándose cuatro detenciones.

SEGUNDA JORNADA

La segunda jornada se inició a primeras horas de la mañana del miércoles con una detenida visita a Altos Hornos de Vizcaya, en Sestao, y más tarde la comitiva real se trasladó al puerto de Bilbao para inaugurar el espigón número 2, que fue bautizado con el nombre del heredero de la Corona, y se encuentra situado entre los que llevan los nombres de Reina Victoria y Reina Sofía.

A continuación, los Reyes se dirigieron a la Casa de Juntas de Guernica, a donde llegaron poco antes del mediodía. Durante el recorrido fueron reiteradamente ovacionados por el numeroso público congregado en las proximidades del histórico edificio. Hubo momentos en que el público se aproximo tanto a tos Reyes que difícilmente se podía avanzar entre las incesantes aclamaciones.

En la puerta de ¡a Casa de Juntas, y frente al árbol de Guernica, fue interpretado el himno nacional por la banda de clarines de la Diputación vizcaína, que seguidamente ejecutó el «Ora ta Ora», en tanto que los Soberanos, acompañados por el «lendakari», penetraban en la sala entre los aplausos de todos los asistentes puestos en pie, excepto los representantes de Herrí Batasuna y Euskadiko Ezkerra, que permanecieron sentados y en silencio.

El acto se inició con unas palabras de bienvenida dirigidas a los Reyes, primero en éusquera y luego en castellano, por el diputado general de Vizcaya, señor Makúa; por el presidente del Parlamento vasco, señor Pujana, y por el «tendakari» Garaicoechea, que expresó su satisfacción por !a visita real y se refirió a los problemas del País Vasco.

Cuando el Rey se disponía a cerrar el acto se produjeron los incidentes.

EL DISCURSO

Una vez restablecido el orden y el silencio Don Juan Carlos comenzó su alocución diciendo con gran serenidad:

«Frente a quienes practican la intolerancia, desprecian la convivencia, no respetan ni las instituciones ni las normas más elementales de una ordenada libertad de expresión, yo quiero proclamar, una vez más, mi fe en la democracia y mi confianza en el pueblo vasco.»

Estas primeras palabras de Su Majestt.c fueron interrumpidas por los aplausos de los presentes en la Casa de Juntas.

Siguió refiriéndose a la historia de Esparté y dijo: «a que el castellano se formase en estos territorios se debe el vocalismo actual del español». Comentó la contribución de los vascos en las grandes tareas nacionales; la conciliación armónica de los Fueros pon la Corona y cómo la Constitución ha abolido las normas que pusieron fin al régimen foral para expresar luego la condena al terrorismo y la confianza de los monarcas en el futuro del pueblo vasco. El Rey terminó su discurso con las siguientes palabras:

«El País Vasco ha empezado ya a perder el miedo al miedo, a afirmar su voluntad de supervivencia como colectividad y a recobrar la fe en sí mismo y en su futuro.

Que el País Vasco y sus hombres acierten a respetar el reto que hoy la Historia les plantea constituye el más ferviente deseo de la Corona.»

Una encuesta realizada por ABC entre los representantes de los partidos con representación parlamentaria sobre la actitud que mantuvieron los componentes de Herri Bata-surta es de repulsa unánime. Enrique Múgtea (Partido Socialista Obrero Español)

«Hemos visto de un lado a la Corona, apoyada por el pueblo vasco, y de otro a Herri Batasuna convertida en apologista bramante del terrorismo etarra. Ahora, tras la visita de los Reyes, podemos armonizar desde la emoción el ¡viva España! y el ¡gora Euskadi!

Luis María Retoiaza (Consejero del Gobierno vasco)

«Este incidente estaba en el ambiente desde el martes. La intervención de la coalición «abertzale», en el sentido en que lo ha hecho, era de esperar. No ha sido, por lo tanto, ninguna sorpresa; lo que sí hay que decir es que hemos presenciado un espectáculo muy triste de cara a nuestro pueblo.»

José María Benegas (Partido Socialista Vasco) «Don Juan Carlos nos ha dado una lección de democracia, arrostrando la situación y permaneciendo, durante todo el tiempo, en una actitud digna y paciente.»

Roberto Lertxundl (Comunistas del País Vasco)

«La situación, con la presencia de Herri Batasuna, era, de alguna forma, esperada.» Francisco Romero Marín (Partido Comunista)

«Nosotros pensamos que la actitud del Rey ha sido políticamente importante, contribuyendo sin duda a la normalización del País Vasco. Cualquier acción que venga a entorpecer el viaje del Rey la consideramos muy negativa y la condenamos enérgicamente.»

Al abandonar la Casa de Juntas, los Reyes fueron despedidos con afecto por las personas que se encontraban en las inmediaciones. Seguidamente se trasladaron al caserío «Mendi-Goika», en Achonco, donde presenciaron una exhibición de deporte rural, consistente en levantamiento de piedras y corte de troncos. Ya en el interior, les fue ofrecido a tos Reyes y acompañantes el mismo menú que tomó en aquel lugar el Rey Alfonso XIII en 1920.

A las seis de la tarde llegaron al santuario de Loyota, donde numerosas personas con banderas españolas les había aguardado cerca de una hora a pesar de la intensa lluvia, en las escalinatas del santuario. El obispo de la diócesis y el superior de la basílica dieron la bienvenida a los Reyes.

INCIDENTES

En el aspecto negativo de esta segunda jomada, debemos reseñar que las principales vías de comunicación que discurren entre Rentería y Pasajes quedaron interrumpidas como consecuencia de las barricadas montadas por grupos de personas. Desde primeras horas de la mañana, la carretera que pasa por Rentería fue cortada por dos camiones cruzados, y en Pasajes se quemó un autobús y se colocaron barricadas en varias calles.

A media tarde, un grupo de encapuchados arrojaron diez litros de lejía sobre el interior de un vehículo que se disponía a salir de un restaurante con las viandas preparadas para la cena de los Reyes y la comitiva. Hubo tiempo de sustituir los postres inservibles por otros elaborados a última hora.

REGRESO A MADRID

Sobre las diez y veinte del jueves, 5, los Reyes llegaban al acuartelamiento de Loyola, en San Sebastián. Por primera vez, desde su llegada al País Vasco, el Rey vestía el uniforme de capitán general. Fueron recibidos por el ministro de Defensa, con quien escucharon desde un podio el Himno Nacional. Don Juan Carlos pasó revista a las tropas que le rindieron honores bajo una intensa lluvia y seguidamente Sus Majestades ofrecieron una recepción en el acuartelamiento, atizado el acto, los Reyes se dirigieron al aeropuerto de Fuenterrabía, donde tuvo lugar una emotiva despedida a cargo de las personas situadas en las inmediaciones, que aclamaban a los Reyes. Al llegar el momento de despedirse del «lendakari»

Garaicoechea, el Rey le estrechó en un abrazo cordial y efusivo, dándole las gracias.

A su llegada a Madrid, a primeras horas de la tarde, cientos de personas recibieron a los Reyes con gritos entusiásticos de «¡el Rey es un valiente!», como un pequeño pero significativo desagravio. Al abrirse las puertas del recinto militar, los concentrados se fueron acercando a la pista para tributar a los Soberanos una cariñosa bienvenida. Después de departir algunos minutos con las autoridades, los Reyes partieron hacia la Zarzuela en dos helicópteros.

Hilo directo

«¡ Vivan los Reyes valientes!»

SAN SEBASTIAN (Pilar Urbano, enviada especial). Hoy se me hace difícil terminar esta crónica. Hoy se me hace difícil empezar. Podría finalizar con cualquier colofón brillante, expresivo, emocionante...,

porque los tengo a mano. El Rey, que «so el árbol de Guernica», en el silencio de una Cámara serenada con la fortaleza de su enhiesta presencia, recita en buen éusquera estos versos del «Euskaldunak»: «Que el futuro pueda exclamar: aquí existió un pueblo. O mejor aún, démosle ímpetu para que pueda perdurar.»

Un santuario, Loyola, donde el gentío se arracimaba bajo la lluvia inclemente,´ ya anochecido, para ver a los Reyes, gritando como letanía de gozo: «¡España, España, España!», mientras las campanas de la torre se desmelenaban en volteo.

Una mujer del pueblo, vasca de la cabeza a los pies, que sin remilgos coge a la Reina por el brazo y le dice a la cara: «(Vivan los Reyes valientes!»

Los Reyes valientes. Podría ser, ¿por qué no?, blasón y apodo egregio de los que el pueblo da a sus Monarcas para cuando el presente sea Historia.

Si ayer decía «el Rey viene... a venir», hoy tengo que decir que el Rey ha descrito con su presencia de ánimo, sólida, de una pieza y a pie firme, una página tan difícil como crucial para la historia de nuestra transición. Como me diría, conmocionado aún por los acontecimientos, el ministro de jornada, Rosón: «Se ha cerrado hoy una etapa... y se ha abierto otra aquí, ahora.»

Lo que ha ocurrido hoy en Guernica tenia que ocurrir. Y si no era bueno demorarlo, sí será fecundo haberlo afrontado echándole coraje y valentía, como han hecho los Reyes: no perdió Doña Sofía ni su serenidad ni su sonrisa. No se crispó el rostro de Don Juan Carlos, ni le abandonó la buena calma. Incluso —lo vi y lo oí—, acodado en el atril donde los folios de su discurso esperaban que se hiciera el silencio, en pleno fragor de «parlamentarismo» duro, tuvo el humor «Borbón» de volverse hacia los reventadores «abertzalles», los junteras y electos de Herri Batasuna que, puño en alto, cantaban el «Euzko Gudariak», ahogados por el clamor de vítores al Rey y ensordecido su canto por la caliente y prolongadísima ovación —yo conté ocho minutos, sin pausa—, y les dijo con gesto muy expresivo: «Cantad más alto, ¡hombre!, que no os oigo.»

Fue la de esta mañana en la Casa de Juntas de Guernica sesión memorable y tormentosa. A nadie pilló de sorpresa. Herri Batasuna lo había anunciado. Los Reyes lo sabían, pero corrieron el riesgo. «El Rey ha arrostrado el riesgo de este incidente —me diría el socialista Txiqui Benegas—. Ha sido una decisión valiente de un Rey que ha sabido estar y mantener una actitud firme.» Ya antes de comenzar el acto, hasta los corresponsales extranjeros se extrañaban de «la incorrecta vestimenta» de una veintena de parlamentarios y juntaros de HB, descamisados, descorbatados y con jerseys de llamativo colorín.

Cuando entraron los Reyes, el hemiciclo y las galerías se pusieron en pie como un solo hombre y rompieron en aplauso. Ellos, con gesto ostensiblemente provocador, permanecieron sentados y cruzados de brazos. El Rey, al pasar, miró hacia esas gradas y les vio. La banda de música de miñones entró en la sala con su trompetería interpretando el «Agur Jaunak» («Os saludamos, Señor»), mientras se prolongaba la ovación de acogida. Ni HB, ni EE aplaudían. Sí, todos los demás. Y era de nudo en la garganta ver entonces y después cómo casi humeaban las palmas de las manos de un comunista, Lerchundi; de un socialista, Rubial; de un peneuvista, Garaicoechea..., o de un ex etarra, Retolaza.

Comenzaron los discursos, en euskera y en castellano, de salutación y bienvenida «del pueblo vasco en este santuario de las libertades y de la democracia», dijo Macuá, presidente de las Juntas generales allí presentes. «A la sombra santa de este árbol de Guernica, y en nombre de este pueblo que ama tanto la vida como su libertad» —continuaría Pujana, presidente del Parlamento Foral...—, «volvéis a Guernica como Reyes de España... Aquí mismo, bajo el roble milenario, nuestrps antepasados recibían a los Reyes de Castilla...; ésta era la puerta sellada con sagrado juramento por donde entraban a ser señores de Vizcaya» —declararía el «lenda-kari» del Gobierno vasco, Garaicoechea—, para afirmar después su deseo de «autogobierno para Euskadi en solidaridad con todos los pueblos de España, a los que queremos entrañablemente».

Es entonces cuando el Rey se dirige al atril. Apenas ha despegado los labios: «Siempre había sentido el anhelo de que mi primera visita como Jefe dei Estado a esta entrañable tierra vasca...», cuando un par de docenas —más o menos— de herribatasunos se alzan puño en alto, y empiezan a cantar el «Eusko Gudariak». Calla el Rey. Los demás, dos o tres centenares frente a veinte, prorrumpen en una ovación compacta, emocionada, caliente, de respuesta unánime...

El PNV y el Gobierno vasco asumen en ese momento y hora el desafío, el pleito interno, que es como de ellos, y serán los ertzañas, los hombres de la seguridad del PNV, quienes expulsen, arrastras y a empellones, a los reventadores. El Rey está aun con los brazos cruzados, serio, en silencio, en pie. Como un mástil erguido en una embarcación que capea un temporal. La Casa de Juntas parece impotente para contener el clamor de enaltecimiento, el entrañable aplauso que estalla- Y veo al Rey que, en esa hora inolvidable, es Rey de todos, cara fiel de su signo y de su idea. Es Rey de todos los hombres que quieren el juego limpio de la verdadera libertad en democracia.

Ha ocurrido que entre la intolerancia violenta de unos y la tolerante ambigüedad de otros, desde hoy hay en el País Vasco una frontera puesta en pie. Ha sonado la hora de las definiciones. Quienes tenían que dar la cara lo han hecho por sí mismos. El Rey, sí, el Rey, ha provocado esa importante reacción. Él Gobierno vasco ha respondido gallardamente a quienes le venían desafiando.

Cuando horas más tarde, en el santuario ignaciano de Loyola el Orfeón Donostiarra entone la Salve solemne a la Virgen de Arán-zazu, tendré enfrente a Sus Majestades, bajo dosel rojo y oro. Ambos en concentrada actitud de honda meditación.

En Loyola voltean con júbilo las campanas. La gente, bajo los paraguas, ert la calle aclama a tos Reyes, a sus Reyes. En adelante, que el Rey venga a esta tierra será una cosa normal. Ha valido la pena.

 

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