Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   La doble historia de todos nosotros     
 
 Diario 16.    16/02/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 24. 

Diariol 16/16-febrero-81

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ

La doble historia de todos nosotros

NUNCA he amado en exceso el teatro de Buero, quizá porque considero más el escenario como soporte informativo o espacio lúdico que como plataforma moralizante. Esto explica que la única de sus funciones ante la que verdaderamente he sentido emoción e interés haya sido «La doble historia del doctor Valmy», escrita hace ya diecisiete años, pero estrenada apenas un lustro atrás.

Pese a su endeble final de melodrama, la mayoría de quienes pasamos por las butacas del teatro Benavente tan sólo tres meses después de la muerte de Franco, asumimos que el autor nos presentaba algo que durante mucho tiempo había sido un cotidiano tabú. Dos ideas quedaban claras al salir: la Policía del régimen torturaba a los detenidos; la sociedad en su conjunto prefería cómodamente ignorarlo.

Estos son los dos planos entre los que discurre el relato del doctor Valmy: su doble historia es por un lado la historia de los protagonistas y por el otro la de los espectadores. En uno y otro nivel he encontrado —releyendo la pieza este fin semana intensantes elementos da reflexion relacionados con la norrorosa muerte del activista de ETA Arregui Izaguirre.

Quién era Arreguí Izoguirre

Desde el primer momento los medios dé comunicación oficiales incluyeron, junto a la confusa relación de los hechos, el extenso rosario de fechorías atribuidas a la víctima. Arregui Izaguirre estaba acusado, entre otros delitos de sangre, de haber colocado la bomba que hace un par de meses mató a un policía y dos pacíficos viandantes en una calle de Logroño. Para alguien que como yo ha pasado los dieciséis primeros años de su vida en esa sosegada y entrañable ciudad, no es difícil imaginar la perpleja desolación de la familia del desafortunado comerciante que a resultas de aquella explosión perdió primero las dos piernas y algunos días después la propia vida.

Tal ha sido la villanía de ETA, que no creo que exista ni un solo ciudadano a cuyo alcance no haya similares elementos de empatia: cualquier madre de familia puede, por ejemplo, situarse en el lugar de la viuda de Ryan y hacer suyas las lágrimas que inconteniblemente han rodado por sus mejillas.

El canallesco, desalmado y repugnante asesinato del ingeniero de Lemóniz ha terminado por inocular en gran parte dé la sociedad una comprensible ansia de exterminación física de los responsables de estas fechorías. No es una cuestión de derechos humanos, se alega, porque sólo las más inmundas alimañas pueden comportarse como esos criminales. Se trata de defender a la comunidad de las fieras corrupias que nos acosan, y nadie se rasga ya las vestiduras ante la sugerencia formulada en el congreso de Alianza Popular, por el moderado Abel Matutes, en el sentido de restablecer la pena de muerte.

Dos redactores de este periódico me contaron el sábado que acababan de topar con un taxista que al conocer la suerte de Arregui Izaguirre, había exclamado: «Eso es lo que les tendrían que hacer a todos!»

Probablemente no se trataba de un sádico, sino de un hombre de buena voluntad, impregnado de una visión fatalista de la existencia: o devoras o serás devorado.

Desde este punto de vista no dejaría de ser convincente la autojustificación que Buero pone en boca del comisario Paulus, jefe de la Policía política: «Yo no he inventado la tortura... Cuando vinimos al mundo, ya estaba ahí. Como el dolor y como la muerte. Puede que sea una salvajada, pero es que estamos en la selva... No hay en la historia un solo adelanto que no se haya conseguido a costa de innumerables crímenes... A menudo un torturador es un mártir que ha sobrevivido, y un mártir, un torturador que no se murió a tiempo... Mártires, torturadores..., palabras para la propaganda. Lo esencial es tener la razón a nuestro lado. Cuando eso ocurre no importan los medio a emplear.»

No basta tener «razón»

¿Alguien duda que «la razón» estuviera en este caso «a nuestro lado»? La detención de Arregui Izaguirre ha frustrado un importante secuestro y quien sabe si también otro terrorífico crimen. Todo indica que a partir de su interrogatorio ha sido posible desarticular una de las más activas redes etarras en el sur de Francia. Estamos, pues, ante una situación-límite, ante un ejemplo de libro por su exagerada claridad. ¿Pero es que acaso basta tener «razón»? ¿Es que, de hecho, tiene alguna importancia, en un supuesto como éste, el tener «razón»?

El doctor Valmy, narrador y comentarista de la obra, piensa que se trata de un factor irrelevante. «Premeditadamente me abstengo de comentar qué lucha política, qué actos de sedición fueron aquéllos», advierte desde el comienzo con parsimonia de psiquiatra meticuloso. «El lector queda en libertad de imaginar que la razón estaba de parte de los sediciosos y también de suponer lo contrarío. Para muchos, semejante proceder escamotea la comprensión del problema, según ellos sólo alcanzable mediante el estudio de tales aspectos. Yo opino lo contrario, sólo callándolos se nos revelarán las preguntas que esta historia nos propone y ante las que cada cual debe meditar si es o no lo bastante honrado para no eludir las respuestas.»

Lo que Buero nos aconseja es algo tan difícil como meritorio: tapemos los márgenes del cuaderno en donde figuran las acotaciones situacionales y tengamos el coraje de fijarnos solamente en los hechos: a un hombre otros hombres le han reventado su ojo izquierdo, a un hombre otros hombres le han quemado la planta de los pies, a un hombre otros hombres le han cosido a puñetazos. Al final, ahí queda un cadáver. Todo eso son hechos.

Y uno de los rasgos que, precisamente, caracteriza siempre a los más viles terroristas es su disposición a justificar o desvirtuar los hechos, adornándolos de razones. Está claro que no tienen razón, pero sí que tienen «su» razón. Berazadi era un «cerdo capitalista», el muchacho que agonizó sobre el inatendido claxon de su coche un «agente de las fuerzas represoras», José Mari Ryan un «despreciable lacayo de la oligarquía».

Es horripilante que algo así quepa en nuestra sociedad, pero reconforta pensar que tal felonía ha sido

descubierta y no va a quedar impune

Si fingiéramos ignorar la atrocidad ocurrida la semana pasada en la DGS o rehusáramos reaccionar ante ella amparándonos en la coartada de que la guerra es la guerra, nada sino el número nos distinguiría de los necios y malvados de Herri Batasuna que se refugian en la excusa del terrorismo de Estado para alentar nuevos derramamientos de sangre.

Uno de los principios morales —en esta ocasión vulnerado— en los que se basa la bondad y legitimidad de la democracia consiste en sustituir la «ley del talión», el implacable y cruel ojo por ojo, por un ejercicio graduado y autolimitado de la justicia. Se trata de un sistema con la suficiente generosidad como para tolerar las actividades pacíficas de quienes propugnan la instauración de otro modelo de convivencia, y de un sistema con la suficiente templanza como para no responder con los mismos métodos a quienes pasan a la despiadada acción violenta.

Muchas veces he escrito que lo único que puede acabar con la democracia en España no son ni las bombas de ETA, ni los tanques de un sector de nuestro Ejército, sino la pérdida generalizada de la fe de los ciudadanos en el tipo de sociedad que estamos construyendo. La fortaleza es sólida, pero caerá el día que, desengañados, la abandonemos. De ahí que sea correcto interpretar la muerte de Arregui Izaguirre como un hecho desestabilizador. ¿En nombre de qué estamos combatiendo? ¿Es posible torturar así a un ser humano, mientras se despliega la bandera de la paz?

Hemos entrado ya de lleno en el segundo nivel de la parábola de Buero, que es el que más expresamente nos atañe. El inquietante y desolador balance de la pieza no emana tanto del hecho de que exista un equipo de profesionales de la tortura, que con mayor o menor fortuna trate de racionalizar su comportamiento, como de la sordera moral —simbolizada en la sordera física de uno de los personajes— que afecta "a cuantos les rodean.

Tras las reacciones del matrimonio al que el doctor Valmy dirige su relato, no es difícil adivinar el avestrucismo insolidario de una sociedad paternalistamente tutelada y desprovista de libertades: «Si sucedió algo parecido, no fue entre nosotros... Esas cosas tal vez pasen, si pasan, en tierras aún semibárbaras... En el mundo hubo y hay muchas desgracias, pero a costa de ese precio hemos aprendido a sonreír...»

Al menos nos quedo la vergüenza

La propia esposa de uno de los policías llega al paradigma de esta incredulidad confortable y autoinducida cuando replica a quien denuncia las torturas: «¡Sí fuera cierto, se sabría!» Mucho más ciertas, generalizadas y frecuentes que ahora fueron las torturas en el pasado. Una de las causas que mejor explican la pervivencia de estas prácticas abominables es, de hecho, la falta de un proceso de selección, criba y reciclaje de la Policía franquista de cara al mejor cumplimiento de sus obligaciones en el nuevo marco constitucional democrático. La gran diferencia estriba en que mientras «antes» la porquería, siendo más abundante, quedaba enterrada, envuelta en ignorancia e hipocresía, «ahora», efectivamente, las cosas que son ciertas se saben y la sociedad, a través de las instituciones, reacciona frente a ellas.

Algún día habrá que analizar la brutal descoordinación entre los ministros de Justicia e Interior, y la irresponsable inhibición —una más— del presidente del Gobierno en funciones en las horas tensas de la tarde del viernes. Estas consideraciones políticas al margen, lo palpable es que los periódicos han podido publicar la verdad de lo ocurrido, que todo un jefe de una Brigada Informativa ha sido cesado —corriendo la misma suerte el responsable de los servicios médicos de la DGS— y que cinco inspectores han sido puestos a disposición del juez antes de que transcurrieran veinticuatro horas de la muerte del hombre al que interrogaron.

Desde que se supo lo sucedido, no deja de hablarse de que este episodio influirá en la investidura de Calvo-Sotelo. Es lógico que así sea, pero esa influencia debe ser tan ambivalente como la pieza de Buero.

En primer lugar, resulta horripilante que algo así quepa en nuestra sociedad. En segundo lugar, resulta reconfortante que tal felonía haya sido descubierta y no vaya a quedar impune. «No sólo debemos intentar la mejora del mundo £«a nuestra ciencia, sino también con nuestra vergüenza», rezonga en un determinado momento el doctor Valmy. Por lo menos en la España de hoy, es posible sentirse avergonzados.

 

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