Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   La batalla de Leizaola     
 
 ABC.    19/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Planetario

La batalla de Leizaola

Unos cuarenta años después de haberse largado con cierta comprensible precipitación, un respetable vasco apellidado Leizaola regresó con discreta solemnidad a su tierra natal. Había ejercido con perseverante dignidad e! cargo de «lendakari» en el exilio y volvía porque al fin, y aunque no por virtud de sus esfuerzos, pero eso era lo de menos, se había restablecido la libertad democrática en España.

Muchos años antes de este acontecimiento, una distinguida señorita donostiarra .que por entonces ejercía de enfermera en la residencia de Pedernales, habilitada como hospital de guerra, me decía, mientras su amabilidad aliviaba mi convalecencia, que en Bermeo, los paisanos —querría decir en lenguaje del país eso de paisanos pero mi ignorancia me lo impide— creían todavía que cualquier día de aquellos iba a regresar por mar, pasando ante la atalaya para desembarcar triunfalmente en caballo blanco e! entonces fugitivo presidente Aguirre. Naturalmente, el señor Aguirre no tuvo la oportunidad de hacer caracolear ni en Pedernales ni en Bermeo aquel caballo blanco. Cuando el que regresó fue «I señor Leizaola no estaba ya en edad para caracoleos.

Ahora el señor Leizaola está entablillado. A mí me entablillaron haca años en Santiago de Chila y en aquella ocasión e! doctor chileno me dijo que las fracturas de clavícula tenían muchas formas de vendaje y que todas eran malas. En efecto, al final y ya aquí, en Madrid, hubo que meterme el bisturí. Pero eso no es más que un recuerdo de paz y c*e deporte. Clavícula pasada, corno quien dice. Lo del señor Leizaola es un hecho de guerra. Y quién lo hubiera dicho por los años treinta, quienes le han herido son vascos en el caso de que no hayan sido mercenarios. Vascos que desaprueban que todo un pueblo digno, laborioso, pacífico, orgulloso de su personalidad como lo es el pueblo vasco, salga a ia calle en Vitoria, en San Sebastián, en Bilbao, en todas partes a rechazar, a condenar, a expresar su protesta contra e! farota!, el innecesario, el injustificable asesinato del ingeniero José María Ryan, sacrificado por quienes, es evidente ya, prefieren un País Vasco sometido a su dominio, que un País Vasco libre, industrial, próspero y poseedor de una fuente de energía que construyen con febril intensidad tos soviets en Rusia y los franceses en Francia.

¿Puede nadie en el País Vasco repudiar a Leizaola? La historia de ese hombre ¿no se identifica con la terca, con la irreductible decisión del pueblo vasco en sostener la democracia y sus derechos torales? Pues esa clavícula rota es el testimonio irrecusable de que e! señor Leizaola no estaba en e! bando de los asesinos, de que estaba en ei bando del honesto pueblo vasco que vomita pacificamente su horror ante el asesinato, que mantiene su voluntad de paz, que pone en la calle en una jornada muchos mas hombres de los que ciegamente votaron a todos tos energúmenos de Herri Batasuna en una? elecciones en las que todavía el terror usaba antifaz. Ya sabe el pueblo vasco dónde estan la verdad y la libertad.—Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

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