Autor: Trenas, Julio. 
 Las tribulaciones de un autor castellano en Euskadi. 
 Guerra Garrido: "El País Vasco, vértice ausente entre Madrid y Barcelona"     
 
 ABC.    15/03/1981.  Página: 26. Páginas: 2. Párrafos: 26. 

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CULTURA Y SOCIEDAD

DOMINGO 15-3-81

Las tribulaciones de un autor castellano en Euskadi

Guerra Garrido: «El País Vasco, vértice ausente entre Madrid y Barcelona»

Es un hombre coqueto con su obra y con su persona. Nació en Madrid, pero ha mimetizado de tal forma las características del vasco que, a simple vista, nadie podría negarle esta condición. Sus opiniones son drásticas y rotundas, pero no se corresponden con sus gestos pausados y relajados. Quizá esa barba que ahora luce le da un carácter más grave a un rostro poco agresivo y muy cordial. Es como un niño grandote, pleno de inquietudes y deseoso permanentemente de saber más sobre cualquier tema. Cuando habla mueve poco los labios, habla como para sí mismo y a veces resulta defícil descifrar esas palabras que casi se come.

Sus visitas a Madrid son muy esporádicas y siempre tienen que ver con la publicación de un libro, con una reunión de escritores, con el fallo de un premio... Vive en San Sebastián, donde tiene una farmacia, y le gusta vivir allá, aunque discute y polemiza sobre muchas cosas de su ciudad, de su país y de su gobierno vasco. Raúl Guerra Garrido es por obligación una especie de escritor de puente aéreo que escribe en San Sebastián, pero tiene que venir a Madrid o Barcelona por necesidad.

—Yo siempre he mantenido la teoría de que el centralismo cultural y literario ha sido bifocal, y los dos focos de la elipse son Madrid y Barcelona. Al hablar de esta cuestión siempre he dicho que el País Vasco era el vértice ausente. En cuestiones económicas sí se contaba con él, pero en el tema cultural no; quizá por su falta de Universidad, por la falta de una macro-ciudad donde se agrupen las gentes y por la falta de tradición en la industria cultural. Es paradójico que en una zona tan industrial, la cultura no se ha visto como actividad industrial. Y más paradójico todavía que en una zona donde se fabrica un porcentaje altísimo del papel que se consume en España, la industria editorial no haya tenido arraigo. Esto, lógicamente, obliga a que tus obras, tus escritos emigren y para tener contactos tengas que recurrir a Madrid o Barcelona que son los dos centros :de decisión. Creo que la edición se da en Barcelona y la crítica en Madrid. Este es un tema que de tanto decirse puede sonar a tópico, pero es verdad. Lo único ventajoso de este distanciamiento es una mayor calma, una mayor serenidad para escribir, además de que el distanciamiento te ayuda a eliminar la tentación de la frivolidad, la erosión de esa frivolidad que padece Madrid y cuya urgencia vacía las mentes.

ESCRIBIR EN EUSKADI ES POLEMIZAR

El tema de la frivolidad que Raúl Guerra Garrido ha respirado en Madrid, le irrita. Piensa que aquellos que comenzaron con fuerza en la Prensa diaria, por la necesidad de estar presentes todos los días se han vaciado de racionamiento filosóficos, de ideas, para someterse a la brillantez de la metáfora ocasional. Y es que, quizá, todavía, «escribir en Madrid sea llorar»; pero escribir en Euskadi, ¿qué es?

—Básicamente es discutir, polemizar, además de llorar. Toda opinión razonable, y razonada al escribir, automáticamente es contestada por mil posturas viscerales que existen. Hoy, la labor más importante que todo el mundo tiene que hacer allí, en el terreno político e intelectual, es imponer los argumentos razonados. En un clima tan tenso se está creando un terrible sistema de incompatibilidades. Igual que ocurre con las clases dicotómicas, er dualismo incompatible es sistemático. Hay una interpretación univoca del hombre que a mi modo de ver es fatal. Es necesario acabar con la partícula «o». Esta

es la lucha: acabar con el «o esto, o lo otro» e imponer el «y»; «y esto y lo otro, y lo de más allá», porque una persona puede ser «esto» y además «esto otro», aún a riesgo de caer en contradicciones, siempre que éstas sean humanas. Cuando te dicen «usted se contradice», hay que decir: «Sí, afortunadamente.»

Raúl me explica que en Bilbao, donde se quiere ir por el camino de la razón culturalmente, se ha hecho un intento muy positivo al recuperar un antiguo Ateneo, de antes de la guerra, y de corte liberal. Se llama «El Sitio». No obstante pienso que las opciones y las limitaciones de un escritor en castellano, que escribe en Euskadi, deben ser fuertes.

—Las opciones están únicamente en escribir fuera. El problema que se plantea es él de asumir la literatura escrita en castellano como un componente de la cultura en general. Allí se rechaza el hecho de que la cultura en castellano no es «euskérica». Esto es lógico en cierta medida, porque el idioma es base de la cultura. Pero el idioma y la literatura no forman en exclusiva la cultura, que es un cúmulo de otras muchas cosas, y más en un sitio como éste, donde la cultura se ha manifestado de forma bilingüe, aunque ha habido dificultades para manifestarse en euskera; pero esto no quiere decir que el escritor en castellano haya estado libre de toda censura. Pienso que el esfuerzo por la recuperación del euskera absorbe las existencias materiales de que se dispone. En cierto modo, lo que me da miedo es la pequenez de los puntos de vista del programa cultural del gobierno vasco, sobre todo cuando apoya cosas como una editora nacional o películas de «interés nacional», palabras que me suenan a otra época. El programa del gobierno vasco debe ocupar cerca de novecientos folios y creo que lo dedicado a la cultura no debe llegar ni a un folio.

REALIZAR EL «EGO» INDIVIDUAL EN LA SOCIEDAD DE CONSUMO

Raúl dice que con esto es suficiente, que no quiere insistir más sobre su discrepancia con el programa cultural del gobierno vasco, aunque se le nota bastante irritado con esta cuestión. Y por eso hablamos de su obra narrativa, de esa variedad temática que va desde «Cácereño» a, por ejemplo, «Copenhague no existe». ¿A qué se debe? ¿Quizá a que no encuentras un tono, un estilo?

—Pienso que hay una gran variedad temática, pero sólo en la superficie. En la mayor parte de mió obra, en su fondo, está presente la imposibilidad de la epopeya individual en un mundo tan cerrado como el actual. Pienso que la variedad es sólo aparente. Lo que sí afirmo es que en mi obra no existe la frivolidad, porque, buena o mala, me la he planteado con rigor. El hilo conductor temático, no estilístico, es siempre la imposibilidad de realizar at ego» individual MI una sociedad tan hermética como es la sociedad de consumo la industrial y la posindustrial, pues incluso aunque ese, llamémosle héroe protagonista, consiga llegar a la meta que se ha propuesto, las concesiones que ha tenido que hacer en el camino han sido tan importantes que la meta propuesta se ha degradado, y aunque la consiga, la obtiene degradada. Es el fracaso en el éxito. En mi obra la epopeya industria! y la violencia son unas constantes. Soy un contador de historia que no cuenta la Historia con mayúscula, sino que cuenta lo que ha pasado desde los años sesenta hasta nosotros. Cuento lo que vivo. El autor tiene que estar inmerso en el tiempo que vive. Siempre se ha dicho que el autor tiene que ser testigo de su tiempo, pero a mí esto me da miedo; yo sería más modesto y diría simplemente que tiene que estar metido en su tiempo.

PIENSO QUE MIS LIBROS NO SE LEEN

—«Lectura insólita del capital», la novela con la que conseguiste el premio Nadal, tuvo una crítica algo contradictoria, o por lo menos no demasiado espontánea. ¿Fue quizá una crítica ideologizada?

—Pienso que hubo unanimidad en decir que la novela estaba bien. Ocurrió que la crítica más ideologizada no se atrevió a decir todo lo que pensaba —pues pensaba bien— hasta que tuyo el visto bueno de sus «factótums». La crítica que obedece a una ideología no terminó de soltar su expresión verdadera hasta que los «santones» dieron el visto bueno. Por otro lado, la crítica meramente literaria tampoco se atrevió a ser tan sincera hasta que los otros santones, los de la exquisitez, se lanzaron a decir que era válido. Con la crítica ocurrieron dos cosas: por un lado vieron que el aspecto sociológico de explicación del País Vasco era importante y no se había hecho en novela, y entonces los más ideologizados no se atrevieron a decir «a priori» que era una buena visión; y, por otro lado, la estructura de la novela y el lenguaje no se valoró.hasta que los exquisitos dijeron que era bueno de verdad. Pero esto no sólo me ocurre a mí, sino a cualquiera que empiece y que no tenga conexiones con este mundo.

—Se dice que todo escritor tiene una obra incomprendida. ¿Cuál sería la tuya?

—Yo, más que incomprendida, tengo la obra no leída. Pienso que mis libros no han leido y culpa de eso ss que en España soto se promueven autores extranjeros. e

«La costumbre de morir» es la historia de una venganza que se convierte en odio

que me considere un «maldito»; me considero un autor español, que es lo mismo que un autor maldito, porque escribir en este país es ser maldito. Me siento maldito por el hecho de ser español y editar en un país en el que las editoriales no te hacen caso. El autor español más leído, todo el el mundo lo sabe, es Harold Robbins, porque ha recibido todo el apoyo de la industria editorial. Cualquiera que lee mi obra la entiende, y precisamente han sido las manifestaciones extraliterarias las que más satisfacciones me han reportado.

—En tu obra hay un valor sobreañadido, no demasiado explícito en estos tiempos, que es un mundo de ideas concretamente. ¿Cuál es ese mundo tuyo?

—Mi obsesión es la inviabilidad del desarrollo de la personalidad individual. Todas mis ideas van encaminadas a hacer al hombre un individuo. Mi teoría es que una sociedad no puede desarrollarse ni permanecer si no se basa en individuos. Jamás podrá construirse una sociedad basándose en masas o números. Hay hombres que han conseguido ser hombres a pesar de tener una estructura en contra, y es en este sentido en el que yo reivindico el individualismo.

«LA COSTUMBRE DE MORIR», A PUNTO

En el próximo mes de junio Raúl Guerra publicará en la ´nueva colección de .Novela Cátedra el título «La costumbre de morir». Es una novela en la que tiene puestas muchas ilusiones, y se entusiasma al recordar esas galeradas que acaba de corregir, por supuesto en Madrid, en uno de esos viajes de «puente aéreo».

—Es la historia de una venganza que se convierte en una historia de odio, en lugar de una historia de amor. Es la historia del oficio más antiguo del mundo, que no es la prostitución, sino el de «sicario», en donde se ve cómo la violencia política cuando se hace violencia personal puede llegar a una espiral infinita. Es una historia muy cruel que mantiene el «suspense» de la duda hasta las últimas páginas. El tiempo de la novela es el real y se desarrolla en un verano en la costa mediterránea.

Raúl explica que no se trata de una novela de la serie negra, pero sí tiene el "suspense» estilo Hitchcock, donde el misterio es un misterio a la luz deslumbradora de) Mediterráneo. «La catadura moral de los buenos y de los malos es horrenda. Es una historia que me gustaría que jamás se produjese en la realidad y que" muestra el horror de hasta dónde se puede llegar en esa línea.»

No hay que descubrir más, pero sí decir que en Raúl estaba también la intención de hacer una obra de arte literaria a la vez que un análisis sociológico, una vez más, sobre la violencia, porque en esta «Costumbre de morir» la violencia revolucionaria se convierte en violencia burguesa.

Y sin violencia hablamos de esas aventuras culturales del País Vasco, en las que él ha intervenido. Ahí están revistas como «Kantil», que ahora un grupo de escritores, entre los que está Raúl, quieren resucitar; y ese apoyo a cualquier movimiento que surge en el ámbito cultural, aunque tenga que reconocer que el clima no es nada propicio.

—Hoy cualquier empresa cultural es difícil en Euskadi y en España. La gente no está por la cultura; únicamente habla de ella en los programas políticos, a través de planteamientos teóricos que luego no se convierten en realidad porque, además, son muy molestos. Pilar TRENAS.

 

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