Autor: J. T.. 
   La soga tras el caldero     
 
 Pueblo.    13/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA SOGA TRAS EL CALDERO

EN noviembre de 1972 regresaba a España Julián Ruiz, marido de Dolores Ibarruri. Venía de Moscú.

Treinta y tres años estuvo ausente de su tierra y volvía a encontrarse, cojo por accidente, curtido el rostro

de arrugas, con el Somorrostro que le vio nacer. Cinco años después, llega a España su esposa, Dolores.

Como la gente del pueblo suele comentar en estos casos, parece como si hubiera ido «la soga tras el

caldero». Aunque no sea asi. Julián, al llegar no quiso hablar de Dolores. Solo dijo que la había visto

alguna vez en Rusia y que es una mujer instruida. Contaba al periodista Gabriel Segura, en un reportaje

publicado por «Informaciones»: «Cuando la guerra nuestra, ella marchó a Madrid a dar mítines, y yo

quedé aquí. No, no me volvería a casar con ella... Tiene un genio muy fuerte... La conocí el año 1911, en

la arboleda de la cuenca minera, en San Salvador del Valle. Ella tenía dieciséis o diecisiete años y

trabajaba en un café. Cuando la vi. recuerdo que le dije: "Oye, tú eres vecina mía." Y allí empezó todo,

pero sus padres no me dejaban salir con ella porque decían que yo era muy calavera y ellos muy "de

derechas". Y ella también, no crea.»

Hablando de su regreso, Julián contaba: «Dolores no me ha ayudado en eso, ni en eso ni en nada. Lo hizo

mi hija Amaya, que está casada con un general en Moscú.»

Dolores ha conocido el dolor, el sacrificio, la lucha de las madres porque los ha padecido en su propia

carne. Al año de casada. tuvo su primera hija, Esther. El matrimonio vivía días duros, amargos. Tras la

huelga revolucionaria de 1917, Julián debió ocultarse para escapar a la represeión. Pronto era detenido.

Dolores —tenía veintidós— quedaba sola con su hija de meses. Se defendió cosiendo «por la comida», a

lo que le ayudó su aprendizaje de modista. Una prueba de solidaridad trabajadora brilló

como rayo de luz en la tenebrosidad de aquellas jornadas. «Un día —escribe— recibí un giro de cincuenta

pesetas que me enviaba un grupo de compañeros de mi marido que estaban trabajando en las minas de

León. La alegría que aquello me produjo la pueden comprender quienes se han visto en situaciones

parecidas.»

Seis años después, Dolores tenía un parto triple. Aumentaba la familia de un minero, aunque ya libre, en

huelga. A las niñas se les pusieron los nombres de Amaya, Amagoya y Azucena. «Estuve dieciocho días

en la cama, atendida por las vecinas, cada una de las cuales apartaba de su miseria lo que podía para

ayudarme: una taza de caldo, un par de huevos, unas manzanas, una jarra de leche.» De las trillizas. sólo

sobrevivió Amaya. Amagoya fue la primera en morir. En 1925 moría Azucena. Antes, había muerto

Esther, la primogénita. En 1928. tuvo una nueva hija, Eva, que sobreviviría dos meses. Al matrimonio

sólo le quedaron dos hijos. Amaya, y el segundo de los nacidos, Rubén, que en 1944 moriría combatiendo

a los nazis en Stalingrado. La dolorida anciana, al escribir sus recuerdos, evoca: «Era angustioso para mi

pasar cerca del cementerio donde estaban enterradas mis hijas. Se me arrancaba el alma y, sin embargo,

debía pasar cada día para llevar la comida a mi marido en la mina. Estoy escribiendo y estoy llorando al

evocar todo el dolor de nuestra vida.»

A estos sinsabores se unían los de ser la esposa de un perseguido político: «Desde el año 1917 a 1931 me

tocó varias veces estar sola con mis hijos, pues en las diferentes redadas policíacas por distintos motivos

era detenido mi marido, casi siempre con los mismos cumaradas: Leandro Carro, Daniel Ibáñez,

Leopoldo Fernández, Pedro Aldama, los hermanos Arrarás, Ambrosio y Luis, cuyas mujeres sufrían lo

mismo que yo y cada una en las diferentes condiciones en que se desarrollaba nuestra vida.»

 

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