Autor: Llamas, Elisa. 
   La desconcertante figura del señor Garaicoechea     
 
 Diario 16.    22/04/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ELISA LAMAS

Abogado y periodista

La desconcertante figura del señor Garaicoechea

Una soleada mañana navarra, Carlos Garaicoechea, niño de doce años y lengua castellana, descubrió que era vasco. Pero hoy, la radical ambigüedad de su política hace temer que, tras la ruina y la sangre, su País Vasco no pueda conseguir sino la balcanización de España.

No sólo no soy especialista en Ciencias Políticas, sino que la política me aburre soberanamente. Creo que es preciso que haya políticos, personas dispuestas a dedicar la única vida de que disponen a una actividad escasamente poética, muy manchada por las sucias realidades con las que es preciso enfrentarse, y engendradora de tensiones y fatigas hasta el extremo de convertirse en peligrosa, porque el infarto de miocardio y el atentado personal son las sombras que acompañan al político. Hechas estas consideraciones previas, no me parece desprovisto de interés que una ciudadana con voto diga algo sobre un fenómeno que está ahí, a la vista de todos, políticos y no políticos. Me refiero a las actividades del señor Garaicoechea.

Elegante

Este señor posee, de entrada, unas cualidades que le favorecen: es un hombre de elegante presencia, bien educado y que habla con una cuidada dicción en castellano. No es de extrañar esto último, ya que, según declaró él mismo hace unos días en una entrevista televisada, su única lengua materna es, precisamente, el castellano, y hasta los doce o trece años no comenzó a hablar vasco. A esa edad sufrió, al parecer, una especie de crisis espiritual, que le llevó a enterarse de que era vasco.

Como en realidad es navarro, al oírle no he podido dejar de acordarme de un caso paralelo: Adolf Hitler, nacido en Austria, se identificó tan a fondo con el ideal pangermánico, que acabó anexionando Austria a Alemania, que es, precisamente, lo mismo que pretende hacer ahora el señor Garaicoechea con las tierras que le vieron nacer. Por suerte, parece una persona pacífica, porque, como sabrá el lector, para anexionar su país natal a su patria de adopción Hitler comenzó por la orden de asesinato del entonces canciller austríaco Dollfus, que murió acribillado a balas dentro de su residencia oficial. No es de temer que el señor Garaicoechea albergue intenciones parecidas respecto a su colega el presidente navarro. En ese aspecto, felizmente, se rompe la similitud.

Confieso que este señor me tiene preocupada. No creo ser la única. El señor Benegas, secretario general del Partido Socialista de Euskadi-PSOE, ha declarado hace poco que los planteamientos del presidente de las Vascongadas «otorgan a Herri Batasuna la llave de la paz». El señor Benegas acusa también al PNV, partido al que pertenece el señor Garaicoechea, de «haber tomado posiciones contra la Constitución». Dos acusaciones gravísimas para referirse a un ciudadano español.

Y es que pocas cosas existen más peligrosas en este mundo que el ardor del neófito. Este navarro pacífico que descubre a los doce años que es vasco decide dedicar su existencia al invento de un paraíso llamado Euskadi, compuesto por un Reino con historia propia que jamás ha pertenecido a las provincias vascas y que forma parte de España desde hace cerca de cinco siglos, más el antiguo Señorío de Vizcaya, también parte de España desde hace centenares de años, más unos territorios que después de haber sido españoles largo tiempo, pertenecen a Francia desde el siglo XVII. Un invento que, además de haber ya arruinado a la que fue la región más rica de nuestra Patria, está costando sangre día a día, porque ni España ni Francia están dispuestas a ceder parte de sus territorios nacionales a un grupo de iluminados.

Vascos de ayer

Después de haber vivido una buena parte de mi infancia y adolescencia en el País Vasco-francés, me asombra que estos grupos de iluminados existan.

Todos los niños conocíamos algunas canciones en vasco, las que se cantaban en la iglesia, en los tiempos en que se decía la misa en latín y el Padrenuestro y las tres Avemarias del final en francés. Nuestras casas solían tener nombres vascos. Todo el mundo sabía que algunos miles de aldeanos conservaban una lengua prerromana de origen desconocido, una reliquia que valía la pena proteger para que los eruditos la estudiasen, pero inservible para expresar conceptos modernos.

Los niños solíamos ir a ver jugar a los pelotaris, bailar a los espatadanzarts y escuchábamos en las fiestas callejeras a los chistularis.

Conservo recuerdos entrañables de aquellos bellísimos paisajes y de aquellos pacíficos y civilizados pueblos. Por eso a mí la figura del señor Garaicoechea me produce una impresión idéntica que al señor Benegas: una radical ambigüedad, que le quita toda la simpatía que podrían proporcionarle su agradable presencia, sus distinguidos modales y su perfecto castellano. Lástima que su vascuence sea, según nos dijo en la entrevista televisada, irremediablemente malo a causa de su tardío aprendizaje. Eso le aparta del número de los que pueden ser utilizados por los eruditos para estudiar una reliquia lingüística.

En principio pertenezco al número de españoles que han concedido un voto de confianza al Estado de las autonomías. Creo que la reestructuración de los poderes públicos quizá dé ocasión al aumento de personalidades locales brillantes y a un resurgir de la patria común.

Pero es condición indispensable para ese resultado el juego limpio, el no hacer trampas y el no albergar segundas intenciones. Las ambigüedades del señor Garaicoechea resultan preocupantes: en lugar de un país próspero y bien organizado, estilo Suiza, podríamos encontrarnos con una balcanización sin retorno.

 

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