¿Qué hacer con HB?     
 
 Diario 16.    06/05/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

¿Qué hacer con HB?

El horror y el asco qué los últimos crímenes de ETA han provocado en la opinión pública obligan a plantear de nuevo el gran problema de Estado de la transición democrática, ¿qué hacer con Herri Batasuna? ¿Qué hacer con esa caja de resonancia de ETA que vive, como un vampiro, de la sangre derramada por el separatismo criminal y que aún tiene el macabro sarcasmo de denominarse movimiento de liberación nacional y poner claramente a la organización terrorista como de punta de lanza?

La estrategia del terror consiste en obligar a la sociedad democrática a que actúe al margen de las normas que legitiman su existencia, respondiendo a la sangre con la sangre y al crimen con el crimen.

Hasta ahora, el Estado no ha caído en esa trampa y el sacrificio de centenares de hombres y mujeres pertenecientes a las Fuerzas de Orden Público, al Ejército o a cualquier sector de la sociedad civil ha servido para fortalecer la convicción democrática de nuestra sociedad y la repulsa generalizada al terrorismo. Sólo una parte de la ciudadanía rechaza esa dinámica democrática: los sectores radicales del nacionalismo vasco, con la complicidad indirecta de los nacionalistas pacíficos, aunque inmoderados, del , PNV.

Se ha hablado en estas páginas —con gran eco político— de la «enfermedad moral» que sufre la sociedad vasca. Su última manifestación ha sido protagonizada por los comparsas de ETA ante tas escalofriantes imágenes de los policías y de la esposa embarazada de uno de ellos, asesinados salvajemente en Bilbao.

Los empresarios del periódico «Egin», buzón etarra diario, se han negado a insertar una esquela por los asesinados. Las ambigüedades del PNV tienen siempre alguna excusa «patriótica» para disculpar su responsabilidad moral. ¿Pero cómo actuar ante gentes que se hacen directamente solidarias con el crimen, retorciendo al máximo los principios de la sociedad democrática?

Es evidente que del PNV no se puede esperar un arrinconamiento sociológico de Herri Batasuna. Pero sería un error caer en la disyuntiva legalización-ilegalización de los «abertzales». La ilegalización no contribuiría a erradicar el terrorismo o a debilitarlo, y, por tanto, no es la alternativa.

Lo único posible y deseable es el fortalecimiento del Estado de derecho, la aplicación de la ley con todas sus consecuencias en el ámbito del País Vasco. Esa es la gran batalla que la ciudadanía y el Estado deben plantear y ganar. Porque es evidente que en Herri Batasuna se delinque de muy diversos modos, pero que el brazo de la ley es demasiado débil para reprimir el delito.

Ser independentista no es un delito, ni puede serlo. Colaborar con los terroristas, no sólo en la acción, sino en la opinión, es un delito que queda muchas veces sin castigo.

El gran desafío para el Gobierno y los demócratas españoles y vascos no es ¡legalizar a HB, sino hacer que la ley llegue a todos y cada uno de los ciudadanos del País Vasco.

Esto es lo que las víctimas del terror nos piden a todos los ciudadanos con conciencia: una sentencia moral y legal contra sus asesinos. Y eso es lo menos que les debemos y que nos debemos a nosotros mismos.

 

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