Autor: J. T.. 
   El exilio     
 
 Pueblo.    13/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

EL EXILIO

ANOTA Teresa Pamies que el último dirigente del P. C. E. que habló con el coronel Casado, en el mes de

febrero de 1939, fue Dolores Ibarruri. El propio coronel le envió una nota por ordenanza invitándola a su

Estado Mayor. «La cita —escribe Pamies—, a la que acudió contra la voluntad de algunos de sus colegas,

cons-tituye no sólo un testimonio de la hora más grave para la República, sino también un exponente de la

personali-dad de esa vasca realmente desconcertante.» Casado y Pasionaria se mostraron disconformes en

sus criterios. Uno pensaba que la guerra debía cesar. La otra era partidaria de llevar hasta el fin la

resistencia del pueblo. A pesar de esta voluntad de lucha, la realidad se impuso. De Madrid marchó a El

Palmar, en Levante. El 5 de marzo de 1939 marchó a Elda, para exponerle a Negrin la opinión de su

partido. Esa misma tarde, Casado se subleva contra el Gobierno Negrin. Madrid va a rendirse. Los

camaradas impelen a Dolores a salir de España. Se resiste, pero «la dirección del partido ha decidido que

marche y debo mar-char». En el aeropuerto de Monóvar, Hidalgo de Cisneros, que tenía reservados varios

aviones pequeños al servicio del Gobierno, puso uno a disposición de Dolores y sus acom-pañantes.

Ya en el exilio, Dolores Ibarruri, cuando José Díaz muere (1942) es nombrada secretario general del

Partido Comunista. Hoy es su presidente. Moscú la proclamó «ciu-dadana soviética de honor», y, más

tarde se le concede el premio Lenin. El suyo, en la U. R. S. S., no fue un retiro político. Pasionaria ha sido

personaje activo en crisis de ortodoxia y doctrina. En algún momento se ve acusada de «culto a la

personalidad». Creo muy interesante la si-guiente aseveración de Teresa Pamies en su libro biográ-fico:

«No quedaría nada de Dolores Ibarruri si no se hu-biera producido el cataclismo desencadenado por

Khruschev en el XX Congreso del P. C. U. S. del año 1956. El «culto» la habría devorado. Quedaría tal

vez la leyenda, pero la habrían empañado los estragos de aquél. El famoso Con-greso tuvo la virtud —

entre otras— de sacudir hasta el tuétano a militantes como Dolores Ibarruri, prueba de que la «roja

asturiana» no había sido atrofiada por el desme-surado tributo a su persona.»

Gran significación política se dio a su intervención ante cincuenta mil emigrantes españoles, concentrados

en el parque de Montreuil, a mediados de junio de 1971. Tres años después comparecería ante veinte mil

españoles en el Palacio de Deportes de Ginebra. Luego Dolores Ibarruri volvió a su casa de Moscú. Allí

siguió pensando en España. En el regreso. En ese reencuentro con sus tierras y con sus gentes, que ahora

se ha hecho realidad.

J. T.

 

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