Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Managua está en Rentería     
 
 Diario 16.    24/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

PEDRO J. RAMÍREZ

Managua está en Rentería

«Menos ocuparse de Centroamérica y más del País Vasco. Es en el palacio de la Moncloa donde hay que construir la «vía Contadora». Y si nueve horas no son suficientes, habrá que reunirse otras nueve, otras nueve y otras nueve»

A del pasado jueves fue, quizá, la noche más triste de estos ocho meses de administración socialista. En casi nueve horas de conversación, Garaicoechea y González no lograron ni un solo acuerdo de relieve dentro del cada vez más nutrido catálogo de conflictos entre los Gobiernos de Madrid y Vitoria. Mientras uno y otro trataban a duras penas de disimular su contrariedad, cansancio y abatimiento ante las cámaras de televisión, el vicepresidente Guerra protagonizaba un espectáculo chulesco y barriobajero, con insultos a la Prensa más propios de un patán de derechas que del número dos de un partido que tanto ha combatido en pro de las libertades públicas. Es comprensible que, en medio de ese oficio de tinieblas y con el guirigay de Rentería a sus espaldas, la quebradiza moral del lendakari se resquebrajara y llegara a pronunciar en su automóvil una sentencia lapidaria: «Esto no tiene solución.»

Y, sin embargo, «esto» tiene que tener «solución». Es demasiado importante lo que el Estado democrático se juega en el contencioso vasco —la propia viabilidad de una España a la vez libre y unida— como para que nadie se permita el lujo de tirar a la mitad de la pelea. Este es el tercer jefe del Gobierno central con quien

A

ninguno le han unido tantas afinidades como a González y, tal vez por eso, la negociación resulte más fácil que nunca. Se trata de dos hombres jóvenes, sin vida política alguna durante el franquismo, un tanto inesperadamente promocionados a la jefatura de sus respectivas tribus, como símbolo del implacable cambio generacional operado en España. Ambos poseen enormes dosis de buena voluntad, tolerancia, capacidad de diálogo y respeto al antagonista; pero ambos actúan dotados también de esa terca firmeza que caracteriza a quienes están en la arena pública para defender unas cuantas convicciones.

Unión en la Corona________

Al reducirse el margen de chalaneo —en la Moncloa de Suárez todo se «cambiaba» por algo, en la de Calvo-Sotelo todo se «entregaba» por nada— es cuando están quedando patentes los tremendos vicios de origen aparejados a nuestro errático proceso autonómico. El primero y más grave de ellos tiene que ver con el propio texto constitucional. Cada vez que se plantea un problema esencial relativo a la soberanía —el último, el de la bandera en Tolosa y Rentería— las autoridades de la Administración central invocan con buen criterio —estupendo gobernador civil este Josu Elorriaga— el texto constitucional que a todos obliga por igual.

Eso está muy bien, pero no debemos olvidar que el nacionalismo vasco fue el único grupo social al que no se logró incorporar al consenso que impregnó la elaboración de nuestra ley de leyes.

El PNV acata la Constitución, pero día tras día va quedando en evidencia que algunos de los sentimientos más íntimos de su electorado no resultan satisfechos en su aplicación y desarrollo.

¿Significa eso que lo que los nacionalistas quieren es tan sólo la independencia y que lo lógico era haberles allanado el camino? Ni lo uno ni, por supuesto, lo otro. Tal y como ya lo expuse entonces en las páginas de «Abc», en el año 77

había dos fantásticos instrumentos para haber llegado a la raíz de las disputas con las dos nacionalidades históricas: la capacidad «tajadora de la Corona de España, sustentada entonces fundamentalmente por la derecha, y la concepción federalista del Estado enarbolada por la izquierda. De la combinación de ambos elementos pudo haber surgido algún tipo de federación de pueblos en torno a la Monarquía que, entre otras cosas, habría hecho variar por completo el significado de los símbolos «españolistas» para el ciudadano vasco. Los recelos del PSOE hacia la Corona y los «tics» napoleónicos y antiliberales del sector «azul» dominante en UCD impidieron esa síntesis y se eligió, en cambio, el camino del «café para todos», rimbombantemente bautizado como «Estado de las autonomías».

Es innegable que los años transcurridos han revelado cierta conciencia de identidad en comunidades españolas —singularmente Andalucía— en las que ese fenómeno no tenía excesivos antecedentes históricos. Pero también es innegable que en ningún otro lugar pueden apreciarse rasgos diferenciales tan acusados como en Cataluña y el País Vasco.

Nada ocasiona tanta crispación en estas dos comunidades como la idea de que se está cometiendo la injusticia de tratar por igual a los desiguales, rebajando sus propios techos y animando a los otros a forzar artificialmente —a menudo hasta límites grotescos— sus propias señas de singularidad. El último ejemplo es el del presidente de cierta comunidad autónoma, que la semana pasada amenazó al director general de RTVE con exacerbar la conflictividad en torno a un problema menor, para ver si así las cámaras de televisión le prestaban la misma atención que a Garaicoechea, Pujol o Escuredo,

No confundir PNY y HB

Con todo esto no pretendo justificar la actitud del PNV, pero sí explicarla. Lo sencillo frente al problema vasco es recurrir a la «sal gorda nacional» —«que alguien de Rentería diga que no es español es como si Kunta Kinte se creyera blanco», aclaró Alejo García, con su habitual sutileza, la otra mañana en Radio Nacional — , pero ése es un ejercicio tan perezoso como estéril. Esta no es una historia de buenos y malos, con el PNV en el permanente papel de villano. Lo que ocurre es que los nacionalistas vascos se han comprometido —he aquí el quid de la cuestión— a desarrollar conjuntamente con el Gobierno central un guión —el Estatuto de Guernica— que, a, pesar de sus ya reseñados inconvenientes, otorga objetivamente a Euskadi las mayores cotas de autogobierno de la historia moderna y contemporánea. Y lo que ocurre es que con demasiada frecuencia se dejan arrastrar por la frustración que les producen tanto las limitaciones de este guión como los obstáculos que desde Madrid se ponen a su aplicación, e incurren en actitudes de ambigüedad, permisividad e incluso complicidad manifiesta para con esa minoría de fanáticos que no invocan otra razón que la de la fuerza bruta.

Confundir al PNV con Herri Batasuna sería un error tan tremendo como pensar que la derecha española y la Falange eran una misma cosa o que la sociedad alemana se identificaba con el partido nazi. Estoy seguro que la inmensa mayoría de los nacionalistas vascos sienten repugnancia ante los crímenes de ETA, ante los actos de vandalismo del Ayuntamiento de Irún, e incluso ante las quemas de banderas. El problema es que no basta con que su conciencia sea recta. También tiene que serlo su comportamiento. Muy pocos alemanes querían la existencia de Auschwitz y, sin embargo, fueron asesinados millones de personas. ¿Qué hacía entretanto el hombre de la calle, el ciudadano medio? Unos conseguían no enterarse, otros fingían no hacerlo. Unos se abstenían, otros votaban en blanco. Unos se amparaban en que el fin justifica los medios, otros sólo se fijaban en las intolerables provocaciones de los enemigos del régimen.

El «mal militar» acocho

A los nacionalistas vascos no podemos pedirles que estén de acuerdo con la LOAPA o que consideren correcta la actuación de la Policía Nacional, camuflada de paisano en Rentería. Lo que todos los demócratas españoles podemos no sólo pedir, sino exigir a todos los demócratas vascos es que su actitud hacia ETA y Herri Batasuna no dependa ni de la LOAPA ni de la actuación de la Policía Nacional en Rentería. Estos son problemas a dirimir en el ámbito de la civilización y a través de las instituciones instauradas por el pueblo, nunca buscando alianzas con quienes han elegido el terreno de la barbarie. Cada vez que coincide con Herri Batasuna, cada vez que con su silencio le otorga ésta o determinada baza, el PNV se envilece y se convierte en co-responsable de la escalada de violencia que está pudriendo al pueblo vasco.

Es difícil ponerse en su lugar, pero el Gobierno González tiene que hacer un monumental esfuerzo de comprensión hacia las dificultades, debilidades y tentaciones del Gobierno Garaicoechea. El presidente debe dedicar una parte mucho mayor de su tiempo y atención al seguimiento del que continúa siendo principal problema del nuevo Estado. Menos ocuparse de Centroamérica y más del País Vasco: Managua está en Rentería y donde hay que construir la «vía Contadora» es en el palacio de la Moncloa. Y si nueve horas no son suficientes, habrá que reunirse otras nueve, otras nueve y otras nueve. Y si la única manera de conseguir que el señor Guerra no salpique de frivolidad y de esperpento un proceso tan crucial para la suerte de España es dejándole fuera, pues habrá que limitar las reuniones a aquellas personas que sepan comportarse de manera digna y decente, que por fortuna no escasean en el Gobierno socialista. - ¿Acaso no nos damos cuenta de que el «mal militar» volverá a reproducirse entre nosotros en cuestión de muy pocos meses, si las cosas en el País Vasco siguen por el camino que van?

 

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