Autor: Sierra, Ramón. 
   El Estatuto vasco... Y el catalán     
 
 ABC.    09/10/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL ESTATUTO VASCO... Y EL CATALÁN

SOSPECHO que los catastróficas van a tener que batirse en retirada. El presidente Suárez está demostrando que es insustituible y que, sin necesidad de convocar ningún Congreso extraordinario de ta UCD, domina todas las tensiones que agitan a quienes llevan en su solapa (a rosquilla verdinaranja. Hasta el propio líder del PSOE, el partido de la alternativa, ha manifestado que, por ahora, lo único razonable es que don Adolfo siga en la Moncloa. Una vez aprobados los Estatutos vasco y catalán, todo será coser y cantar. La responsabilidad de eliminar a la ETA recaerá en don Carlos Garaicoechea, quien, según opinan muchos destacados políticos y comentaristas, una vez que tenga a sus órdenes, al alimón con tas autoridades centrales, a la Policía Nacional, y más tarde, a la autóctona, desarmará a los «milis» y asfixiará a sus padrinos del Herri Batasuna, secundado por todos los vascos, incluidos los independientes «sin color ni grito». La batalla será, probablemente, larga y dura, pero mientras llega la victoria definitiva Suárez se apresurará a entregar ai lendakari todo cuanto éste le pida para enardecer a sus huestes y desanimar a sus enemigos. «No seáis tan brutos», les dirán sus emisarios a los del HB. «No os dais cuenta de que empleando bien todos los recursos que nos han entregado en Madrid y los que nos seguirán entregando, ¿quién nos va a impedir que, dentro de algunos meses, o de algunos años, se convierta Euzkadi en una nación soberana? Rendid las armas y limitaos a promover algunos alborotos, de vez en cuando, para asustar a los ministros si se oponen a nuestras demandas. ¿No habéis advertido que, sin es-

tar aprobado todavía el Estatuto, ya hemos empezado a colar goles de bandera? ¿Cuándo hubiésemos imaginado que tos hijos de los más frenéticos centralistas tendrían que dar clases obligatorias de euskera y que, en los libros escolares correspondientes se presentaría a Euzkadi como una más entre las naciones de Europa, y que, en los mapas que ilustran esta presentación iban a figurar las cuatro provincias de Euzkadi-Sur y las tres tierras vascas de Euzkadi-Norte, sin que ni el señor Otero ni M. Giscard d´Estaing se hayan enfadado?

Confieso que mi terquedad vizcaína empieza a ceder abrumada por tantas y tan ¡lustres opiniones, que proclaman su fe en et éxito del Estatuto de Guernica y en la luna de miel autonómica que todos los españoles vamos a disfrutar. Sin embargo, no acabo de dominar mis inquietudes, porque nadie se preocupa del Estatuto catalán. Los catalanes, como organizan pocos mítines y casi ningún entierro, y su pequeño núcleo de separatistas, convictos y confesos, apenas hacen otra cosa que cantar «Els Segadors» —un himno al que, por cierto, ya nadie le concede importancia— pocos se han creído obligados a explicarnos por qué motivos debemos confiar plenamente en los nacionalistas catatanes.

SON DISTINTOS LOS PROBLEMAS VASCOS DE LOS CATALANES.—Por muy bien que vayan las cosas en las Vascongadas, se necesitarán varios años para que lo» del PNV consoliden su actual hegemonía sobre los demás grupos nacionalistas, desahucien definitivamente a los «españolistas» y frenen al PSOE. Pero si se logra ta paz política —una vez desarticulados, por supuesto, los comandos terroristas—será preciso un esfuerzo colosal para reconstruir la economía vasca, que se basa, sustancialmente, en las ventas a los maketos. No se podrá dejar ningún cabo suelto ni desdeñar los crecientes sentimientos de animadversión contra lodo lo vasco, injustos, como todas las generalizaciones poco documentadas. En 1926, un escritor castellano, Fernández Diez, decía: «Habéis insultado a España, y singularmente a Castilla. Mas la suerte que tenéis, sin embargo, es que el noventa y cinco por ciento de los castellanos de Castilla y de ta España castellana ignoran vuestros dicterios.» Pero en 1979 ya se han enterado y no sólo los castellanos de Castilla. Acabamos de ver una hoja en la que se pide a todos los españoles «que no compren productos euzkadianos».

En cambio, en Cataluña, la pugna entre (a «Lliga» y la «Ezquerra» —en el fondo, los planteamientos políticos catalanes, de los años 30 subsisten, con nombres y formaciones distintos— es posible que termine, si no en un abrazo de Vergara, sí en una civilizada disputa que sólo episódicamente perturbe la paz de ese gran pueblo. El «seny» catalán no es una leyenda, como la está demostrando su proceso autonómico. Por otra parte, su economía es mucho más completa que la vascongada, su unidad autonómica no es un artificio, su lengua no es, como la vasca, una barrera insalvable y rara vez agravian o insultan los catalanes a sus clientes «castellás». Y esto nos preocupa, porque Cataluña puede llegar a ser, si todo va mal en España, el ente autonómico en mejores condiciones para independizarse de derecho o de hecho. Y decimos de hecho porque, probablemente, no tes importaría nada dorar esa negra pildora con cualquier ingenuo formulismo constitucional que les permitiera seguir vendiendo sus variadísimos productos más allá de Fraga (de la ciudad fronteriza de Fraga, se entiende). Seria ya muy difícil contener las consecuencias de un nacionalismo catalán victorioso. Ya lo advirtió Ortega y Gasset en el Congreso, cuando se debatía te Constitución de la II República. «Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que se retrograda y camina hacia su dispersión.»

Aprobados los Estatutos vasco y catalán, Suárez se presentará en las Cortes rejuvenecido, como si fuese un torero que ya ha despachado los toros de Pamplona y de Bilbao y sólo le quedan pendientes tas cómodas corridas de septiembre. El presidente ya no tiene orejas, y ya no le obligan a permanecer asomado al más alto ventanal de su palacete, armado con un catalejo. Sólo le desasosiega una cosa, según nuestros informadores: que a te ETA se le ocurra cometer alguna salvajada de tal calibre que le obligue, de nuevo, a suspender su gira americana y a montar otra vez su catalejo. No lo permita Dios.—Ramón SIERRA.

 

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