Autor: Páez, Cristóbal. 
   Carrillo: «Chapeau»     
 
 Arriba.    17/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CARRILLO: CHAPEAU

ESTAMOS todos? ¿Falta alguien? En realidad esta mos casi todos; los comunistas, que iban

rezagados —ya so sabe el por qué—, acaban de incorporarse a la larga columna de los

partidos en marcha hacia la democracia.

Si Mao, con su gran capacidad para la invención de slogans político-poéticos, estuviera entre

nosotros en plan de riguroso estreno, nos hablaría del Gran Salto Adelante o de las Cien

Flores. Pero ai Mao a dejado nada escrito para este evento, ni tampoco Antonio, Miguel, León

Felipe, Federico, Rafael...; escribieron nada para esta hora de luces y sombras, para asta

vuelta a empezar, para este como decíamos ayer... Pues, bien; si ya estamos casi todos, que

empiece la función, porque la llegada de la izquierda de la izquierda puede que sea sólo

cuestión de horas.

El título de la obra podría ser como el de aquella revista que murió no sé por qué causas:

Discusión y convivencia. Se trata de una pieza con mucho suspense y de imposible adscripción

por ahora a uno cualesquiera de los géneros EI Gran Teatro del Mundo. ¿Comedia?

¿Tragedia? ¿Tragicomedia? ¿Saínete? ¿Astracanada? ¿Drama? Vaya usted a saber. Se sabe

cómo empieza, pero no cómo termina. La anterior, la que se estrenó en la primavera de 1931,

fue un completo desastre. Salimos de Málaga (la dictadura) y nos metimos en Malagón (la

guerra civil). Después, hemos tenido que recorrer un largo camino en busca de otro escenario

con las alforjas repletas de muertos: cuatrocientos mil o así, de todos los colores, porque allí

murió hasta el apuntador.

Ya están los personajes —unos, viejos; otros nuevos— en el proscenio. De repente, un

pajarraco revolotea sobre la escena y, de parte del ex secretario de Estado norteamericano,

Kissinger, deja caer el mensaje siguiente: «Los españoles, al menos históricamente, no están

acostumbrados a solucionar sus divergencias pacíficamente». Y añade el conspicuo

corresponsal, aunque después lo niegue: «Los españoles, políticamente, son unos cafres». No

es un halago, pero algo es algo. Mucho peor sería que nadie se ocupara de estos cafres,

definitivamente sin «Plan Marshall» y sin «Mercado Común» por el momento.

Los personajes, como dijimos, ya están sobre las tablas. El coliseo está repleto de crítica y

público. Se alza el telón; los espectadores contienen la respiración y la tos. El personaje que

está situado a la extrema izquierda del palco proscénico avanza hacia las candilejas y

prorrumpe en gritos desaforados y amenazas al personaje que está en la otra punta. El cual, a

su vez, se pone también como un energúmeno. A todo esto, los actores que hay en el centro

tratan de contener el guirigay con suaves ademanes y palabras que no se oyen, los de la

derecha se ponen patrióticos y bastantes pesimistas; los de la izquierda1, descorbatados,

chillan y levantan el puño, y los de la izquierda 1 bis, lejos de sumarse a las protestas de los

anteriores, observan discreto silencio y gran compostura.

El público se torna tumultoso y una parte del mismo reclama a voz en cuello que se le devuelva

el importe de los billetes de entrada, reservados hace cuarenta años. «¡No es esto...! ¡No es

esto...!», exclaman algunos y, coléricos, añaden: «Tiene razón Kissinger, ¡sois unos cafres!».

Arrecia el escándalo y se suspende la función. Al día siguiente, la crítica descubriría en los

periódicos que la compañía había osado representar la función sin que los actores, por falta de

memona, sé hubieran aprendido los papeles, excepto los de la izquierda 1 bis, llamados por

mal hombre los comunistas, que esos sí que se sabían su papel y además lo habían ensayado

largamente en un Corral de la Pacheca subterráneo y clandestina.

Señor Carrillo: chapeau. Se discute si fue usted o Lampedusa el autor de «hagamos que

cambie todo para que todo siga igual». Da lo mismo. El caso es que usted es casi el único

personaje de la íarsa, con perdón, que sabe de qué va. Curioso como lo es usted, quizá haya

leído en el «Eclessiastés» que hay un tiempo para cada cosa. Y, precisamente, de eso se trata,

aquí y ahora, pues el tiempo es fugaz y no podemos guardarlo en odres, cual los dioses

antiguos hacían con los vientos.

Usted, Carrillo, se ha aprendido la lección de una aplastante y cercana derrota que por

cuarenta años —y se lo digo con unos versos casi ignorados, seguramente por malos—

devolvió el martillo al tallar y la hoz al trigal.

Cristóbal PAEZ

Domingo 17 abril 1977

 

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