Autor: Lago, Julián. 
   Carlos Garaikoetxea: "Aislaremos a ETA"     
 
 Interviú.    18/10/1979.  Página: 6-8. Páginas: 3. Párrafos: 79. 

Carlos Garaikoetxea

Por JULIÁN LAGO Fotos: GERMÁN GALLEGO (Enviados especiales a Euskadí)

— Y después del referéndum, ¿qué?

—Bueno...

Y se hizo el silencio. Miren: un profundo y absoluto silencio, corto pero suficiente en el tiempo, para recorrer con la mirada el despacho que provisionalmente ocupa aquí, en Bilbao, en el palacete de la Diputación Foral del señorío de Vizcaya, el presidente del igualmente provisional Consejo General Vasco, Carlos Garaikoetxea. Sobre el artesonado del techo, una gran araña de cristal; en las paredes, sobre todo, un crucifijo de plata («No, no, que yo recuerde, de los más de cuarenta mil afiliados al partido, no hay ninguno del Opus»), un óleo de San Ignacio de Loyola, una pequeña fotografía de Juan de Ajuriaguerra, dirigente del peneuve, fallecido no hace más de un año, y un retrato, pequeño también, no sé si a plumilla, del promotor del nacionalismo vasco, don Sabino Arana. «Claro, oye, no voy a tener un retrato de José Antonio», comentaría al final de nuestro largo y tendido diálogo cuando, ya de pie, y a punto de marcharnos, se ha impuesto el tuteo. La verdad, con Garaikoetxea, con el joven lendakari, miembro a la vez de la Diputación Foral y presidente del comité ejecutivo del Partido Nacionalista Vasco, no había tenido ocasión de contacto personal alguno («Es que tú únicamente viajas a Madrid para pactar con Suárez», le digo), y uno se lleva la impresión de un político educado a la europea, refinado en las formas, con un diapasón de voz tenue y monocorde, como queriendo no causar molestia alguna a su interlocutor.

«Aislaremos a ETA»

—...después del referéndum del próximo 25, sobre el Estatuto de Autonomía, habrá que ratificarlo en Madrid, en el Parlamento, para más tarde, a finales de enero posiblemente, convocar en Euskadi unas elecciones, y a resultas de esas elecciones alguien tendrá que gobernar, y alguien tendrá que formar Gobierno.

—Y ese alguien será usted, claro.

—¡No, por Dios!!, no aventure pronósticos. Quienes me conocen saben, desde luego, que eso no entraba en mis cálculos.

—No se lo van a creer.

—Sí, ya sé que suena a frase hecha, pero así es.

— ¿No ambiciona entonces suceder al viejo Leizaola?

—No, en absoluto, no lo ambiciono.

— Pues él ya le llama a usted lendakari.

—Lendakari en vasco quiere decir presidente; luego, en ese sentido, soy lendakari. Lendakari, sí, me llama mucha gente, además de Leizaola; el propio presidente Suárez, creo, me llama también lendakari.

—Es que Suárez se entiende muy bien con usted.

—Sí, por suerte. Suárez y yo nos entendemos muy bien en el plano personal. En el plano político...

— ...también, señor Garaikoetxea...

—... no, no, en el plano político la cosa es bien distinta.

— Pues desde fuera parece incluso que son del mismo partido.

—Hombre, eso es mucho afirmar por su parte. Yo creo que, desde el punto de vista político, las diferencias son importantes, no diré abismales pero si enormes, especialmente desde nuestras ponencias de Pamplona en el setenta y siete, y además luego con ucedé tenemos un problema por medio muy serio, pero que muy serio, además de lo del nacionalismo, que ése sí que nos separa y ese problema es Navarra.

— Usted es navarro, ¿no? —Sí, sí, soy navarro.

— ¿Y qué se considera antes: navarro o vasco?

—Esa es una pregunta, más que capciosa, paradójica, porque yo, precisamente, soy vasco porque soy navarro, asi de sencillo, y me considero vasco en el máximo grado posible porque soy navarro por los cuatro costados.

—Siguiendo esa argumentación, al final, se tendrá que considerar español por ser precisamente vasco.

— Ahí sí que hay mala intención. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Qué tiene que ver?

—¿Pero no asegura usted que es vasco porque es navarro?

—Aquí hay una cuestión de fondo, y la cuestión de fondo es que existe un concepto de España y de lo español totalmente deteriorado. Entonces, mientras España y lo español signifiquen lo que durante ciento cuarenta años han significado, a nadie, oiga, le deberá producir excesivo escándalo que los vascos, muchas personas, esquivemos esos términos. Lo que sí que habrá que demostrar es que el concepto España, o el concepto español, puede llegar a significar otra cosa de la que ha significado.

— Eso para muchos suena a puro y simple separatismo.

—Eso, como todas las cosas, depende de la óptica que cada cual emplee. Alguien habrá que vea en ello un camino hacia otras cotas que incluso culminan en lo que usted señala. En cambio, hay otros que consideramos que ésa es la forma de consolidar el Estado. Un nuevo modelo de Estado, diferente del que venimos padeciendo.

—¿Un nuevo modelo de Estado? ¿Acaso un Estado de corte confederal?

—Nuestra tesis histórica es la tesis de la reintegración foral; es decir, la tesis de la devolución de los poderes políticos originarios que tenía el pueblo vasco hasta que se produjo el expolio foral. ¿Acaso un Estado confederal?, me pregunta. En términos actuales, en lenguaje constitucional actual, ¿a qué podría hoy homologarse aquel ordenamiento? Pues a una especie de confederación monárquica, evidentemente.

— Pero ¿no subyace bajo esa fórmula otra intención a más o menos largo plazo?

—No, la verdad, no. Yo pienso que el separatismo es un fenómeno absolutamente anacrónico. Cuando se está caminando hacia la formación de una nueva Europa, cuando la independencia es cada vez algo más relativo y la interdependencia es cada vez algo más evidente, más palpable, hablar de separatismo es un puro anacronismo. Por consiguiente, el separatismo, cuando a uno no le obligan a separarse, no tiene por qué existir, si se puede vivir con respeto el propio ser político y en un Estado confederal.

— Su tesis, y usted lo sabe, se verá con recelo en Madrid.

—Sí, ya lo sé.

—¿Por qué cree que en Madrid desconfian tanto de los vascos? Mucho más, por supuesto, que de los catalanes.

—Hombre, en Madrid desconfian mucho de los vascos, pero nosotros también desconfiamos mucho de Madrid, porque hay experiencias históricas bastante, bastante, amargas. El problema vasco tiene sus propias connotaciones, probablemente difiere del catalán en que no somos tan asimilantes.

— El Ejército está observándoles muy de cerca.

—Seguro.

— Y uno de los factores que desencadenaron en el Ejército el dieciocho de julio fue precisamente el proceso autonómico, ¿o no?

—Uno de los factores, tal vez no el principal, y ¿qué quiere decir con eso?

—Nada, simplemente hago una reflexión.

—Mire usted, la sociedad ha cambiado mucho, y el estamento militar también. Lo que sí creo es que puede existir otro tipo de reacciones.

«Una intervención militar sería hacerle el caldo gordo a la extrema izquierda abertzale»

«Si el Estatuto queda en papel mojado, se ampliarán los sectores sociales que hoy prestan apoyo, más o menos moral, a la violencia» más sutiles, bajo fórmulas democráticas, el endurecimiento del sistema por ejemplo, y eso si que es un peligro más próximo que no la clásica intervención militar, mucho más.

— Sin embargo, hay políticos como Fraga, que apuntan en esa última dirección.

—Hombre, yo preguntaría primero: ¿Para qué han servido en Euska-di los cuarenta años de dictadura, para ahogar unos sentimientos o, por el contrario, para exacerbarlos? Eso sería hacer el caldo gordo a la extrema izquierda abertzale, que piensa que con una ocupación militar se produciría una ilusionaría reacción popular, y a los que estarían encantados con el golpismo. Pero, ¿qué sucedería dentro de no sé cuántos años?, pues que surgiría quizás un pueblo con unos sentimiento fortalecidos y muy radicalizado.

—¿No queda, pues, otra vía de pacificación para Euskadi que la política?

—Nosotros creemos en esa vía, y sabemos de antemano que no es un camino de rosas. Son ochenta y cinco años los que el partido lleva empleando las vías políticas, jugando, creo que casi siempre, yo diría que siempre en lo que me alcanza la memoria, con toda lealtad. Y quienes han negociado con nosotros saben que nos podrán tachar de exigentes pero nunca de no transparentes.

— Se les acusa de ser muy poco pragmáticos.

—En cambio, los radicales de aquí nos acusan de ser excesivamente pragmáticos y nos han dicho de todo.

—Incluso a usted le han tachado de traidor y de vendepatrias.

—Sí, y de Maroto y de no sé cuántas cosas más, la cantinela de siempre, pero lo que hace falta es que el 51 por ciento de votos en referéndum aprueben el Estatuto.

—¿Sólo el 51 por ciento? ¿Tan pesimistas son los sondeos?

—Bueno, el 51 por ciento yo digo que es condición suficiente, no digo que sea lo deseable, pero supongo, vamos, estoy seguro, que el porcentaje será más expresivo.

—¿Piensan barrer?

—Mire, yo creo que barreremos, que la abstención será normal, alrededor de un 40 por ciento.

—Eso parece mucho, ¿no?

—No, haciendo matemáticas puras, no. Partiendo de que un 30 por ciento es un porcentaje normal en este tipo de votaciones, más la incidencia de la presión ambiental, significa que en relación con las últimas elecciones y teniendo como referencia Herri Batasuna, que obtuvo un quince por 100 y que ahora se abstiene, nos iríamos a un 50 por 100 de abstención, o más incluso contando otros sectores radicales que están en línea contra el Estatuto.

—Y, si no, dan ustedes un pucherazo.

— ¡Qué horror!

—Oiga, que se comenta que están de acuerdo en ello la ucedé, el propio pesoe y ustedes mismos.

—El Estatuto servirá solo en la medida en que sea objeto de un desarrollo cabal y de un juego leal por parte de Madrid a la hora de desarrollar todo lo que en potencia contiene este Estatuto. Malo sería que en Madrid empezaran con cicaterías intentando obtener interpretaciones restrictivas o pretendiendo dar la vuelta a un texto.

-¿Usted se lo teme?

—Yo ni me lo temo ni me lo dejo de temer. Lo que sí hago es esa advertencia, no prejuzgo a nadie. Ahora bien, si el Estatuto se queda en papel mojado, el peligro sería inmenso y, en lugar de ahuyentar el escepticismo de quienes creen que la vía política no es válida, de que en Madrid nos la volverán a jugar, habremos ampliado los estratos sociales de tos que hoy prestan su apoyo,

más o menos moral, a la violencia actualmente.

—Eta es hija del peneuve.

—Eta, como todo movimiento nacionalista vasco acompañado o no de otros componentes ideológicos, ha surgido efectivamente del peneuve, de excisiones del peneuve.

—Más aún: desde fuera parecía que era el brazo armado del peneuve hasta que fueron apartándose de ella.

—Ya, me imagino la cara que pondrán los de Eta ante esta afirmación. No, no fue el peneuve el que se apartó de Eta, sino Eta la que se apartó del peneuve en su día. Eta ha tenido, desde sus comienzos, un éxodo ideológico muy importante y finalmente ha adoptado estrategias, entre ellas la violenta, que la aleja definitivamente de nosotros. Nosotros, sí, creemos que Eta en una época, durante la dictadura franquista, y cuando determinados métodos no habían llegado a lo que hoy son, pues tuvo un sentido, y tuvo el sentido de la lucha por la democracia. Sin embargo, hoy ese sentido es cualitativamente diferente porque tiene como objetivo la lucha contra la democracia y la obstaculización de la recuperación de las libertades vascas, que es un capítulo importante de la democracia para este país. Por eso, es imprescindible dar al Estatuto un contenido al objeto de que los sectores sociales que están adheridos a la violencia recuperen la confianza en la vía política.

—¿Piensa que al final se producirá un aislamiento sociológico de Etamili y la lucha armada?

—Hay que pensar que sí, en cuanto vean los escépticos que el proceso autonómico tiene un desarrollo efectivo, real, que conduce a un autogobierno razonable, aislaremos sociológicamente cualquier solución violenta, la de Eta o la que sea, entre otras razones porque yo creo que la inmensa mayoría del pueblo vasco está a favor de la vía autonómica, y que ese movimiento quedará reducido poco a poco.

—¿Descarta un posterior riesgo de ulsterización?

—Confio y tengo la convicción de que así va a ser, aunque no dejo de contemplar un aspecto que pudiera complicar las cosas, y es Navarra, donde se está intentando aplastar el sentimiento vasquista. Ucedé allí está jugando con los sectores más inertes y aquellos provenientes de los conceptos sembrados durante el franquismo, pero, por otro lado, el sector vasquista tiene una gran entidad, es reflexivo políticamente, integrado en su mayor parte por generaciones jóvenes, y es irreversible. Ese es un proceso abierto muy peligroso.

—Habrá que esperar a que Navarra refrende o no su euskadización.

—Ese referéndum es como arrojar Navarra a las armas; ese referéndum, reducido al sí o al no, si se malea, va a producir una frustración imponente. Yo be dicho hasta la saciedad que los responsables políticos de Navarra deberíamos buscar una conciliación, una vinculación, si se quiere «sui generis», con el resto del País Vasco, en atención a la realidad y a la personalidad política de Navarra. ¿Que hay navarros de la ribera estellesa que no se sienten vascos? Hay de todo; pero también en la parte norte el euskera es un factor de concienciación absolutamente vivo. Cuanto de más antiguo viene la deseuskerización en Navarra, pues ese sentimiento a veces escasea más, aunque precisamente de la ribera más baja es de donde ahora surge el sentimiento vasco con más intensidad. Yo creo que todo es problema de cultura y de tiempo.

— Usted en el fondo piensa en el gran Euskadi, en la unión del Euskadi norte francés y el Euskadi sur español.

—¿Eso es una afirmación o una pregunta?

—Délo como pregunta.

—Bueno, aquí y ahora eso es una aspiración difícil, pero nosotros somos gente ilusionada, perseverante.

Llevamos ochenta y cinco años en nuestra lucha, y creemos, si, que mucho antes de otros ochenta y cinco años habrá un marco europeo institucional que, con unas condiciones políticas adecuadas, los vascos, todos los vascos, tengamos un tipo de reunificación. Me parece una as piración legítima, ¿o no?

—¿Lo verán sus hijos?

—Yo espero verlo personalmente, si tengo una vida que corresponde al promedio de tos mortales.

J. L.

 

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