Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   La última de las grandes fechas     
 
 ABC.    21/10/1979.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

ABC. DOMINGO, 21 DE OCTUBRE DE 1979. PAG. 6.

Crónica de la semana de LA ULTIMA DE LAS GRANDES FECHAS

Ala dase política y a los profesionales de la comunicación se nos está quedando el ceño fruncido de tanto castigar nuestras neuronas, elucubrando sobre el porcentaje de vascos y catalanes que participarán el jueves próximo en los plebiscitos estatutarios y sobre el significado último de tales cifras. De la alarma de advertir por algunos sondeos que en Álava podria votar menos de la mitad del censo pasamos sin solución de continuidad al mal disimulado gozo de notar, según otras encuestas, que siete de cada diez habitantes del Principado parecen dispuestos a pasarse por las urnas. Esta predisposición al simple análisis cuántico no es, sin embargo, la actitud más adecuada para valorar en su justa medida e) sentido del 25 de octubre.

Los demócratas españoles no debemos caer en la trampa de leer los resaltados del jueves, de acuerdo con los módulos que desde la extrema derecha y la extrema izquierda propugnan quienes desean acabar con el actual régimen de libertades. La única línea divisoria entre el triunfo y el fracaso de la opción autonomista que debemos aceptar es aquella que marca la Constitución: la de la mayoría simple de loe participantes en la consulte. En una democracia la inhibición se interpreta siempre como dejación voluntaria de la propia soberanía y sometimiento, de mejor o peor grado, a las decisiones adaptadas por los restantes ciudadanos.

Menos de la mitad de los electores norteamericanos acudieron a votar en las últimas elecciones presidenciales. Tras su apretada pugna con Ford, Cárter llegó u la Casa Blanca con el aval de poco más de la cuarta parte de los censados. A nadie se le ocurrió discutir su legitimidad, y si alguno de los colectivos radicales que predicaron la abstención hubiera clamado victoria, habría sido el hazmerreír nacional.

RAZONES DE UNA ABSTENCIÓN PREVISIBLEMENTE ALTA

Sólo el desconocimiento de las reglas de Juego del pluralismo ha permitido a Herri Batasuna capitalizar impunemente la opción de quedarse en casa, como si de una alternativa política se tratase. El PNV hizo lo propio en el referéndum constitucional y paga ahora su irresponsabilidad de entonces. Si los separatistas «abertzales» no podían votar a favor de un Estatuto que no reconoce el derecho de secesión ni obliga a Navarra a ir más allá de lo que sus propios ciudadanos decidan, y si tampoco podían votar en contra de un texto que a fin de cuentas proporciona sustanciosas cotas de autogobierno, lo coherente y honesto hubiera sido propugnar el voto en blanco. Esa es la única especie de abstención, activa y explícita, que puede ser colocada en el saldo, político de quien la patrocina. Sea cual sea el resultado del referéndum, Herri Batasuna, no podrá alardear, por lo tanto, en el mejor de los casos, de más apoyo popular que el que obtuvo la última vez que una papeleta electoral con sus siglas pudo ser introducida en una urna.

Lo normal es que la jornada del jueves concluya con índices de abstención relativamente altos. Si cada vez es más difícil movilizar a los ciudadanos de las sociedades desarrolladas para que participen en aquellos comicios en los que eligen a sus gobernantes —es posible que la nueva tecnología aporte pronto soluciones, simplificando de forma considerable el acto físico del voto—, la dificultad se eleva a la enésima potencia cuando no están en Juego opciones personalizadas y cuando todo el mundo presupone el resultado de la consulta. Para colmo, como ya ocurriera en el caso de la Constitución, se trata aquí de la culminación de un proceso tediosamente largo, plagado de tecnicismos y sutilezas difícilmente comprensibles para el hombre de la calle. Tanto vascos como catalanes -se pronunciaron concluyentemente por la autonomía cuando en junio del 77 y marzo del 79 dieron su confianza a partidos que en la mayoría de los casos habían hecho de su respectivo Estatuto la prioridad de prioridades. Su atención estuvo luego en vilo durante las semanas en que sus representantes negociaron con el Gobierno de Madrid, sobreviniendo la catarsis en el momento en que en la Moncloa y el Parlamento se obtuvieron acuerdos plenos. Si los referéndum hubieran tenido lugar una semana después de aquel desenlace, el índice de participación habría estado probablemente veinte puntos por encima de lo que lo estará el día 25.

Nada hace suponer que una quinta parte de la población haya cambiado de idea con respecto a la autonomía en el último trimestre. La mayoría de los que no acudirán a las urnas no tendrán otra motivación que la desidia, ocupando la tensión ambiental e incluso el miedo los siguientes lugares de la escala.

Se comprenderá que siendo éstos los móviles y éste el contexto de la consulta, parece mucho más razonable entender — como regla general y restando el porcentaje de seguidores declarados de Herri Batasuna— que está a favor del Estatuto todo aquel que no vote en blanco o en contra, que entender que está en contra del Estatuto todo aquel que no se imponga a la crispación y La pereza y se pronuncie expresamente a su favor.

PAÍS VASCO: UNA SITUACIÓN TÍPICAMENTE PRE-REVOLUCIONARIA

Puntualizada esta cuestión, me parece mucho más interesante analizar con un poco de profundidad la incidencia de estos plebiscitos en los procesos políticos vasco y catalán y en el propio proceso de la vertebración del Estado. En el caso vasco cada vez van apareciendo con mayor claridad ios perfiles que en cualquier lugar del mundo conforman una situación típicamente prerrevolucionaria. A medida que transcurren las semanas el nacionalismo y el separatismo se perciben más nítidamente como meros pretextos para la ruptura plena del orden social. Mientras en su inmensa mayoría son los viejos «gudaris» quienes más intensamente rechazan al Ayatolaj Telesforo y todo lo que significa, su riada de seguidores se nutre de forma principal de mozalbetes entre los quince y los veinte años que apenas si han tenido otra vivencia política sino la turbulencia por ellos mismos protagonizada y resultan, aquí y en Pekín, presa fácil de cualquier manipulación.

El elevado número de parados en un medio laboral hábitualmente próspero y poco adecuado para la supervivencia de quien carece de un jornal y un empleo, constituye un buen caldo de cultivo para

esta experiencia revolucionaria a la que no es ajeno un sector del clero vasco, tradicional vivero de iluminados peligrosos. Por muy manido que esté y por muy difícil que sea pasar de los indicios a las pruebas, tampoco debe olvidarse el factor de la intervención desestabilizadora de determinadas potencias extranjeras. ¿De dónde saca, por ejemplo —ésta es la última pregunta que se me ocurre al respecto— un partido sin apenas militantes ni electores, como el Movimiento Comunista (EMK), el dinero necesario para desarrollar un impresionante despliegue de cartelería cada vez que se plantea una consulta popular en el País Vasco?

Algunas de sus reacciones recientes sugieren que por fin los dirigentes del PNV han terminado por comprender la verdadera naturaleza del proceso que se alienta bajo la tapadera «abertzale». Desde órganos de Prensa como «Egin» o «Punto y Hora de Euskalherría» empieza a impulsarse sin tapujos de ninguna clase una violenta confrontación proletariado-burguesía en la que los activistas de ETA harían las veces de flamígeros arcángeles justicieros, defensores de los oprimidos, legitimados para disparar no sólo contra militares, policías o empresarios resistentes al pago del «impuesto revolucionario» —no es casualidad que la extorsión etarra sea etiquetada de esta forma—, sino también contra los propios detentadores del poder económico, sea cual sea su concienciación nacionalista. Tras los insultos a Garaicoechea y la agresión al alcalde de Alkain, ahora la campaña de desprestigio parece centrada en el servicio de orden peneuvista, integrado por los fornidos «ertzainas» del «kaiku» y la chapela indefectiblemente ladeada, a quienes deliberadamente se identifica con las Fuerzas del Orden Público.

Con la meticulosidad de quien va construyendo una coartada, les portavoces de Herri Batasuna no han cesado de denunciar en sus últimas comparecencias públicas el propósito del PNV y demás partidos mayoritarios vascos de colaborar con el Estado en la restauración de la paz social y el orden ciudadano una vez refrendado el Estatuto. Temen, en concreto, una sensible disminución de los niveles de permisividad en lo que a sus propias andanzas se refiere. Su causa no dejaría de ser digna de simpatía si se limitaran a defender sus Ideas —por peregrinas y extremas que fuesen— dentro de los amplios cauces de la legalidad. La democracia concede igualdad de oportunidades, incluso a quienes desean acabar con ella, y personalmente desearía poder tirar por la borda todo tipo de prejuicios y llegar a asumir la célebre promesa de Voltaire a su adversario dialéctico Juan Jacobo Rousseau: «No creo ni una sol» palabra de lo que decís, pero si hubiera necesidad de ello, defendería con mi vida vuestro derecho a pronunciarlas». Lo que ocurre es que una cosa es enarbolar en unas elecciones la bandera demente de la independencia del País Vasco y otra muy distinta incitar expresamente a un grupo d« seres humanos a que sigan obligando a sus semejantes a cruzar antes de tiempo y con muy poca dignidad, el umbral terrible que separa la vida de la muerte. No hay civilización sin Estado, ni Estado sin observancia de la ley, ni observancia de la ley sin represión del delito. Ojalá se cumplan los augurios de Herri Batasuna y los apólogos del terrorismo paguen de aflora en adelante cara su osadía.

• Con el cuadro de Picasso, Guernica se convertiría en lugar de peregrinación para los amantes de la paz y perpetuo memorial de lo que una vez sucedió y jamás debe volver a repetirse...

«OPERACIÓN GUERNICA»: UN GRAN MEMORIAL PARA LA PAZ

La aprobación del Estatuto aparece, de hecho, como el gran instrumento del pueblo vasco para abortar la revolución, si es que aún es tiempo, o para aplastarla en caso contrario. Los nacionalistas moderados van a necesitar, a partir del día 25, de una enorme fortaleza moral para asumir sus responsabilidades y corresponde a las restantes instancias del Estado y a la conciencia ciudadana en general una actitud comprensiva y solidaria. Resuelto el arduo problema del marco jurídico regulador de las relaciones del País Vasco con el resto de España, los gobernantes de Madrid deben tener la sensibilidad suficiente como para notar el elevado componente emotivo que, tecnicismos aparte, subyace en el problema vasco y actuar en consecuencia.

Esta semana ha vuelto a especularse con la posibilidad de una próxima visita real a Guernica. Yo mismo pude escuchar hace unos meses de labios del alcalde de la villa, Dioni Abaitua, el excelente Impacto que tendría un gesto de esa naturaleza. En la recámara de algunas de las mentes más lúcidas e influyentes del país va cobrando forma, por cierto, toda una ambiciosa «Operación Guernica» que pasaría no sólo por la presencia de Don Juan Carlos bajo la frondosa sombra del roble milenario, sino también por el futuro emplazamiento del cuadro de Picasso en el escenarlo de la tragedla que le sirvió de inspiración, La villa de Guernica se convertiría así en lugar de obligada peregrinación para todos los amantes de la paz y en perpetuo memorial de lo que una vez ocurrió y jamás debe volver a repetirse. Nada tendría de extraño que la República Federal Alemana estuviera dispuesta a contribuir de alguna manera en el proyecto.

El Guernica» es algo más que un cuadro, destinado a reposar en un cementerio de arte. Hace algunos años se lanzó Incluso la idea —creo que fue José Mario Armero quien lo hizo— de que presidiera las sesiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ahora todo el mundo da por hecho que terminará colocado en el Museo del Prado y hasta Santiago Carrillo se ha atrevido a tachar de «provincianismo» a aquellos vascos que tímidamente han insinuado que podría ir a Guernica. El principal argumento que —empezando por el abogado del pintor, el puntilloso señor Dumas— esgrimen quienes apadrinan la opción más conservadora es que esa era la voluntad de Picasso. Si bien no consta por escrito que Picasso quisiera ver el «Guernica» en el Prado, sí que parece cierto que en alguna ocasión así lo manifestó oralmente. Más que la literalidad de sus palabras conviene examinar, de todas formas, el ánimo del genio malagueño: desgraciadamente, la posibilidad de que el cuadro regresara a Guernica nunca fue una opción tangible dentro de la gama de alternativas que Picasso pudo contemplar en vida. ¿Cabe, sin embargo. Imaginar mejor destino para una obra de arte, concebida como testimonio y denuncia de una gran tragedia humana, que el de servir de elemento de reconciliación y apaciguamiento entre los nietos de las víctimas y los nietos de quienes combatieron en el mismo bando que los responsables directos de esa tragedia? Evitemos, por una vez, el camino fácil de las soluciones burocrático-administrativas.

LA HORA DE QUE EMPECEMOS A HABLAR DE ESPAÑA

En significado que tiene para Cataluña el referéndum del próximo jueves es muy diferente al analizado para el País Vasco. En este caso los elementos de preocupación no derivan de una coyuntura impregnada de violencia y sensación de derrumbamiento, sino de circunstancias estructurales que, quién sabe si a largo plazo no pueden terminar generando situaciones todavía más graves que las del Norte. La gran Incógnita en torno al Estatuto catalán consiste en saber si servirá de instrumento para la perpetuación de la unidad y estabilidad del Principado, hasta ahora mantenidas, o si, por el contrario, va a dar paso a un período de turbulencias y rupturas.

Dos son los niveles en los que podría quebrarse la unidad catalana: ruptura sociológica y ruptura política.

La primera sobrevendría si algunos preceptos del Estatuto fueran empleados como arma discriminatoria contra ese tercio de población Inmigrada que no tiene por qué Intentar convertirse en catalanoparlante. La segunda tendría lugar si comunistas y socialistas —con el apoyo tácito o expreso del partido del señor Pujol— hicieran prevalecer su posible posición mayoritaria y establecieran un Gobierno «frentepopulista» que sin duda, terminaría convirtiéndose en plataforma de acción política general contra el Gobierno centrista de Madrid. Siendo realistas, la continuidad de Xarradellas en la presidencia de la Generalidad, y al frente de un Gobierno de unidad catalán», constituye, hoy por hoy, la garantía mal sólida de que ambas tentaciones serán eludidas. Urge poner en marcha esa delicada pero Imprescindible operación.

¿Qué van a suponer estos plebiscitos para el conjunto del Estado? ¿De qué forma debemos contemplarlos esa inmensa mayoría de españoles que no nos sentimos directamente afectados por su resultado? Me parece muy Importante responder, por último, a esta pregunta que estoy seguro que muchos ciudadanos se habrán .formulado. En mi opinión, la del 25 de octubre debe ser contemplada como la última de esas grandes fechas que han venido condicionando, en cierto modo paralizando, la acción gestora del Gobierno, y, por lo tanto, el verdadero desarrollo democrático que tiene por base la libertad en la eficacia.

Con los referéndum vasco y catalán debe entenderse culminada la parte fundamental del proceso constituyente, dando pasa a una nueva etapa que se caracterice por la búsqueda de soluciones para los problemas ciudadanos más acuciantes y por un impulso colectivo superador de la grave tendencia al cantonalismo que hoy nos afecta. Con absoluto respeto hacia los restantes procesos autonómicos que pausadamente deben seguir adelante, creo, en suma, que el viernes 26 habrá llegado la hora de que todos empecemos a hablar un poco de España.—Pedro J. RAMÍREZ.

 

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