Autor: García Serrano, Rafael. 
   El día más largo de una historia nacional     
 
 El Alcázar.    26/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL ALCAZAR

OPINIÓN

EL DÍA MAS LARGO DE UNA HISTORIA NACIONAL

26 - octubre -1979 /3

JUEVES, 25 DE OCTUBRE (79)

POR vez primera en la historia de España un gobierno avala la desaparición de la Patria mediante un par de referendos en siete provincias, total dos regiones elevadas a la categoría de nacionalidades por la inepcia total de unas cortes medianamente constituyentes, que ignoraban el derecho, la gramática y el correcto manejo del diccionario.

Es jornada de luto y langarrea sobre Madrid. Andaban por él, ayer a la noche, al menos un cabo de Infantería y cincuenta soldados que no callaban su deseo de oponerse al desguazamiento de la Unidad nacional, al asesinato de sus jefes y sus familias, a las ofensas a la Bandera que juraron defender y quieren defender, les dejen o no hacerlo, y trataban de proponer publicamente el sistema adecuado para llevar a cabo esta tarea. Estos soldados desconocidos salvaron el honor. Ojalá sigan siendo desconocidos, porque en caso contrario el Gobierno podría fusilarlos para ejemplarizar. Con la otra mano firmaría el truco para amnistía a los terroristas de la Eta, sin pasar por el vocablo amnistía y mantenerse fuerte en la retórica y

con los pantalones en las corvas en la acción. Sálvense las formas y perezca el culo, que puede que sarna con gusto no pique.

Hay que preparar el futuro, que ya ha comenzado pero que no existe. Perdí mi condición de navarro por mi empadronamiento en Madrid, donde murieron mis padres, vivo mi amor, nacieron mis hijos y van viniendo mis nietos, e incluso donde un hijo mío se quedó para siempre, en una sacramental del oeste, como uno de los soldaditos que venían a ganar Madrid para España. No soy, pues, al menos legalmente, navarro. Madrileño administrativo tampoco lo soy. A Madrid se entra con el corazón o con el fusil, nunca con el balduque. Madrid me ha acogido generosamente ¿pero qué va a ser de Madrid en este galimatías? Madrid no es Cataluña, ni Vascongadas, ni Galicia, ni Extremadura, ni el País Valenciano, ni el Reino de Murcia, ni Andalucía, ni Asturias, ni León, ni Castilla, ni La Mancha. Madrid no es nada. Hay quien lo destina a bisagra entre ambas Castillas. Eso ya se lo inventaron mejor los falangistas del Alto de los Leones y los madrileños del Cuartel de la Montaña y los madrileños que morían por don Carlos Marx.

Hay quien piensa en un Madrid D.F., pero no hay guapo que renuncia a ordeñar la ubre electoral de los madriles en el breve lapso que nos queda hasta la total independencia de las distintas nacionalidades. La «commonwelth» no nos va y los separatismos anidarán también en los que ahora se separan y no hay Corona que pueda mantenerse sobre la tendencia a la dispersión, ni siquiera multiplicando los principados y aceptando para la Península e islas adyacentes la política que aceptaron los Braganza de cara a Brasil y no aceptaron ni insinuaron los Borbones de cara a la América hispana. Madrid, adiós, que te quedas sin gente, sin gentes, sin función, sin destino, pobre de pedir con mucho «metro» para mendigarte a ti mismo.

Siete madrileños he dado a Madrid y con ello mi mujer y yo creemos tener derecho a considerarnos también madrileños, aunque ella tenga el defecto de ser de Palma de Mallorca y yo el de ser de Pamplona, cosas que pueden no ser bien vistas por los nacionalistas madrileños, que también pudieran brotar aquí como hongos, porque bajo la tontiloca presidencia municipal de Tierno Galván —la mayor estafa cultural que ha parido madre y Madrid más conde don Julián, que noble y lógico don Julián Besteiro, besteirete para pobres, benefactor (presunto) de ricos— cualquier cosa puede ocurrir, hasta que se nos niegue la futura amnistía a los que criticamos, sin más máquina mortífera que la de escribir, las que el ya agonizante gobierno de los ciento siete años ha concedido a cara descubierta y las que concederá a cencerros tapados.

Madrid ha sido la espuma y la espumadera de España, lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor. Ahora, pronto, será sólo Madrid para Madridejos, tirando a Madrinuelos y Madriducos y a Madridgrado, y el rompeolas de todas las Españas, como dijo en sus delirios el bueno, débil y antifascista Antonio Machado, se queda sin olas que romper. Me gustaría pensar en Madrid como Belén de España, ver al viejo foro (¿vendrá esto del foro como consecuencia del Miacum del Itinerario Antonino, de la Mantua Carpetana y legendaria, casi mitológica?) como la sede del renacimiento de las tesis unitarias, prisión de reyes, patio para la artillería política de Cisneros, Covadonga de España en los bosques de hayas y robles, y encinas, y castaños y alcornoques de la Sierra y de Credos; Navas de Tolosa en el Jarama; Lepante en el Henares;

Mississippi en el Manzanares; conquistador de Portugal en el Tajo; expansivo, violento, guerrillero en el Guadarrama, el Alberche y el Lozoya; Roma hispana en sus siete colinas primeras y en las seis mil que le siguen; Austria nupcial o raptora de nuestras sabinas circundantes para preñar de españoles el entero contorno desespañolizado; horca de traidores, paredón de infames, pódium de majos del 2 de Mayo, que hogaño son majas, porque el varón no cuenta a causa de la desvaronización sorprendente, democrática y hasta nefanda.

Pero ese Madrid, cuna paciente y tenaz de una España renacida, tampoco parece que exista salvo en mi sueño desesperado de este día funeral, largo, trono y cima de la general cobardía española con la excepción de una legión de mujeres, un puñadito de hombres y ese cabito de Infantería —Noval y Terrero, Cascorroy Anfiloquio, honra del pueblo— y de cincuenta pipis que a mi leal saber y entender merecen la más alta gratitud de la historia española, y a los que yo no ascendería porque no concibo mayor graduación que la de saber ser soldados de España cuando ésta lo necesita.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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