Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Los tambores de la amanecida     
 
 El Alcázar.    26/10/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

4/ 26-octubre-1979

España

LOS TAMBORES DE LA AMANECIDA

EXTRAÑA historia la de España!», exclama reiteradamente Sánchez Albornoz, después de tantos años de ahondar en sus claves. Hoy, 25 de octubre, más que nunca, habremos de reflexionar con don Claudio:

«Es un perfil de pesadilla el de la fiebre histórica de España.» Y convendremos con él, asimismo, en que nuestra Patria «se ha hallado, de continuo, en perpetua fermentación catalizadora, pero también en perpetua antibiosis eruptiva».

Mientras un mínimo reguero de españoles desconcertados eran llevados a las urnas a latigazos de propaganda mendaz, esclavizados sus espíritus por los nuevos señores feudales surgidos de las tinieblas de la máxima indigencia mental, me he dado a buscar oxígeno en las páginas familiares de nuestros historiadores. Anoche, las calles de Madrid estaban más vacías que nunca. Jamás he visto la noche ciudadana tan acorralada de soledad que, cuando ya comenzado en los relojes el fatídico 25 de octubre, salí del calor estimulante y de la consoladora determinación de los españoles reunidos en el hotel Meliá por Fuerza Nueva. Parecía como si la gente se hubiera encerrado en sus casas, a cal y canto, a velar el cadáver de España y a deplorar su cobardía. A través del espeso manto de la noche creí adivinar por entre las rendijas de las persianas las miradas ansiosas de quienes, incapaces de asumir un arriesgado protagonismo de rebeldía, aguardaban no sé qué milagro. Hasta casi la amanecida fría recorrí las calles sin pulso, con el alma traspasada por el agobio de esa soledad, entre expectante y miserable. He estado a punto de sucumbir también a la tentación del miedo y del desánimo. Pero no lo merecían esos miles de mujeres y hombres espléndidos reunidos para reafirmar su amor a España, ya que un desgobernador, surgido de extraños cortocircuitos freudianos, había prohibido manifestarlo a cielo abierto. No lo merecía tampoco esa juventud magnífica, dispuesta a recoger la antorcha de quienes no han sabido mantenerla enhiesta, con la dignidad debida. He buscado alimento a mi ilusión tambaleante en la Historia de la confabulación hurta arteramente a las nuevas generaciones españolas. Y lo he encontrado.

Hora tras hora desgrana la radio, con docilidad mugrienta, los datos de la asistencia a la liturgia maniquea de las urnas. Las cifras y los porcentajes hieren el aire triste de esta jornada con ritmo atrabiliario de bingo mafioso. Hiede la información a puchero enfermo. La calle habla de urnas en abstinencia de votos.

Los locutores sumisos, aposentados en los despachos oficiales, intentan transmitir una euforia inasistente.

Poco a poco, trabajosamente, grotescamente, se difumina la realidad humana del despego y se apodera del plano informativo el imperio del despacho. Las urnas siguen enjutas, expresivamente descalcificadas, mientras en el frío quirófano de las computadoras se dispone todo para el parto de esa criatura abyecta que son los estatutos, producto de una aberrante inseminación artificial. Mañana (hoy para los lectores) nacerán dos androides políticos, dos pequeños monstruos inviables, dos engendros esquizoides, de la mano abortiva de los curanderos moncloacas.

Estamos, sí, en plena erupción alucinante de la antibiosis eruptiva. Hemos vuelto a las cavernas. El pueblo se encoge ante la invasión de los nuevos bárbaros que se reparten el botín y hacen de España un infame reparto de influencias. El pueblo se inhibe, desconcertado, y se repliega sobre su propia ira sin guía, a la espera de un Pelayo, de un Cid. incluso de un Alvaro de Luna, que le reclame de nuevo a una activa fermentación catalizadora. El pueblo se aparta horrorizado de la clase dirigente impía, envilecida, desnacionalizada, corrompida, payasesca, que le anega en la ruina y el deshonor. Una tensión insostenible se aprieta en los sótanos de una España despanzurrada por el despotismo partitocrático. Una iracunda sorda se apretuja en los últimos reductos de las almas engañadas, mientras la gran mentira, la gran farsa, se adorna con engañosas vestiduras electrónicas.

La Historia enseña (¡qué sosiego de anticipo de batalla en las páginas de Menéndez Pidal, de Sánchez Albornoz, de Menéndez Pelayo. de Américo Castro —¿por qué no?—, también de Madariaga...!) que la antibiosis eruptiva es sólo un mal pasajero, aunque terrible, después del cual los muelles oprimidos se disparan y toda la enorme energía acumulada por el pueblo estalla en una apoteosis dramática y venturosa de unidad creadora, fecundada por la sangre de los mejores. Bailarán durante esta noche una danza histriónica los números en las pantallas domesticadas de los circuitos transistorizados. Los amos distantes de una clase dirigente aciaga sonreirán entre satisfechos y despreciativos y mandarán a sus secretarios dictar telegramas tópicos de consenso, para entregar en la Moncloa. Será una noche trágica para el pueblo, como lo fue aquella noche, ¡tan distante y tan próxima!, del 2 de mayo de 1808, que soliviantara para la eternidad, con rabia de resurrección, un pintor universal, de tan español, llamado Francisco de Goya y Lucientes. También esta noche del 25 de octubre de 1979 se sentirá el pueblo fusilado en los altos de la Moncloa. No habrá ruido de descargas, ni faroles que alumbren el instante culminante del calvario.

Las computadoras han secuestrado hasta las mismas fuentes del patetismo. Pero nada impedirá que, sobre los cadáveres de los números arrojados a la papelera, llegue, lento y enrojecido, el amanecer del nuevo día.

No es una tumba España. Allá en el fondo de la noche, por debajo de las sombras espesas de la ignominia, se siente la ronca respiración de un pueblo que se abastece con rabia en los depósitos de la Historia. Otra vez la dase dirigente se ha pasado al enemigo. Otra vez ríen los salones mientras el pueblo gime. De nuevo la promiscuidad domina en la España oficial, mientras sufre la España real. Ya están trazados los campos. Ya no hay lugar al equívoco. Ya la ira del pueblo está a punto de estallar. Ya comienza a apuntar la amanecida en el último confín de la noche abyecta.

¡Extraña historia de España, que para seguir viviendo necesita veri» de cerca la cara a la muerte!

Ismael MEDINA

 

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