Autonomías impuestas     
 
 El Alcázar.    26/10/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Instantánea

Autonomías impuestas

Escribía Abel Hernández, curándose en salud, en vísperas de los referéndum de autonomía vasco y catalán:

«La primera conclusión obvia de esta campaña del referéndum es que se llega al 25 de octubre con no demasiado entusiasmo popular. Esto quiere decir que si en unas regiones o «nacionalidades» (las comillas son de Abel Hernández) tan sensibilizadas cuesta sudores que los ciudadanos acudan a las urnas para aprobar los estatutos de autonomía, en otras regiones el empeño puede ser imposible.»

Sin embargo, si Dios no lo remedia, se hará, pues es la voluntad y el compromiso de los políticos gobernantes. Sin el pueblo y contra el pueblo, como paladinamente confiesa Abel Hernández, tan vinculado a las tesis de la Moncloa. Igual que se ha hecho con la demolición de tantas obras del franquismo, que sirvieron para proporcionar al pueblo español el período más fecundo y pacífico de su historia.

Nos encontramos así, una vez más, ante una revolución, supuestamente «democrática», realizada desde el poder, de espaldas al pueblo. Revolución que no es más que la versión, en 1979, del viejo despotismo ilustrado. Sólo que, en este caso, ejercido por personas sin ilustrar, por una clase frivola y subdesarrollada, como el señor Tierno Galván «dixit». Con el despotismo a secas. Algo que parecía reservado para pueblos bárbaros, a los que se pretendía civilizar desde arriba.

La nueva democracia española se autocalifica, con recortes de Prensa extranjera, como el pasmo del mundo.

Si necesidad de recortes, está siendo el pasmo de los españoles, que ven rota su unidad nacional, su unidad social, su unidad familiar y en peligro el pan nuestro de cada día, sin recibir otra compensación democrática que regañinas porque se niega a respaldar con sus votos el aventurerismo de la clase política que, para su desgracia, un día luctuoso eligió.

Las autonomías no son un clamor del pueblo, como tantas veces se ha asegurado. Son una imposición de sucios contubernis que tienen sus raíces lejos de nuestras fronteras.

Un pueblo que no vota, se dice, no tiene derecho a quejarse. Pero un pueblo que no vota, porque la oferta que se le hace no le atrae, tampoco tiene obligación de asumirla.

 

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