Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El encanto de la autonomía     
 
 ABC.    27/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ESCENAS POLÍTICAS

El encanto de la autonomía

Nos lo habían advertido con tiempo. Muchos vascos y catalanes iban a «pasar» de Estatuto. Se conoce que no sabían si el votar el Estatuto era pecado, y en la duda, abstente. Además, el dios de la lluvia ha llorado sobre el referéndum, como diría mi amigo Pedro Rodríguez, que, como es gallego, está siempre en gracia de los dioses lluviosos. El caso es que el entusiasmo del electorado ha sido un entusiasmo descriptible. Mucho más entusiasta que el electorado resultó ser ese ordenador electrónico que hizo el milagro de que el Estatuto catalán fuera votado por el 104 por 100 de los barceloneses. Se conoce que el ordenador se volvió loco o que se le metió dentro el espíritu de don Camilo Alonso Vega o de don Francisco Romero Robledo. Aquí no hay criatura política, ni siquiera los ordenadores, que no lleve un puchero en la cabeza. A ese ordenador se lo debería llevar don Adolfo Suárez a las Semillas Selectas para lo de los ciento siete años de UCD.

A uno le hubiera gustado que los autonomistas votaran más la autonomía. Eso de las «nacionalidades» es cosa en que la responsabilidad debería ser para todos, o para casi todos, y en la que resulta más que preocupante la mayoría exigua de la mitad más uno, aunque la mitad más uno sea una mayoría perfectamente democrática. Eso del diluvio con fuerza «inusitada» que dijo un señor por televisión es querer meter la Biblia en la política, como hizo don Emilio Castelar con lo de! discurso del Sinaí. A ver si va a resultar que las lágrimas de cuatro chubascos son capaces de disolver en los españoles las aspiraciones seculares. Hombre, tampoco es que descargara sobre Cataluña y el País Vasco la tempestad que destrozó la Invencible. Además, los vascos le rezan a San Mames para que llueva y que se le ponga más fácil al Athlétic de Bilbao. Los vascos juegan bajo la lluvia, pasean bajo la lluvia y cantan bajo la lluvia. ¿Pues por qué no votan bajo la lluvia?

Ya sé yo que en estos momentos los enemigos de la autonomía estarán haciéndole un monumento a la abstención, y sumando cantidades heterogéneas: la abstención previsible, ésa que llaman «técnica», la abstención de los acobardados, la abstención de los tibios y la abstención de las dos puntas del extremismo. Y que ese análisis es demasiado simple como para que resulte instructivo. Pero también creo que harían mal los políticos si no se percataran y reconocieran esto que está tan claro y tan a la vista: que también en este tema han sufrido un rapto de levitación política, y que lo que ellos pensaban iba a ser el colmo de la felicidad para catalanes y vascos no ha logrado que un sector respetable del personal se dé un paseíto hasta las urnas. O escuchan poco al pueblo o creen que el pueblo les escucha a ellos con más devoción de la que lo hace. Esto puede ser grave, porque no es la primera vez que en nuestro país se frustran y malogran muchas justas y hermosas esperanzas por el hecho de que el pueblo va por un sitio y la clase política por otro. Nuestra clase política, y no sólo la de hoy, siente siempre la tentación de irse por los cerros de Ubeda. A ver si ahora acertarán a poner otra vez los pies sobre la tierra, oír menos a los que gritan e Interpretar mejor a los que callan.

Parece ser que los Estatutos no son una simple descentralización, ni una descentralización no tan simple, sino profunda y extensa. Muchas voces de buenos españoles, nada timoratos en el tema autonómico, se alzaron, por ejemplo, contra la inclusión del término «nacionalidades» en el texto constitucional. Entre alguna ambigüedad de la Constitución y algunas concreciones de los Estatutos han logrado asustar a muchos españoles que no quieren dejar de serlo. ¿Por qué? No parece sino que se hubiera querido imponer, a toda costa y contra viento y marea, el capricho de unos pocos —capricho mucho más que lingüístico o sentimental— sobre la prudente racionalidad de muchos. Todavía está don Julián Marías repicando en los oídos de quienes no quisieron oírle. Y cada vez se escuchan y se ven más cosas que ofrecen argumentos a los que quieren hacer de este 25 de octubre —Dios no lo quiera— la fecha del rompimiento del mapa de España. Si hubiésemos tenido una idea más clara de lo que deben ser las autonomías en un Estado que no es federal —aunque algunos ya lo estén proclamando— y un pulso más firme para señalar los límites últimos de las autonomías, ¿no habría sido esta fecha mucho más espe-ranzadora y mucho más común? Y no sólo entre catalanes y vascos, sino entre todos los españoles.

Porque habrá que tener en cuenta, que estos Estatutos no han logrado ser, desgraciadamente, los Estatutos de la solidaridad.

No hace falta manipular ni interpretar picaramente las cifras de la votación. Sólo hay que fijarse en las declaraciones de los dirigentes políticos. Unos se jactan de que el Estatuto ha sido más votado en los barrios obreros, como si aquí se hubiese librado una batalla de clases. Otros dicen que es el camino hacia la independencia, como si esto fuera un separatismo a plazos. Otros cantan himnos al soldado, como si se tratara de una conquista por la fuerza. El separatismo violento y armado habla de «tregua técnica», como si el Estatuto fuese una posición desde la que seguir avanzando con las armas. Y algunos ya hablan de amnistías a las «conductas» motivadas por anhelos nacionalistas, como si, antes de ser votado en las urnas, el Estatuto lo hubieran arrancado las metralletas y hubiese que liberar a los soldados de un ejército victorioso.

Todo esto es grave. Y triste. Y hace las cosas difíciles. Bien es verdad que nada es fácil, y mucho menos esta mudanza profunda que supone !a estructura autonómica de España, o del país, o del Estado. Y bien es verdad también que todo esto habría sido más fácil de llevar a buen término, sin los peligros de desmesuramiento que ahora presenta, si la democracia, no como fórmula, sino como costumbre y como hábito político, hubiese estado más arraigada en el pueblo español. Pero ya sirve de poco llorar sobre la leche derramada, si es que se nos ha roto algún cántaro. A lo hecho, pecho.

Ese discreto encanto —o discreto desencanto de las autonomías— no puede terminar en que a don Josep Tarradellas lo hagamos marqués de Cervelló o en que a los etarras que han asesinado a mansalva los pongamos en las calles de Bilbao o San Sebastián para que los de Herri Batasuna les reciban con esa canción ai «gudariak».—Jaime CAMPMANY.

 

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