Autor: Dávila, Carlos. 
 La extradición del etarra Tomás Linaza. El Gobierno, a la espera de la decisión francesa. 
 Unánime condena de los partidos estatales     
 
 ABC.    10/06/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La extradición del etarra Tomás Linaza

El Gobierno, a la espera de la decisión francesa

Unánime condena de los partidos estatales

MADRID (Carlos Dávila). La presumible, oficiosa y esperada negativa del Gobierno francés a conceder la extradición del criminal etarra Tomás Linaza Echevarría ha provocado la justa indignación de todos los partidos políticos españoles, que ya se temían —dicho sea de paso— una decisión como la apuntada por el primer ministro, Fierre Mauroy. Aún no existe confirmación oficial, pero las palabras del jefe del Ejecutivo galo cierran, parece que definitivamente, el primer portillo a la esperanza. Ni con Mitterrand van a cambiar las cosas, a pesar del insensato júbilo inicial de nuestros socialistas, ni Francia, cualquiera que sea el Gobierno que esté en el Poder, colaborará fielmente con España en la represión del terrorismo asesino.

Curiosamente, las palabras utilizadas por Mauroy contradicen exactamente la sentencia dictada por los Tribunales de su país. Para el «premier» socialista, Francia es «tierra de asilo de proscritos políticos», con lo que viene a reconocer tan humanitaria condición a un simple, vulgar y horripilante asesino que tiene sus manos manchadas con la sangre de seis miembros de las Fuerzas de Seguridad españolas. Para los Tribunales galos, Tomás Linaza es un delincuente que no puede gozar de la benevolencia con que deben ser tratados los simples perseguidos políticos. Mauroy, pues, se permite corregir la plana al Poder judicial de su país, en una impresentable injerencia que haría temblar de indignación al mismísimo Montesquieu.

Pero al margen de la incoherencia de un sistema que se dice democrático y que, sin embargo, no respeta las decisiones de poderes diferentes (¿qué sucedería en España si el señor Rosón desautorizara al señor Sainz de Robles?), al margen también de la dudosa tradición francesa de «tierra de asilo» que ahora se invoca, cabe extraer una primera enseñanza de la negativa, si por fin se cumple, a devolver a España al malhechor sanguinario de ETA militar, y esto no puede ser otra cosa que la urgente reconsideración de las relaciones bilaterales con un país que, otra vez más, dará todo un curso de comportamiento inamistoso.

Pérez-Llorca, el ministro español, ya anunció el lunes al embajador galo las posibles medidas de represalia que él Gobierno español puede tomar en caso de que se respete el nítido anuncio del primer ministro de Mitterrand. Al parecer, el embajador se limitó a tomar notas apretadas sin apenas levantar la vista del papel. Tampoco podía hacer ptra cosa. Las medidas anticipadas por el canciller español van, desde la revisión a fondo del aún vigente Tratado de Extradición á la ruptura diplomática, si Francia prosigue con su política del desdén injusto. El Tratado, que Fernández-Ordóñez analizó ayer con todo detenimiento en el Ministerio de Justicia, es un texto viejo y de compromiso, que data de más de un siglo (1877), cuando el fenómeno terrorista no se podía siquiera prever. España, en estos ciento cuatro años no ha respetado siempre la letra y el espíritu del Tratado —recuérdese el cobijo que el régimen franquista dio a los escapados de la OAS—, pero este argumento, que sin duda será utilizado en los medios franceses para confundir a la opinión y mezclar situaciones políticas rigurosamente incomparables, carece de validez como justificatorio de una presunta decisión en contra, porque ello será tanto como restar autoridad y sapiencia jurídica al Tribunal que el pasado sábado, día 3, formuló un dictamen favorable a la demanda española de extradición.

Es muy posible que, si el Gobierno socialista francés comete la increíble torpeza en la que parece dispuesto a caer, se incremente en España el ya crecido nivel de xenofobia —a veces imposible de frenar—, que ya es muy constatable en los últimos tiempos. Por ello no parece aconsejable, en las actuales circunstancias, elevar la cota de agresividad contra Francia y su Gobierno, aunque, eso sí, deben estudiarse con detenimiento todas y cada una de las medidas que puedan contribuir a plantear unas relaciones de dureza con el Ejecutivo que salga de las próximas legislativas galas. Ninguno de los partidos que ayer, con unanimidad, condenaron la todavía oficiosa negativa se atrevieron a plantear expresamente una hipotética ruptura de relaciones. El PSOE, pillado a contrapelo, ha quedado en esta ocasión ligeramente sin defensas. Aparte de la estúpida declaración de Enrique Múgica: «Lo importante es la manifestación del Gobierno francés, que ha dicho claramente que hay que combatir con decisión el terrorismo vasco», y de la condena sin paliativos del portavoz, Pedro Bofill, lo cierto es que el PSOE tuvo que lidiar el difícil toro de lo inexplicable. Se sabe, sí, que Felipe González ha ordenado personalmente a los miembros de su partido que viven en Francia, singularmente a Blanch, que presionen hasta donde les sea posible en el Elíseo, para que Mitterrand revoque la que ya parece una decisión inderogable, y se sabe, también, que los socialistas estaban preocupados ayer por el enorme descrédito político que les acarreará la decisión gubernamental francesa. Y es que el PSOE, justamente eufórico tras el triunfo de los socialistas en las presidenciales, lanzó las campanas al vuelo, prometiendo, en algnos casos con evidente inmadurez, algo que escapaba de sus plausibles propósitos: la colaboración de Mitterrand en la lucha contra el terrorismo de ETA.

IRRITANTE DESIGUALDAD

No es justo, sin embargo, utilizar el., patinazo francés para fustigar indirectamente, como ha hecho .Rodríguez Sahagún, la condición socialista del Gobierno que, con mucha probabilidad, va a negar la extradición. Hay que recordar que en los últimos años ni uno solo de los casos demandados por España ha tenido acogida favorable en Francia, país en el que hasta hace un mes mandaba regiamente Veléry Giscard d´Estaing, El Gobierno del ex presidente sí atendió, sin embargo, las peticiones de Gran Bretaña, Italia y Alemania, que consiguió la devolución de tres terroristas, —uno de ellos fascista, y los otros dos de extrema izquierda—, que pudieron ser juzgados en sus países de origen. Esta ha sido en el pasado y ésta será —ojalá nos equivoquemos— la diferente medida, irritante e inadmisible, con que Francia ha tratado casos pariguales. Como se ve, ni la tradición es alentadora ni los principios de la Administración Mitterrand mueven a ningún optimismo. Lo más probable es que, a pesar del arcangelismo político de quienes creen en una mayor ayuda gala, Francia sea culpable destacada de que en su territorio, en su «santuario del terror», como dice Marcelino Oreja, los etarras planeen asesinatos, cobren los impuestos del miedo y articulen toda serie de vilezas contra el sistema democrático español.

 

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