Autor: S. E.. 
   "No podemos consentir que la bandera sea ultrajada"  :   
 "Que todos honremos la bandera de España, que es representación de nuestra unidad", dijo el Rey en la ofrenda al Apóstol Santiago. 
 ABC.    26/07/1983.  Página: 13-21. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

«No podemos consentir que la bandera sea ultrajada»

«Que todos honremos la bandera de España, que es representación de nuestra unidad», dijo el Rey en la ofrenda al Apóstol Santiago

El Rey Don Juan Carlos presentó ayer la ofrenda nacional al Apóstol Santiago, en (a catedral compostelana, por tercera vez desde que accedió al Trono y por primera vez en un año no jubilar. Don Juan Carlos abrazó al Apóstol Santiago con la tenacidad de un peregrino que defiende sin descanso la batalla por la paz, la solidaridad y la esperanza en el futuro, luego de regresar de Venezuela, donde fue agasajado con el premio Simón Bolívar.

Santiago de Compostela

Prácticamente sin dormir, Don Juan Carlos y Doña Sofía, que partieron de Caracas a las cinco menos diez de la mañana y llegaron a Santiago a la una menos cuarto de la tarde, fueron aclamados por unas diez mil personas en la plaza del Obradoiro. Antes, en el aeropuerto de Labacoya, fue recibido por el titular de la cartera de Justicia, delegado del Gobierno en Galicia y presidente de la Xunta, entre otras personalidades y autoridades.

Al poco de hacer su entrada en el recinto, la compañía del segundo regimiento Isabel la Católica rindió los honores de ordenanza a Sus Majestades. A continuación los Reyes escucharon sobre un podio el himno nacional, pasando Don Juan Carlos revista a las tropas, acompañado del capitán general de la VIII Región Militar. Posteriormente los Reyes se dirigieron al palacio de Rajoy —sede de la Xunta—, donde saludaron a Gerardo Fernández Albor, miembros del Gobierno autonómico, gobernadores civiles, alcaldes y otras personalidades. Doña Sofía vestía un traje blanco y negro y lucía la mantilla española. Los Monarcas se dirigieron a continuación hacia la entrada de la catedral compostelana, donde tuvieron lugar los actos de la ofrenda nacional al apóstol Santiago, en medio de las aclamaciones del numerosísimo público allí congregado.

A la entrada del templo Sus Majestades besaron el Lignum Crucis, que les ofreció el obispo administrador apostólico de Santiago, monseñor Antonio María Rouco. Entre los aplausos del público presente, Don Juan Carlos y Doña Sofía ocuparon un sitial ante el altar mayor, desde el que siguieron la celebración de la santa misa, presidida por monseñor Rouco y concelebrada con monseñor Romero de Lema y los obispos de Mondoñedo-Ferrol, Tuy-Vigo, Orense, Lugo y el preconizado arzobispo de Tánger. Tras la lectura del Evangelio, Don Juan Carlos —que vestía de traque con la Orden del Toisón de Oro— leyó, en pie, desde el sitial en que se hallaba, la invocación al Apóstol.

Invocación del Rey

El Rey pidió al Apóstol que «nada separe a los españoles», y en este sentido hizo alusión al respeto de las tradiciones seculares y a los símbolos gloriosos como la bandera de España. «España —dijo— está buscando y haciendo la verdad social de sus hombres, construyendo el respeto político de su convivencia y la apertura y el tránsito para que sus jóvenes generaciones puedan afirmar "estoy en mi patria y quiero a mi patria". La bandera de España —manifestó en determinado momento el Rey— es la representación de nuestra unidad y el depósito de nuestra historia, una bandera que no podemos consentir que sea ultrajada.»

El Rey centró su ofrenda en la paz en el mundo, la solidaridad entre los españoles y la esperanza en el futuro; tres deseos y propósitos que tienen un especial significado en el marco de Galicia, como plaza de la espiritualidad universal que es Santiago de Compostela. La dimensión de este mensaje de paz y solidaridad hizo recordar al Rey de España la visita ecuménica del Papa Juan Pablo II durante el Año Santo Compostelano y su mensaje de amor y convivencia universales.

«Las palabra de Juan Pablo II —recordó Don Juan Carlos— tenían una clave concreta de europeidad al pedir a los europeos que se encofrasen en la idea de paz, de justicia y de fe. Este mensaje, en su doble dimensión, está vivo en nosotros y es el momento de reafirmarlo.» «España y los españoles —continuó diciendo— no renunciamos a ser valedores abnegados de la paz, la solidaridad y la esperanza.» Afirmó también que no se puede hablar de futuro y de convivencia histórica sin aspirar a la paz, «una aspiración que es irreversible y compartida. Negar la vocación de paz sería una invitación —-dijo— a la catástrofe, que nunca aceptaríamos los españoles». Por último, y en nombre de todos los españoles, Don Juan Carlos pidió a> Apóstol su protección «en esta hora de construcción y de paz para la que necesitamos de tu luz y tu consejo».

Tras la ofrenda del Rey habló el obispo-apostólico de Compostela, monseñor Rouco Várela, quien se refirió a la voluntad de Don Juan Carlos de presentar él mismo, en persona, acompañado por la Reina, la ofrenda nacional al Patrón de España, «venciendo no pocas dificultades y aun a costa de no pequeños sacrificios» como expresión de «una singular muestra de cuanto estimáis la vinculación multisecular de la Corona de España con la tradición jacobea y lo que ella compendia y simboliza».

Recordó monseñor Rouco la permanente atracción que ejerce para !a Cristiandad peregrina el sepulcro de Santiago, «que invita a vivir con plenitud el misterio de !a Redención, en cuyo mensaje se contiene la verdad sobre el hombre, que es el mensaje de la esperanza». Dijo también que «la patología actual de la Humanidad —la paz amenazada, la violencia terrorista, la violación continuada de los derechos humanos, la injusticia social, el hambre y el paro— general sufrimiento indecible y angustia ante el futuro como trabas del hombre para reconocer su verdadera naturaleza y su dimensión espiritual».

Al término de la santa misa funcionó el botafumeiro y los Reyes se acercaron al camarín que preside el altar mayor para dar el tradicional abrazo a la imagen del Apóstol Santiago. Don Juan Carlos y Doña Sofía abandonaron la catedral entre los aplausos y vítores del público que también aplaudió la invocación presentada por el Rey. Seguidamente, los Reyes se desplazaron, entre constantes aclamaciones y a pesar de la lluvia ligera que caía sobre Santiago, al hostal de los Reyes Católicos donde departieron durante unos minutos con las autoridades y representaciones.

(Más informaciones pág. 21)

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Don Juan Carlos pide al Apóstol que nada separe a los españoles

En la ofrenda deseó paz, solidaridad y esperanza

Santiago de Compostela. S. E.

«Paz en el mundo, solidaridad entre tos espartóles y esperanza en el futuro», deseó el Rey Don Juan Carlos en la ofrenda nacional al Apóstol Santiago, celebrada ayer en la catedral compostelana. Don Juan Carlos pidió al Patrón de España «que nada separe a los españoles» y, en este sentido, hizo alusión al respeto de las tradiciones seculares y a los símbolos gloriosos, como la bandera de España. «La bandera de España —dijo el Rey— es la representación de nuestra unidad y el depósito de nuestra Historia, una bandera que no podemos consentir que sea ultrajada.»

Don Juan Carlos, acompañado en todo momento por Doña Sofía, pronunció el siguiente discurso:

«Señor Santiago: Paz en el mundo, solidaridad entre los españoles, esperanza en el futuro. Con estos tres deseos y propósitos, creo compartir con todos la emoción de esta ofrenda que, como en ocasiones anteriores, reviste para mí especial responsabilidad.

Responsabilidad al hablar en nombre de los españoles, y emoción, porque justamente lo hago en el marco de Galicia, en la plaza de espiritualidad universal que es Santiago y en el calor entrañable de una festividad que nos une.

Galicia, tierra abierta, nos abraza. Su patronazgo nos hermana y convoca no sólo en la alegría de sentirnos cercanos y unidos, sino en el anhelo y decisión de superar todas las preocupaciones en esta hora de España.

La dimensión de este acto se acrecienta también al rememorar la visita ecuménica, inolvidable, con la que el Papa subrayó aquí el Año Santo Compostelano, junto a las mujeres y hombres de Galicia, sintiéndose profundamente en España. Por ello, Juan Pablo II ofrendó, en su presencia patronal y jacobea, un mensaje de convivencia y amor universales.

Sus palabras tenían una clave concreta de europeidad, al pedir que tos europeos nos encontrásemos en la idea de paz, de justicia y de fe, como valores cristianos renovados para el futuro. Este mensaje, en su doble dimensión, está vivo en nosotros. Creo que es éste un momento muy indicado para reafirmarlo, porque España y los españoles, en estos tiempos que vivimos, con las dificultades que punzan en nuestras carnes, no renunciamos, sin embargo, a ser valedores y defensores abnegados de la paz, la solidaridad y la esperanza.

Nunca como en estos momentos. Señor Santiago, hemos necesitado tanto de una reflexión sobre la justicia, que nace de la aspiración a la paz. Tal aspiración es honda, irreversible y compartida. Sin ella no será posible la convivencia histórica, esto es, el futuro.

Construir nuestra paz

Negar la vocación de paz y despreocuparnos de ella sería una invitación a la catástrofe, que nunca aceptaríamos los españoles. Y esa perspectiva debe dar un especial significado a nuestra instalación en el mundo de hoy, porque estamos en solidaridad con él y con sus problemas.

Nuestros esfuerzos de superación nacional adquieren así un ejemplar sentido. Sabes, y en cuantas comparecencias ante ti So he expuesto, la tenacidad e ilusión con que, a pesar de todos los problemas, prosigue España su ideal de construir día a día, en una batalla que no debe tener descanso, nuestra propia paz, nuestra propia solidaridad, nuestra libertad y justicia. Ellas resumen dificultades y objetivos de la convivencia racional. Las primeras son muchas, los segundos inalterables.

Y como siempre he sido sincero contigo, te diré, Santo Patrón, que hay mucha España todavía por delante, que hay mucho trabajo por hacer, mucha ilusión que compartir, y muchos hogares y plazas que ensanchar, caminos por abrir y futuro.

Tú, en esa romántica compostura de peregrino, portaluz del Obradoiro, me dirás: ¿"España todavía"? Sí, Señor Santiago. España todavía. España tenaz, ancha y humilde, grande y abnegada a la vez, preocupada y abierta, vieja y joven cada día, soñadora y exigente consigo misma. Una España que merece ese esfuerzo de integrarnos en la modernidad y el futuro, presididos por la paz, la libertad, la justicia del pueblo y de sus pueblos.

España todavía creciendo, creciendo y madurando su identidad, desde la fecundidad de su ser medular y modélico, el de sus Comunidades, una de las cuales es hoy nuestro hogar.

España buscando y haciendo la verdad social de sus hombres, construyendo el respeto político de su convivencia y la apertura y el transito, para que sus jóvenes generaciones puedan afirmar siempre con orgullo: estoy en mí Patria, y quiero a mi Patria, y no decir nunca: me voy de mi Patria.

Esa España viva y joven, madura y sin fatiga, a pesar de las fatigas, es la que hoy se arrodilla ante ti para pedirte con humildad, sin arrogancia, pero con nobleza, que no nos dejes de tu mano, no nos separes de tu brazo, ni consientas nunca que la incomprensión, e! egoísmo, los intereses particulares y la cortedad de miras nos hagan dar la espalda a nuestro inmenso destino común.

Es mucho y muy grande lo que hay que hacer, para que perdamos el tiempo y el esfuerzo en minúsculas rencillas, en insignificantes preocupaciones, en pequeños recelos.

Honrar la bandera

Ayúdanos, Señor Santiago, a mirar a lo alto, para que nada nos separe a los españoles en nuestro afán de grandeza y de perfección. Ayúdanos para que todos sepamos respetar nuestras tradiciones seculares y nuestros símbolos gloriosos. Para que honremos la bandera de España, que es representación de nuestra unidad y depósito de nuestra Historia. Una bandera que hemos jurado con unción, y no podemos consentir que sea ultrajada.

Ayúdanos en nuestro empeño de conseguir lo mejor para nuestra España.

Esa España está hoy ante ti, para que la ampares en esa doble dimensión de nación del mundo y patria de españoles. Es verdad que las tentaciones de debilidad son muchas, y que a ellas contribuyen algunos, con sus desconfianzas, silencios y pesimismos. Pero es verdad también que, gracias a Dios, seguimos en marcha a paso vivo, con la ilusión de los peregrinos y la sinceridad de los generosos.

Sé tú solidario con nosotros. No nos abandones en esta hora de construcción y de paz, para la que necesitamos tu luz y tu consejo.

Gradas por tu atención. Bendice a esta Galicia, que recupera profundamente, abiertamente su identidad ejemplar, su laboriosidad constructiva, y constituye un pilar fundamental de la Patria que a todos nos une.

En nombre de esa España, y de todos los españoles, te doy un abrazo.»

 

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