El Rey     
 
 ABC.    26/07/1983.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL REY

SON los duros deberes de la Corona. Algo más oneroso y profundo que el «peso de la púrpura», sobre todo cuando se trata de un Rey constitucional. Son menos los derechos que los deberes. Es el entero peso de la responsabilidad del Estado, de la ubicua representación de la Patria. Después de una tarde dominical, americana y venezolana, bajo el signo de Bolívar, una noche breve sobre el Atlántico, en vuelo oblicuo hacia el alba de Compostela, para la ofrenda de España a su Patrón Santiago. Sin pausa y sin descanso. Una Corona que asume e integra el pasado y los mismos ideales de futuro de la comunidad hispánica de naciones, es a las pocashoras, en Santiago de Compostela, la voz compendiadora de los afanes y de las inquietudes de los españoles.

«Ayúdanos —ha dicho el Rey en la ofrenda— para que todos sepamos respetar nuestras tradiciones seculares y nuestros símbolos gloriosos; para que honremos la bandera de España, que es representación de nuestra unidad y depósito de nuestra Historia. Una bandera que hemos jurado con unción no podemos consentir que sea ultrajada. Ayúdanos en nuestro empeño de conseguir lo mejor para nuestra España.» No son sólo dos Continentes los abarcados, directamente y en menos de veinticuatro horas, por la palabra del Rey. Son también dos tiempos secularmente distanciados los que se comprenden en las dos intervenciones de Don Juan Carlos: uno, de la división superada, y otro de la unidad asediada por la movilización secesionista y por los ultrajes a la bandera.

Los deberes del Rey y el peso de la Historia. De la Historia como patrimonio inalienable. Por eso ha dicho Don Juan Carlos, respecto de la bandera —en la que se depositan nuestro tiempo y nuestro ser de españoles— que «no podemos consentir que sea ultrajada». La simbología del apóstol compendia el conjunto de nuestros esfuerzos históricos por mantener y vivificar nuestra unidad como nación. Unidad contra la que siendo siempre monstruoso conspirar, lo es ahora de un modo especial: cuando la acción separatista se produce desde las libertades políticas rescatadas por la Corona.

Por eso toda conspiración contra la unidad de España constituye un atentado contra la libertad de los españoles. Contra la libertad de seguirlo siendo en su dimensión plena, y contra la libertad política para serlo también por modo directo, sin sufragar el coste liberticida de una dictadura.

Era por eso necesario el esfuerzo del Rey en venir de América a Santiago recabando del Patrón de España ayuda para nuestra unidad; en la paz, en la libertad, en la solidaridad y en la esperanza de todos los españoles. La unidad es nuestra verdad histórica. Y esta verdad seguirá haciéndonos políticamente libres. El Rey ha cumplido con su deber al recordarlo en Compostela, a costa de una jornada mas sin dormir al servicio del pueblo español.

 

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