Autor: Contreras, Lorenzo. 
   El espíritu de Leizaola     
 
 ABC.    26/07/1983.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Cuaderno de notas

EL ESPÍRITU DE LEIZAOLA

ES lógico preguntarse en estos momentos cuál va a ser el colofón «farra a los procesos febriles «abertzales» de Tolosa y Rentería, en los que la bandera española ha sido un símbolo permanentemente injuriado. La hipocresía con que los independentistas tolosanos sostuvieron que no existía ningún tipo de agravio en el gesto de enviar la enseña rojigualda, por «no deseable», al ministro del Interior, ha quedado patente cuando, en Rentería, individuos del mismo pelaje ideológico se han lanzado a su captura y destrucción, lo cual ha sido impedido por la Policía Nacional. No hace falta invitar a ninguna meditación sobre e) destino de tos símbolos patrios si, como los nacionalistas pretenden, Madrid redujese a la mínima expresión, en favor de la «ertzaina» (Policía autónoma vasca), los efectivos de la dotación estatal.

ETA, que ha hecho siempre det mito de la «ocupación española», simbolizada por la bandera, la base de su actuación política, ha logrado que se den o reúnan las condiciones ideales para un incremento de la violencia armada. Prepararse, pues, para lo peor es la manera de atenuar sus efectos. Así han debido entenderlo las autoridades del Estado cuando han extendido la alerta correspondiente.

La batalla irracional de las banderas tiene prosapia en la historia del nacionalismo vasco, Indalecio Prieto cuenta que el día en que el Estatuto de Cataluña fue sancionado por Alcalá Zamora en San Sebastián, residencia de jornada de los Gobiernos durante largas épocas de nuestra Historia, irrumpió Leizaola en la sala de la Diputación donde se celebraba el acto, portando —según palabras literales— una descomunal bandera vasca y con propósito de tremolarla desde el balcón para enardecer así- a las juventudes nacionalistas agrupadas en la plaza de Guipúzcoa. Entonces, según cuenta Prieto, que acompañaba como ministro al presidente de la República, Rafael Sánchez Guerra, secretario general de la Presidencia, se interpuso y pretendió arrebatar la enseña a Leizaola.

Es tal vez el primer incidente ilustre en el que las banderas entran en juego. Lo importante para nuestro propósito es señalar que, en palabras de Prieto, la razón estaba de parte de Sánchez Guerra porque «ante el jefe det Estado, allí presente, no podía exhibirse más bandera que la nacional».

Los tiempos han cambiado. El País Vasco tiene su Estatuto de Autonomía y su ensena específica, con derecho a ser lucida siempre que se respete la primacía de la bandera nacional. Pero también es cierto que hay un Gobierno socialista, directamente emparentado con las ideas de Prieto y dispuesto, por lo que hasta el momento se ha demostrado, a impedir que ese derecho se transforme en una exclusiva.

Es impresionante la cantidad de actualidad política que se viene encerrando en las peripecias de las banderas. En un país como el nuestro, agobiado por problemas graves de todo tipo, resulta que un altísimo porcentaje de la atención nacional está prendido de un pleito sobre liturgias. No se sabe a quién adjudicar más sinrazón, si al capitán Miláns del Bosch que corrigió con su mano, extralimitándose, la probable necedad de un presidente de Cabildo, o el presunto infractor de un indispensable decoro. Del mismo modo es difícil discernir quién es más irresponsable y absurdo, si la autoridad nacionalista que dispara un proceso de emotividades tan demenciales como inconstitucionales, o tos que, en el papel de pueblo, sacrificaron unas fiestas por la rivalidad de los símbolos.

El espíritu de Leizaola irrumpe disparatadamente en escena.

Lorenzo CONTRERAS

 

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