Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Las banderas, los vascos y Santiago Apóstol     
 
 Ya.    28/07/1983.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Diario de un espectador

EMILIO ROMERO

Las banderas, los vascos y Santiago Apóstol

LOS veranos de nuestro país traen siempre sorpresas o convulsiones. Se prodigan las fiestas, se consumen estimulantes, se aparcan las vidas rutinarias y reverdecen las locuras o las autenticidades. Este año nos ha traído el problema de «las banderas». Hay conflictos en varios municipios vascos con la bandera nacional; Felipe González ha manifestado que no tolerará estas actitudes contra el signo de la unidad nacional; y hasta el Rey, que venía de hablar bien de Bolívar y de recibir esta preciosa distinción en América, ha tenido que contarle también a Santiago el Apóstol el tema de las banderas ultrajadas. El tema vasco ha entrado en su momento más grave y peligroso. El nacionalismo de aquella Comunidad histórica ha alcanzado los más altos niveles de réplica frente a Madrid, que es la Villa —según la Constitución— donde reside la capital del Estado. Ya no se pueden hacer previsiones sobre lo que puede suceder en este asunto.

LA bandera de España es la que está siendo arrojada de algunos sitios, y hasta se tuvo la burlona ocurrencia en Tolosa de enviársela al ministro del Interior. Yo me supongo la actitud del fiscal general del Estado, sin saber qué hacer en estos asuntos. Resulta que es un hombre diligente para empapelar al periodista José Luis Gutiérrez por el célebre tema de las escuchas telefónicas y a otros más por actitudes sospechosas de ser contrarias a la ley, pero sin interés de trascendencia social en virtud de ese cajón sin fondo que se llama «la libertad de expresión». Las libertades no son indefinidas, y aquí lo estamos haciendo así, y por eso en ocasiones el fiscal monta en su irritación legal y empapela a éstos o a otros. ; Y con esto de las banderas, qué? Esta alusión mía al fiscal es solamente la expresión de mi perplejidad política. Ya sé que un fiscal se mueve entre la presión del poder y la evidencia de la ley. Y así no hay modo de vivir tranquilo. Pero el tema vasco es algo que tiene en Madrid columnas de humo. Solamente tenemos alguna información por los periódicos, pero estoy seguro que es una información escasa o insuficiente. Barrunto que lo que pasa es bastante más, y que estamos ante situaciones muy graves. Por lo pronto vamos a hacer algún planteamiento de situación, a título de orientación para los lectores:

LAS fuerzas nacionalistas del País Vasco, representadas por los tres partidos conocidos, PNV, Euskadiko Ezquerra y Herri Batasuna, tienen más efectivos electorales todas ellas juntas que los socialistas y la derecha nacional. El nacionalismo v^asco es mayoría. En una democracia resulta que la calle es un elemento importante de actividad pública y de notoriedad política. Los comunistas españoles —por ejemplo— tienen solamente cuatro diputados en el Congreso y pueden movilizar masivamente la calle cuando quieren. Pues bien; la calle en el País Vasco está en poder también, mayoritariamente, de los nacionalistas.

Alo largo de la transición, desde 1977 a 1982, el Gobierno de Madrid era débil porque no tenía la mayoría absoluta para gobernar, y necesitaba el consenso y las contrapartidas del resto de las fuerzas políticas. Eso que se llama «el poder central» era débil en los tiempos de Adolfo Suárez y de Leopoldo Calvo-Sotelo. Esta situación originaba una mayor fortaleza de los nacionalistas vascos, especialmente de su fuerza rectora, el PNV, Hablaban con Madrid de poder a poder, aunque Madrid regateara, en ese bosque tremendo de las transferencias y de las competencias. Pero en las elecciones generales de 1982 triunfaron los socialistas de manera aplastante. Hicieron un poder con autoridad, y en el Parlamento tenían una mayoría hegemónica. A partir de ese momento, el poder central era fuerte, mientras que el nacionalismo vasco era menos fuerte en el cuadro general, porque los socialistas eran más importantes en el País Vasco que lo fue el centrismo y que es la derecha. Las relaciones, a partir de ahora, entre nacionalismo vasco y Partido Socialista Obrero Español, titular del poder central, serían más difíciles. Los socialistas eran adversarios de los peneuvistas en su propio terreno, y además la autoridad del Gobierno de Felipe González era completa.

A todo esto es presumible añadir que las relaciones del Gobierno de España con el Gobierno de Francia tienen que ser obligadamente más sinceras y más cordiales que en el reciente pasado, puesto que ambos Gobiernos son socialistas No procede descartar una mayor colaboración de Francia con España en los temas del terrorismo de ETA. Sobre todo esto hay un gran sigilo, pero es lógico imaginarse que algunas llamadas de atención tienen que haberse dirigido desde los socialistas españoles a los socialistas franceses en esta materia. Los franceses podrían ser más fáciles a decirnos cosas de los etarras que a dejarnos circular nuestras frutas y verduras por territorio francés o a dejarnos sentar en el Mercado Común.

TODO esto es, a grandes rasgos, el ¿ cuadro de una situación. Y explica suficientemente el recrudecimiento de las cosas. Los socialistas están decididos a no salirse un ápice de lo que ordena la Constitución, y en este caso la Constitución es muy clara. O alguien la interpreta en servicio del nacionalismo vasco, porque así convenga a los intereses de la política y del país, o con la Constitución en la mano resulta imposible conciliar la España constitucional con un Euskadi nacionalista y en los techos en los que quieren situar este nacionalismo. ¿Se dan cuenta los políticos actuales, los grandes responsables del Gobierno y el Parlamento, que el problema de las banderas no es otra cosa que la expresión decidida de un nacionalismo que la Constitución y Madrid no pueden digerir? ¿Se dan cuenta los políticos vascos que una progresión de sus demandas, mediante estos o aquellos incidentes, pueden poner en peligro la propia democracia restaurada en 1977?

EL Rey ha manifestado que «no podemos consentir que la bandera sea ultrajada». Resulta que el Monarca ostenta, aparte de la Jefatura del Estado, el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Sabemos que hay un gran malestar en el Ejército. ¿Hasta cuándo van a esperar los políticos y gobernantes de Madrid y los gobernantes y políticos vascos para afrontar esta situación, dejando de estar cruzados de brazos, mientras ocurre el fenómeno más grave de la Historia española en estos años?

Emilio ROMERO

 

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