Autor: Mollinos, Dacio. 
   Coplas del quesí quenó  :   
 La vuelta del señorito. 
 Arriba.    15/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Coplas del quesí quenó

La vuelta del señorito

A pesar de los dengues que vertió no hace mucho, con acompañamiento lujoso de metáforas de susto,

parece que Rafael Alberti se dispone a regresar a España por vía electoral. A mí me parece muy bien

porque Rafael Alberti es un buen poeta, por muy desmemoriado que le torne el peso de la edad. Lo que

siento es que venga para diputado o senador y no para académico, aunque es posible que todo se ande,

que todo se andará. Porque Rafael Alberti, cuando era poeta de clavel, alcanzó momentos estelares y se

izó hasta beber y besar los ángeles, desde el tiesto señorito de patio con macetas en que luego ha vuelto a

recaer. Aquel poeta que asesinaba la poesía para resucitarla nueva, fresca, distinta, culta, revolucionaria,

nunca hubiese valido para académico, porque hubiese sido un escándalo, un académico afirmando que, de

tonto que era, lo que había visto le había hecho dos tontos, aquel poeta que cantaba a Georgina, que era

una vaca de cine, aquel poeta que se llegaba hasta el ángel de los números, volando, pensativo como una

antepasada suya rodeada de flores, del uno al dos, del dos al tres, del tres al cuatro. No le hubiesen dejado

entrar en la Academia, qué escándalo, no sé dónde vamos a ir a parar, este chico, que escribía antes

aquellas cosas tan ligeras, tan monas, tan copleras, con tanta gracia andaluza, tan señoritas paseando las

calles de la marina o llorando la muerte de una corza, y ahora qué cosas escribe, que no hay quien las

entienda, que sin tradición, que canta rosas suyas inventadas en pétalos de palabras sin imagen previa. Lo

cual quiere decir que, para alcanzar los reductos infranqueables de la reacción, no hay nada mejor que

disfrazarse de revolucionario y abandonar las filas de la revolución. Literariamente, desde luego.

Para ver si sale diputado o senador del Reino, volverá, al parecer, Rafael Alberti, si termina de deshojar

de una vez la rosa del quesí quenó. Vuelve acomplejado y olvidadizo. Entre invocaciones a claveles y

denuestos a la espalda, se le olvidó mismamente que, allá por 1931, desertó del clavel para tomar espada,

fusil, ametralladora y cañones. Dejó la revolución de sus poemas surrealistas, futuristas, angélicos, y se

dio a la reacción poética utilitaria de un Campoamor con miras proletarias. Pulsó las cuerdas amargas y

fue reclamando horcas y muertes, o imponiendo sus dictaduras formales así que tuvo poder para hacerlo,

y no precisamente poder literario. "Aquí hay que escribir romances", dictó omnipotente para el miedo de

los poetas del verano del 36, y todos pasaron por el molde involuntario, sacrificando la poesía al señorito

de pistola y mono azul. Y el que cantaba la dicha de amar dulces criaturas, no tuvo más remedio que

ensartar octosílabos a un miliciano que salía para la sierra. Al final, la vuelta a los versos de encargo,

matizados a veces de literaria melancolía y siempre sobre la falsilla del señorito que canta lo que le piden

los amos lejanos para que le permitan seguir siendo señorito. Como su propia paloma, por ir al Norte fue

al Sur y se quedó arrullado por los círculos exquisitos del esnobismo galopante, que siempre necesita el

cuadro del girasol comprometido, pero colgado en la pared a guisa de mero adorno.

Que venga el señorito Rafael y que entre en la Academia con espadín y uniforme de bordados como de

capote de toreo. Seguro que, en ese momento, de un momento a otro, volverá a esa freudiana obsesión de

envidia que le llevó a escribir una elegía que contiene sus últimas contribuciones a la poesía que pudo

hacer y no quiso, que le llevó a escribir un teatro imitativo e inmasticable, obsesión que le lleva hasta a

exigir la muerte que no tuvo y que probablemente nunca hubiera tenido, que nunca hubiera podido tener.

Ex-alumno del Puerto, tendrá el aplauso de las fuerzas vivas, que con ese aplauso a uno de los suyos

querrán redimirse de toda culpa. Cuando ingrese diputado, que a lo mejor no, o cuando ingrese

académico, que seguro que sí, lloraran Maiakovski y Pasternak, Mandelstam y Ahmatova, Blok y

Essenin, que quisieron hacer la poesía del tiempo nuevo y murieron en el empeño. Los burócratas, en

cambio estarán aplaudiéndole, porque ése es el papel que les toca.

Y no cabe duda de que el señorito Rafael, así que regrese, se despendolará de adulación entre melindres

de rechazo. Exactamente lo que hizo en Roma no hace tanto, cuando advirtió a la Embajada de España

que no se les ocurriese invitarle a la recepción del Rey Juan Carlos I, hasta que recibió órdenes de asistir y

todo se volvió telefonazos para que le invitaran, y preocupaciones de vestuario conveniente pero

módicamente insolente, y encontró el pretexto de la carta petitoria de amnistía, para estar y no estar al

mismo tiempo.

Alguien podrá decir que todo esto no es más que fervor literario frente a la posición política del señorito

Rafael Alberti, poeta lírico que quiso ser épico. No es cierto, como lo demuestran algunos nombres"

citados en el texto y otros que podrían añadirse. Mismamente, ahí está Blas de Otero, pero ése

seguramente que nunca será diputado, senador o académico, aunque casi siempre sepa ser poeta, sin

floripondios, lirismos necios y dengues de tortas y pan pintado.

Dacio MOLINOS

 

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