Autor: Herce, Antonio. 
   Mano izquierda y no mano dura     
 
 Diario 16.    29/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Antonio Herce

Mano izquierda y no mano dura

Rentería es ese pueblo donde los ánimos se enconan con cierta facilidad. Prácticas pasadas, las prácticas del franquismo, favorecieron que se fraguara ese clima. Situaciones posteriores —nadie olvida la imagen de un policía nacional con su mano introducida en el escaparate roto por las pelotas de goma— propiciaron demasiadas rabias. Rentería es ese pueblo que para su gobierno necesita mano izquierda y no mano dura que es precisamente la que pareció guiar el comienzo de las fiestas. Después todo ha rodado como los más extremistas anhelan.

Un acuerdo previo, un diálogo entre todas las fuerzas políticas representadas en el Ayuntamiento podía haber encontrado la solución que evitara enfrentamientos. No se dio. Policías de paisano se mezclaron con los vecinos a media tarde del 21 de julio. Ahí comenzó la «guerra» que se ha dado en llamar de las «banderas» resucitando fantasmas que parecían dormidos para siempre.

Porque del «Ikurriña bal, española ez» (Ikurriña sí, española no) que se gritó durante fiestas, manifestaciones y todo tipo de actos públicos celebrados en el verano del 76 hasta 1983, se había ganado terreno en la pugna. Desde que la bicrucífera se ¡zara en Ayuntamientos, desde que dejó de ser perseguida ese lema no lo fue tanto. Herri Batasuna ha vuelto a darle vida y el PSOE ha aceptado su juego.

Y no se trataba de ceder en lo que se considera principios democráticos, sino de tener la habilidad suficiente para que esos principios no se vieran afectados. Los partidos del arco parlamentario vasco y el Gobierno autónomo hablan del debido respeto que todos los símbolos merecen.

No se olvida que a Carlos Garaicoechea se le asignó el papel de «malo» en los actos de homenaje a la bandera, celebrados en Burgos durante mayo pasado. Y asistió y dejó manifiesto su respeto.

Hoy su Gobierno repite el llamamiento. Es una apelación a la cordura que Ajuria Enea ha invocado en repetidas ocasiones. Pero otra vez el exceso de celo o, ya en el terreno de los malos pensamientos, las ganas de estrechar el cerco, desde otras autonomías se organizan actos de desagravio compensando lo que imaginan «mal de los vascos».

Las cosas se llevan al extremo. Los representantes políticos se enzarzan, descalifican palabras y actos, se acusan. Y todo ocurre cuando el diálogo Vitoria-Madrid trata de entrar por nuevos cauces.

No se trata de una guerra. Es una batalla que el nacionalismo de izquierdas está jugando sabedor de las contradicciones que crea en el mundo abertzale y en el del entendimiento con el Gobierno central. Es una baza que aprovechan para crispar las expectativas.

 

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