Autor: Crespo García, Pedro. 
   De ciudades y símbolos     
 
 ABC.    01/08/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Punto y aparte

DE CIUDADES Y SÍMBOLOS

«EL salvavidas está bajo su asiento». He leído la frase, incorporada como obligada etiqueta en el respaldo: de cada butaca de avión, decenas, centenares de veces. En casi todas las latitudes, bajo muy distintos climas, en las circunstancias políticas o climatológicas más diversas. En español, en inglés, francés o italiano, adivinado -el mensaje cuando se trataba de otras lenguas, más exóticas por su distancia de Occidente. Como yo, la han leído, y la leen, millones de viajeros cada jornada. Sin embargo, jamás he visto a alguien, viejo o niño, adolescente o matrona, negro o blanco, melenudo o calvo, en primera clase o en turista, agacharse para comprobar que, efectivamente, el salvavidas, el «save life» o «salvaggente», estaba bajo el asiento.

Junto a las leyes, que algunos vulneran y muchos desconocen, están los signos, los símbolos. El ser humano vive en muchas ciudades a la vez, pero una de ellas, siguiendo la hermosa e inventada terminología de ítalo Calvino, es Támara, la ciudad que se alza bajo una apretada envoltura de signos, enseñas y figuras de cosas y actividades. Vivimos en Támara porque vivimos en la confianza de que los signos no son engañadores, responden a una realidad aceptada por todos. El carnicero no situará una bacía junto a su puerta, ni el médico colocará una balanza, ni una dama con tos ojos vendados, a la entrada de su consulta, como el tratante en sedas evitará poner en su dintel un hacha y el leñador no situará un camello como distintivo de su negocio.

Este verano español está siendo definido, en lo político, por una burda manipulación que afecta a la sustancia misma del Estado, de la nación. Una subversión de signos que va más allá de la pura anécdota de unas fiestas que nacieron como expresión del jolgorio popular, de la alegría del verano en una hermosa región, donde domina el verde como señal del agua abundante, y donde el azul del mar que la baña toma, en esta época, tornasoles propios de azules y verdes.

Deshacer la bandera de España, evitar que ondee la enseña nacional en las fiestas populares, como señal de amparo para una porción del territorio donde los españoles nos hemos dado unas leyes, un sistema de convivencia y una esperanza de futuro, es mucho más que cambiar un signo de color. Algunos vascos, de afanes nítidamente fascistas, sin tener en cuenta, seguramente, que se ha pumplido ya el centenario de Mussolini y que los más empeñaremos nuestras convicciones y nuestras vidas para que no regresen jamás dictaduras como la que él representaba, se esfuerzan usando la dialéctica de la violencia, física y moral, en segregarse de la nación que entre todos integramos. Él hecho, agrio, injusto, sangriento, no admite explicaciones tortuosamente simplistas: las banderas no son, más que en abstracto, trapos coloreados. La vida y la muerte están integradas en su definición.

Algunos vascos están obligando a España entera a que mire bajo el asiento del avión, a que compruebe que allí está el salvavidas. A que cada español medite el significado de un símbolo en el que reposaba la confianza, consciente e inconsciente, ambas a la vez, de la inmensa mayoría de la población. Por supuesto, el salvavidas está bajo cada asiento. Aunque nadie quisiera tener que utilizarlo jamás. Algunos vascos, superando errores que llevan años repitiendo, amparados por un terror de indudable corte totalitario, han llevado la desconfianza al ánimo de todos los españoles, vascos o no. Quisieran que cada señal de carreteras, cada rótulo, cada semáfoco, cada indicación, trajese aparejada una duda. Quieren sumirse en el caos, porque sólo en él tendrían coherencia sus locas formulaciones.

Volviendo a ítalo Calvino, esos pocos vascos quisieran construir en aquella hermosa tierra, con la ayuda de sus equivocados y racistas astrónomos, una nueva ciudad de Perinzia, para reflejar una nueva armonía del firmamento y mejor disimular sus hijos de tres cabezas o seis piernas, los monstruos nacidos a imagen y semejanza de los dioses políticos o quienes se encomiendan.

Cuando llegue el invierno, algún invierno, los astrónomos del firmamento político de las tres provincias vascas estarán ante el dilema de admitir que sus cálculos no consiguen describir el cielo, o revelar que el orden de sus dioses es un orden sencidamente monstruoso, que acabará devorándoles.

Pedro CRESPO

 

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