Contra la unidad de España     
 
 ABC.    15/08/1983.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LUNES 15-8-83

OPINIÓN

ABC, pág.

CONTRA LA UNIDAD DE ESPAÑA

La bandera de España, simboló de la indisoluble unidad nacional, tiene reconocida preferencia sobre las banderas y enseñas propias de las Comunidades autónomas, porque éstas se utilizarán junto a ella y no por delante de ella, ni mucho menos excluyéndola, según se deduce de la redacción literal de los artículos segundo y cuarto de la Constitución. No existe, no puede decirse que exista, por tanto, guerra de banderas, sino guerra contra la bandera española, en todas aquellas localidades de territorios autónomos en donde se veta, con mayor o menor descarada violencia, que ondee en edificios públicos o actos oficiales; o donde se decide, con astucia rural, no colocar la bandera regional para no acatar la que nos representa y define a todos.

Es algo más que incomprensible, es francamente escandaloso que todavía permanezca sin bandera alguna el palacio de Ajuria-Enea, en Vitoria, sede oficial del Gobierno autónomo vasco. Está claro, sin ambigüedad alguna en este caso, que no se coloca en él la «ikurriña» para no poner, como es obligado, la bandera española. ¿Por qué, o hasta cuándo, se debe tolerar semejante impertinencia o imprudente desacato al símbolo nacional?

La reiteración de agravios, rechazos e incluso actos de violencia —pues tales son los que se realizan al quemarlas— contra la bandera española revisten, hace tiempo, particular gravedad. No es admisible, y no debería entenderse comprendida en el ámbito de la inmunidad parlamentaria, la identificación de la, bandera con un trapo, hecha recientemente por un relevante diputado vasco. No lo son tampoco esas actitudes colectivas de repudio de la bandera española, como las de esa mayoría de concejales de Rentería que han logrado, de hecho, arrinconarla impunemente, pese a la digna y patriótica actitud del alcalde, insuficientemente apoyado, a decir verdad, por otras autoridades que debieron secundarle con firmeza.

Estamos, seguramente, ante una solapada maniobra de mayor alcance que una pasajera crisis de patriotismo. Estamos asistiendo, si nos expresamos sin rodeos, con la crudeza que la gravedad del asunto reclama, a un intento de ruptura de la unidad nacional cuya manifestación primera, de vanguardia, es la negación de la bandera española como símbolo de esa unidad.

Presintiéndolo, hace poco tiempo, pero cuando aún no se habían alcanzado los febriles grados de tensión actuales, ante una de las celebraciones del día dedicado al homenaje a la bandera, afirmamos en ABC la necesidad de respetar los símbolos porque una nación no vive sin ellos, aunque ellos no sean su esencia: «Cuando en un país empiezan a olvidarse, quemarse o despreciarse los símbolos, pronto toda la nación será digna de ser olvidada. »

Por eso es imprescindible, decíamos, que la bandera nacional no deje de ser lo que siempre fue: «La insignia de todos, el orgullo de todos, el emblema que está por encima de partidos, de regiones; por encima de las también dignas banderas regionales o autonómicas.»

La preocupación ante la insidiosa maniobra la experimentan todos los políticos conscientes de su responsabilidad. Todos los que tienen un concepto exacto de la constitucionalidad, nacional y democrática, sobre la que se sustenta el Estado. Todos los que desean sinceramente la subsistencia de la unidad nacional. Y justo es recordar, de modo especial, unas recientes manifestaciones del presidente del Gobierno, don Felipe González, dirigidas a estimular, en todos los ámbitos, el debido respeto a la bandera de España. Y justo es también, y digna de ser subrayada, la anterior, muy clara y oportuna, apelación que hizo Su Majestad el Rey en la ofrenda al Apóstol Santiago en el mismo sentido. Fue una ocasión más en la que Su Majestad, con autoridad impar y por encima de polémicas de partido, hizo un recordatorio, válido para todos, del rumbo que nacionalmente se debe mantener y de los valores y esencias que jamás deben ser marginados, desvirtuados o contradichos.

La insólita manifestación en San Sebastián, convocada por él conglomerado de Herri Batasuna a favor de la «ikurriña» y contra la bandera española, resulta, por todo ello, mucho más que un juego peligroso; mucho más que un tanteo de fuerzas con perspectivas electorales. Es una intolerable y descarada provocación al conjunto nacional que representan la Constitución y el pueblo español. Y natural e inevitablemente la opinión pública no sólo se pregunta cosas sobre los móviles de Herri Batasuna, que son bien conocidos, sino que también enfila interrogaciones graves hacia el Partido Nacionalista Vasco, que si ha rechazado la iniciativa de la manifestación y no se ha sumado a ella, tampoco ha expresado de modo contundente y oficial una condenación rotunda de la misma.

De nuevo en la manifestación de San Sebastián se han quemado banderas españolas y se han multiplicado los insultos públicos a la enseña nacional. Y una vez más, ante tales desmanes, ante disturbios tan graves, debemos demandar que no queden impunes; que la autoridad imponga, con firmeza, las sanciones correspondientes. Porque están siendo agredidos y vulnerados principios y valores más trascendentes que los meros símbolos.

La bandera nacional, precisamente porque es de todos, no puede entenderse como símbolo contra nadie. Si se permite que sea agraviada y rechazada, como lo ha sido en presencia del presidente del Gobierno vasco, se está tolerando, en el fondo, el repudio y el ataque a cuanto de unidad nacional representa. Si se abandona su defensa, se consiente su postergación, se admite su arrinconamiento emprenderemos un derrotero de degradación nacional cuyo peligro no precisa calificativos. España, simbolizada en su bandera, debe ser defendida con lealtad, decisión y firmeza.

 

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