Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Profunda y compartida permanencia     
 
 ABC.    15/08/1983.  Página: 16-17. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

Profunda y compartida permanencia

Por Enrique MUGICA HERZOG

Miembro de (a Ejecutiva del PSOE

Una bandera puede ser signo diferenciador, expresión de una identidad compartida, símbolo de una tradición asumida y un futuro solidario..., e incluso, para algunos, la cobertura de una sensibilidad totalitaria y discriminadora para cuantos no piensen como ellos.

Cuando la nación a la que representa es problemática, también lo es la adhesión que suscita. Cuando aquélla se encuentra adecuadamente integrada nadie pone en entredicho la universalidad representativa de la bandera. No hay pueblos que hayan dejado de pasar por tales peripecias. La de las barras y estrellas, ante la cual se presenta como paradigmático el saludo de la mano en el corazón, fue impugnada por los Estados del Sur al alzar la enseña confederal en su rebelión esclavista. La que hoy pasea los colores de Francia no fue acatada por todos hasta casi un siglo después que la revolución la empuñara con arrogancia, y se dice que en la década de los setenta del pasado siglo el conde de Chambord, entre otras razones, no consiguió restaurarse como Monarca al empeñarse en mantener la blanca con flor de lis.

En este nuevo período de la historia española abundan las razones para superar los

LUNES 15-8-83

viejos interrogantes que intelectuales egregios se plantearon sobre el propio ser de la nación´ ¿Qué es España? ¿Qué misterio se esconde en su esencia? ¿A qué se debe la crispación que ha recorrido la vertebral columna de su quehacer en el tiempo?

Pero ahora no se trata de suscitar metafísicas difíciles o científicas disquisiciones con el fin de explicar los supuestos que nos marginaban de la modernidad a la que fueron accediendo los distintos países occidentales, sino de afirmar que ya la hemos alcanzado, y proceder en consecuencia. La modernidad sobreviene cuando los hombres, dejando de ser subditos para convertirse en ciudadanos, convergen en algunos principios fundamentales que han de ser subrayados por constituir el entramado de la insoslayable convivencia. Tales son la libertad, la democracia, el respeto al semejante, la tolerancia como talante colectivo, el comprender que nadie está en posesión de la verdad —sino de verdades parciales y complementarias—, el mantenimiento de las coincidencias con la comunidad y de tas discrepancias sin desgarramientos. Entonces el ámbito de nación se trasciende en sentimiento de patria común e indivisible de todos los hispanos, y los símbolos adquieren su pleno sentido, al ser reconfortadoramente interiorizados en cada uno y colectivamente manifestados por todos.

Cuando los ciudadanos hacemos nuestros esos símbolos sin titubeo alguno, cuando tos convertimos en representativos del patrimonio espiritual y social al que debemos tener acceso por el mero y definidor hecho de ser españoles, y cuando esos símbolos, que son la bandera, el himno y la jefatura del Estado, son asumidos plenamente, y respetados sin tacha, un hecho fundamental sucede en la historia de cada pueblo: el configurarse definitivamente como nación, y, por tanto, la certidumbre de su permanencia no es alterada por las naturales diferencias de las distintas opciones de las clases y grupos sociales.

Es legítimo pensar que por primera vez en la historia de la España moderna este hecho ha acaecido: la bandera roja, amarilla y roja; el himno en su música y la jefatura del Estado bajo la forma de Monarquía constitucional, son asumidos por la inmensa mayoría de los españoles. A un margen de la amplísima convergencia se emplazan grupúsculos fanáticos, iluminados o erráticos, sin mañana posible. A! otro, asimismo grupúsculos, que confundiendo patriotismo con la ceguera sectaria y afincados en arcaicas nostalgias, pretenden ahuyentar el amedrentamiento que les produce la actual claridad de la España conciliada, colocándose la bandera en el ojal o blandiéndola en la mano como símbolo mínimo y casi irrisorio de unos pocos contra casi todos.

Los honores cotidianos dedicados por tos soldados a la bandera lo son a la nación por ella representada honda y expresivamente, y adquieren emocionada intensidad porque cada día la bandera recuerda el juramento o promesa inicial de derramar, si preciso fuera, la sangre en defensa de los valores que simboliza.

Una vez mis compañeros socialistas de Begíjar, un pequeño pueblo en las cercanías de Baeza, me invitaron a inaugurar su nueva Casa del Pueblo. A lo ancho de la fachada flameaban tres banderas, la del PSOE, la de Andalucía, y en el medio, en el lugar preferente, la roja, amarilla y roja de España. En el interior del recinto, y sobre la cabecera de la mesa presidencial, estaba fijado en la pared un marco sobrio y trasparente con la imagen de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía.

 

< Volver